domingo, noviembre 19, 2006

A L A S


    Hubo un tiempo en que la historia esperaba para escribirse al día siguiente. Por entonces, el mundo se bastaba a sí mismo, pero para el joven Kumbi nada resultaba extraño y sí nuevo todo lo que acontecía desde que el dios Chen´za se ocultaba hasta que volvía a renacer. Todo lo lejos que alcanzaba su memoria siempre había sido así, lo había escuchado en los consejos de la tribu de boca de los guerreros más aguerridos. Ahora era su turno. Desde el confín de los orígenes la selva había marcado la ley de sus antepasados. Para un indio tupùa esto significaba un paso adelante en el crecimiento como ser.
   Kumbi abandonó el poblado, desnudo, mientras la tribu entera le daba la espalda. Formaba parte del rito. Atrás dejaba la infancia y, al regreso de su aventura, volvería con las alas del Cutzhul, pájaro de cresta azul, el trofeo que lo convertía en adulto y lo transportaba a su verdadero sitio en la tierra. Se internó allá donde se perdían las sendas, temeroso, pero con orgullo, ataviado tan solo con las pinturas de guerra que el anciano Schamá le trazó sobre el rostro como correpondía a un futuro jefe. Desde un principio advirtió el peligro, aquella espesa sensación a su alrededor. También lo aprendió en los consejos, el gran guerrero Endaole contó en una ocasión cómo hubo de transformarse en árbol para descubrir la faz de sus perseguidores. Por eso, Kumbi tomó raudo sus precauciones, dispuesto a superar las tres pruebas que lo devolverían victorioso a la aldea. La más compleja de ellas, para su sorpresa, fue la primera en realizar con éxito. Agradeció a los dioses la circunstancia de disponer el encuentro con aquel cadáver de caimán y lo tomó como un inmejorable presagio. Confeccionó con la piel del reptil un taparrabos para cubrirse y, avezado por el triunfo, se preparó para la prueba siguiente.
   El ave de cresta azul habita las copas altas de los bálibos, que abundan en los lugares húmedos y pueblan las orillas de los ríos. Encaramado en lo alto, el joven guerrero acechaba el aleteo nervioso de los pájaros sagrados; su tronco erguido y el entramado de sus ramas lo convertían en el observatorio ideal. Una noche en que la vieja hermana Toancal menguaba pudo vislumbrar desde su refugio el motivo de su escondido temor... La sombra del fiero Jagua rastreaba entre el follaje y el indio supo que no quedaba mucho tiempo, aunque tampoco durmió aquella noche.
   Inició la vuelta al poblado con su tocado de plumas azules recién estrenado, ansioso por abrazar a la pequeña Laioa, su recompensa por cruzar el umbral de la adolescencia. En la última prueba, el Schamá, encarnación viva del dios supremo, concedía el don del guerrero a la vista de los méritos obtenidos y en presencia del resto de la tribu. Pero antes de que toda la comunidad celebrase la fiesta de su madurez el iniciado debía de esperar la llegada del alba nueva para su entrada triunfal en el poblado.
   Coincidió por entonces que la ausencia de la hermana Toancal no iluminaba la noche y que el aliento del Jagua rondaba aún más cerca de sus pasos. Cuando el indio cruzó la oscuridad del poblado burlando el sueño de los centinelas su júbilo victorioso no le cabía en sí de gozo. No le fue difícil encontrar la cabaña de la bella Laioa, tantas veces que soñó con su encuentro; se habían criado juntos y ahora, por fin, podrían formar pareja, pues tal sería el deseo que le concedería su nuevo rango a la mañana siguiente.
   Ya despuntaban los primeros rayos del Gran Padre Chen´za cuando los guerreros tupúa empuñaron sus armas dispuestos para la caza. Fue entonces, en el lindero con la selva cuando hallaron los restos de sangre y plumas azules diseminados entre señales de lucha. No muy lejos, colgado de una rama rota, pendía el deshilachado taparrabos de piel. Y entonces, lo descubrieron... la silueta moteada del jaguar desapareció de un ágil salto entre la vegetación. Dicen que la ira del dios del Mundo fue tan inmensa que de una pisada borró la tribu tupúa de la faz de la selva...
- Créame, amigo, ahí abajo viven seres que cambian para seguir siendo. El verdor de ese universo frondoso tiene un precio...
   El teniente había escuchado durante el trayecto la historia del viejo nativo, que gesticulaba con vehemencia al tiempo que pilotaba el aeroplano. Manejaba los mandos con la maestría de un veterano maquinista ferroviario. Sobrevolaban la isla cuando el teniente se inclinó hacia la ventanilla. En aquella zona, efectivamente, la costa semejaba la huella de un gigantesco pie... Por un momento quedó absorto en la idea de un dios enfadado por la ineptitud de sus fieles. Desde la altura, el corazón verde de la selva brillaba como una joya sagrada.
   El ala del aparato le sacó del estupor, al virar, y sonrió para sus adentros. La misión tocaba a su fin, podría ahora felicitar a los muchachos.



¡ SALUDOS, AMIGOS/AS !

SIN RASTRO




Hay que conocer el lugar para admirar, más que para comprender, los milagros de la naturaleza. En aquella zona geográfica la costa se hunde con una ligera pendiente en el mar. Aquí, las formaciones rocosas son una prolongación suave del desierto que las precede, dando lugar a cavidades y galerías que horadan el pasillo costero.
Nummek se había criado allí y sólo él conocía el túnel que se bifurcaba hasta la altura de dos hombres para desembocar en la pequeña playa protegida, invisible desde el exterior. Ahora, el viejo Nummek también sabía que dentro del castigo existía una bendición. Su única hija nació con un acusado retraso que afectó la postura de sus manos y un defectuoso movimiento al andar. Pero aunque tampoco pudiese oír ni hablar, la pequeña Maahira fue un regalo para Nummek. Desde niña la llevó a la recóndita gruta de la playa, allí gateó sobre la arena, allí dio sus primeros pasos hasta sostenerse en pie, apoyada en la enorme mole de granito que se sumergía en la orilla. De joven, cuando Nummek estuvo en la capital, ya había visto otras esfinges similares aunque sin la piedra de jade en su frente. Para ganarse la vida allí muchos se dedicaban a desenterrar las ruinas en busca de reliquias y objetos del pasado; sus antepasados lo hicieron antes con las pirámides.

La esfinge de su playa descansaba semihundida en la arena con su busto desnudo y los brazos cruzados sobre el vientre; la joya verde que adornaba su frente le otorgaba un rango sagrado. El agua bañaba los signos escritos en la columna, que se perdía en el fondo, dando la impresión de que verdaderamente la diosa emergía del mar. Cuando Maahira se abrazaba a la esfinge y acariciaba su rostro una bella sonrisa inundaba la faz de la muchacha y, también, del alma del viejo Nummek desaparecía toda sombra de penalidad. Ese era su tesoro.

Como todos los días, regresaban del paseo en la costa al hogar cuando, al llegar, se encontraron con los arqueólogos. Nummek les dejó entrar a su humilde morada y trató de responder con cortesía a sus preguntas. La expedición rastreaba el área tras la pista de algún vestigio arquitectónico oculto como se desprendía de la interpretación de los manuscritos hallados recientemente, pero el viejo Nummek respondía ignorándolo todo. Un grupo de ellos hablaba entre sí, en idioma extranjero, luego el guía se dirigió a Nummek en tono conciliador... No, no se proyectaba carretera alguna ni ningún complejo hotelero, ahuyentando sus preocupaciones; tan solo formaban parte de una exploración programada para rescatar del olvido toda posible ruina de valor arqueológico notable.

Nummek sujetó con fuerza el brazo de su hija Maahira, que no cesaba de golpearse la frente, nerviosa. Y con un gesto de desolación explicó a los científicos que todo cuanto allí había lo tenían a la vista, desde el polvo árido de la tierra que pisaban hasta el océano inmenso que devoraba al mismo desierto. El cartógrafo trazó una línea roja sobre el mapa extendido en la mesa y, luego, el guía señaló con su dedo índice el itinerario nuevo a seguir en dirección este, una vez descartado aquel mísero territorio.

El viejo Nummek contempló a los expedicionarios alejarse por donde habían venido... Había aprendido a aguantarse las penas, a guardar secretos. Porque sabía que a toda maldición le acompaña un regalo de los dioses. Sólo eso le pedía a su diosa, se contentaba con aquella sonrisa... A cambio, él velaría su sueño sagrado.

¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !