martes, diciembre 26, 2006

ALGO DE DIPLOMACIA


  El percutor volvió a girar y un chasquido sordo le dijo que no era aquel su momento. El japonés cogió el arma y, después de hacerlo rodar, lo entregó a su oponente, un birmano que sudaba copiosamente. Sin embargo él estaba frío, no podía sudar. Se preguntaba por qué tardaban tanto... Creyó que con encontrar el lugar donde se practicaba aquel juego mortal su misión concluía por fin. Había estado durante largos meses intentando introducirse en aquel círculo inmundo de tráfico de personas y ahora se hallaba apostando su vida a la suerte de una bala caprichosa. El birmano pasó el brazo sobre la frente sin hallar alivio, minutos antes habían retirado el cadáver de un esbelto joven polaco a quien no acompañó la suerte en aquella fatal ruleta. Esta vez el árbitro japonés le tendió la pistola, era su turno. Alrededor, el reducido grupo de apostantes hacía circular los billetes en una grotesca jerga de gestos y un murmullo creciente se abrió paso entre las densas bocanadas de humo que asfixiaban el local. Sí, tardaban demasiado, no podían hacerle esto a él en su último día de trabajo; mañana era Navidad, comenzaban sus vacaciones. Posó el cañón sobre la sien y se perdió en el pensamiento de que algún error imprevisto había ocurrido cuando de repente el murmullo de los asistentes explotó en desorden y tumulto. Los policías irrumpieron en bloque voceando y con las armas en alto. Algunos intentaron huir, pero afuera los coches de los agentes aguardaban en una perfecta emboscada. Se dejó cachear, era lo establecido. Fue conducido con el resto de detenidos a las dependencias policiales y allí, en una sala aparte, esperó la llegada del Inspector Jefe...
-...Puede usted marcharse, agente. ¡ Felices vacaciones!
   Llevaba dos años destinado en Europa central, desde que los vientos desfavorables comenzaron a soplar en Oriente Medio y su aspecto de diplomático europeo le delataba, imposible de disimular. Sonrió con ironía al recordar las palabras del comandante... Sí, un funcionario del gobierno, pero con la vida de cada día al borde del abismo. Echó un vistazo al reloj, no podía perder el tiempo si quería disfrutar de las vacaciones que tanto merecía, en casa le esperaban la pequeña Nadia y su esposa, ansiosas.
   Cuando llegaba al motel distinguió un pequeño grupo jóvenes apostado frente a la entrada. Desistió de recoger equipaje alguno y se felicitó por la buena costumbre de dejar aparcado su vehículo a dos manzanas del lugar donde residía. Puso dirección a las afueras, hacia la playa. Luego, mezclado con la oscuridad de la noche, escaló el acantilado y rebasó la pendiente que ascendía hasta el monte. Arriba, pudo divisar las luces del aeropuerto y caminó entre sombras hasta llegar frente a la verja electrificada. Se tumbó, camuflado en el follaje del suelo, y ojeó de nuevo la hora... Sólo quedaba esperar. Según lo convenido, apareció al fin el vigilante con dos enormes perros atados, de ronda por el contorno de las instalaciones. Cuando estuvo a su altura el guardia miró el reloj, rebuscó entre el manojo de llaves colgado de la cintura y abrió la cerradura blindada, luego se alejó despacio sin soltar a los animales. Había llegado el momento, disponía apenas de minuto y medio para atravesar la pista y localizar el avión militar donde iniciar su viaje de vacaciones, de regreso a casa. Cruzó la verja y corrió hacia el lateral despejado donde ya rugían los motores del aparato. Subió la escalerilla como una exhalación, atronado por el ruido de las hélices. Ya dentro le recibió un oficial:
-¡Feliz Navidad, señor!
   Se tendió entre los restos de mercancías de ayuda humanitaria en aquel avión sin asientos, dispuesto para afrontar un vuelo de casi dieciocho horas, algo menos si las turbulencias se lo permitían.
   El chófer del Estado Mayor le llevó a casa, aseado y bien arreglado, con las medallas luciendo en el uniforme, a Nadia le encantaban. Se apeó dos manzanas antes y paseó hasta su calle, desde lejos divisó su hogar y, al acercarse, distinguió el árbol de Navidad brillante en el jardín y también dos rostros pegados al cristal, entre los monigotes de nieve. La puerta se abrió rápida, su mujer y la pequeña Nadia se abalanzaron sobre él con alegría...
-¡Papá, has venido, papá!
-¡Claro, Nadia, como siempre, hija!...
   Mientras ambas le abrazaban sin cesar de reír y llorar, su esposa le besó al oído un susurro de anhelo contenido...
-¡Te queremos, Leo!
-...Yo también, cariño.



http://www.slideshare.net/leetamargo/algo-de-diplomacia
¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

sábado, diciembre 09, 2006

ASI LO QUISO

 Fue algo más que el acicate de aquella imperiosa necesidad lo que le condujo a los bosques del norte. Apenas había deambulado lo suficiente para toparse con la cruel realidad de que el hambre también había que seguir combatiéndolo dentro y fuera de su frontera. Al menos allí, su forzuda complexión podía abrirse camino en la tala de árboles de las empresas madereras, necesitadas de brazos fuertes.
-Esteban, me llamo Esteban. –respondió, mientras recibía a cambio un juego de guantes y una manta, con la indicación del barracón que le correspondía.
El dueño de la compañía, el señor Radoslav, era un hacendado y grueso polaco que pagaba bien el duro trabajo, al tiempo que ofrecía comida y techo bajo los barracones del campamento, mientras duraba el contrato. Habitaba con su familia en la cabaña contigua al recinto. Su mujer, una enorme alemana de nombre impronunciable, se encargaba de cocinar para todos los leñadores. A la hija, Valia, en cambio, de estilizada apariencia, grácil y delgada, trataban de evitarle tareas arduas así como el contacto directo con los trabajadores. Sin embargo, atraída por el vocerío del personal a la salida de los turnos, la joven no siempre cumplía a rajatabla las normas establecidas por su propio padre y, pronto, tuvo ocasión de entablar conversación con Esteban en uno de sus esporádicos paseos entre los barracones.
La belleza rubia de rasgos germánicos de Valia, calcados sin lugar a dudas de su madre, congeniaron a la perfección con el carácter espontáneo, cálido y abierto de Esteban, que se sintió algo más que halagado por los momentos que la muchacha compartía y le dedicaba al finalizar la jornada de cada tarde. Aquella relación fructificó y, de modo irremediable, se enamoraron, ante la mirada en apariencia distraída del señor Radoslav, que prefería predicar desde el ejemplo, con protectora tolerancia.
A Esteban le costó tragar saliva cuando Valia le comunicó que esperaba un hijo suyo. No obstante, la reacción de los padres de ella no pudo resultar más positiva. No sólo los cuidados a la futura madre se multiplicaron, sobre todo más por parte del señor Radoslav, que cedió parte de su tiempo de trabajo para ocuparse de que nada le faltase a su hija, que por la parte de su madre, a quien resultaba más complicado abandonar las faenas de la cocina, motor indispensable de aquella factoría humana. Esteban, a su vez, se benefició de un trato más delicado por parte de la familia de Valia, aunque mantenido sin excesivo descaro ante el resto de trabajadores. Fueron meses felices, de lenta espera, en los que Esteban deseó de verdad que se hubieran eternizado, aunque el embarazo resultó dificultoso para Valia. El médico ya lo advirtió en una de sus visitas, el reposo debería ser obligatorio pues el riesgo existía y era grande. Los últimos meses fueron un castigo para Valia, envuelta en un malestar general, entre vómitos y fiebre.
El día que Valia se puso de parto, el señor Radoslav le encomendó a Esteban la tarea de cargar los listones de madera en el aserradero, para así estar más disponible y cercano a ella. Esteban trabajó sin lograr concentrarse, más pendiente de lo que estaba ocurriendo en el interior de la cabaña. Por ello no abandonó su gesto de preocupación cuando el patrón, sin emoción alguna, le hizo señas para que se aproximara hasta allí. Antes de subir los peldaños ya escuchó el sollozo del niño, pero no le dejaron acceder a la estancia donde se encontraba la parturienta. El médico obstaculizaba la entrada y, con un brazo extendido le tocó en el hombro. Esteban se paró en seco, no quería haber escuchado nunca aquellas palabras, porque le devolvían a una realidad que nunca tenía que haber ocurrido: era un niño sano y hermoso, pero Valia había muerto durante el parto.
No, la vida no había sido fácil para Esteban, tampoco ahora. El destino entonces parecía haberle deparado un salto aún más complicado, una pirueta fatal para la que debía de entrenarse a conciencia. Cuando decidió abandonar la serrería lo hizo con el convencimiento de que su hijo quedaba en el hogar adecuado y con la certeza de que aquella no era la tierra donde él hallaría la paz y bienestar que, tan esquivas, se le resistían. Nada iba a faltarle allí a su hijo y, en su adiós, le llevó guardado en su memoria. Nunca nadie le escuchó pronunciar su nombre; tan hondo fue su amor de padre como su pena. Así lo quiso.


¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !