viernes, noviembre 23, 2007

LOS ACANTILADOS



No era un lugar muy frecuentado, de ahí su encanto a pesar de lo accidentado del acceso. Sin embargo la vista panorámica que ofrecía era digna de disfrutar. Desde arriba, ellos no se perdían ni una sola puesta de sol y si empeoraba el tiempo también le encontraban el lado atractivo, fieles a su cita diaria del mediodía el más mayor recordaba épocas pasadas mientras los más pequeños escuchaban con atención. Uno de los ancianos se sumó a la reunión con la avidez de rememorar su historia preferida...
-...Pues sí, ese faro que veis ahí abajo abandonado lo construyeron antiguos prisioneros, fue su castigo de guerra. Podéis contemplar las huellas que los cañones dejaron en alguno de los acantilados, sin ir más lejos la Peña del Nido quedó truncada en una de aquellas contiendas. Los hombres esculpieron uno a uno cada peldaño que baja desde la costa, era necesario salvar el desnivel para construir este faro que tenemos debajo nuestro. Yo mismo pude contemplar entonces cómo alguno de aquellos hombres cayó al mar, a veces incluso se tiraban ellos mismos, locos por escapar de tan negro porvenir. La muerte entre los arrecifes era más deseable que su triste destino de encierro.
-...¡Debe ser horrible no volver a sentir la brisa ni el batir de olas! -enfatizó uno de los más jóvenes.
El vuelo rasante de una gaviota les sacó del concentrado interés que había adquirido la conversación, era un aviso. En efecto, al poco se dejaron escuchar las voces animadas de un grupo de colegiales que descendían por la escalera del acantilado, algo arriesgado quizás para sus endebles pies, pero sin duda una excursión programada con éxito para descubrir las maravillas de la naturaleza costera. Los cuidadores no escatimaban en precauciones para mantener ordenados a la tropa de jóvenes que, a la vez que bajaban los escalones se distraían en observar y apuntar con el dedo a cada roca, cada gaviota o árbol de curiosa forma o extraña ubicación, que llamaban su atención.
La paz del lugar se tornó de repente en un jolgorio de risas y chillidos. El tono estridente de alguna de las niñas asustó hasta a las gaviotas, que se elevaron presurosas sin cesar de advertir a sus convecinas. Desde lo alto, contemplaron impasibles el barullo de aquella invasión de turistas...
-Se nota que llegó el buen tiempo... -acertó a replicar el anciano, interrumpido en lo mejor de su historia- ¡Habrá que empezar a acostumbrarse a esto otra vez!
Abajo, los excursionistas se agolparon junto al faro semiderruído, sin sospechar que eran observados. Los gritos de los niños crecían en desconcierto, hasta que los cuidadores dieron la orden para sentarse en torno al viejo faro y comenzar la merienda. Hasta lograrlo pasó un largo rato de tensión e impaciencia desbordada. Luego, tan atareados andaban en hincarle el diente a sus bocadillos que, por unos breves instantes, pareció regresar la calma a los acantilados, tal vez excesiva para los nuevos visitantes, más acostumbrados al bullicio que al hondo silencio de los lugares inhóspitos. No tardaron, por tanto, en volver a las andadas, primero con canciones en grupo, luego incorporando bailes a los que con dificultad acompasaban de histéricas risotadas forzadas. Una de las cuidadoras tuvo la feliz idea –bien acogida al principio- de iniciar una ronda de chistes y acertijos con el fin de mantenerles al menos sentados en un sitio fijo y acabar así con las peligrosas cabriolas al borde del acantilado. Pero pronto derivó en una exhibición de lenguaje soez y desagradable. El resto de cuidadores cambió entonces de estrategia a fin de reconducir la energía descontrolada de su alumnado y poner fin a los improperios. Al fin dieron resultado sus pretensiones y el turno de juegos trajo al menos una algarabía más pausada, influída también por la fatiga de algunos de los muchachos que no habían cesado desde su llegada de gritar y brincar. Una de las pequeñas se dirigió al grupo a voz en grito:
-¡Mirad! Esa roca parece una cara... ¡Sí, mirad, la he visto reírse!
Todos prorrumpieron en sonoras carcajadas burlándose de la desatinada imaginación de la chiquilla...
-...Sí, sí... ¡Y allí otra! ¿No veis que tiene la boca abierta?
La burla se extendió como la pólvora, a cada instante más carente de gracia; al desternillante ambiente de antes le sucedió un insoportable recelo que se escapaba así de las manos e intenciones de los apesadumbrados cuidadores. La velada había sido más que suficiente y otra vez revueltos, raudos, se dispusieron a iniciar la marcha de vuelta no sin la consabida complicación de aunar en fila a toda aquella desbandada de niños inquietos, si cabe ahora aún más pesados ya que acusaban las secuelas del cansancio y el aburrimiento. El enfado en la despedida llenó el enclave de lloros e insultos, los cuidadores intentaban poner las paces entre los puñetazos y empujones con amenazas de castigo, agobiados por tanta impotencia ...
-Sí, mira aquella roca... Parece la nariz de una bruja... -insistía la pequeña ante la indiferencia del resto.
El grupo de niños siguió la inclinada ascensión de regreso por los escalones del acantilado entre risas y llantos y, a lo lejos, se fue perdiendo el rumor de voces hasta terminar por desaparecer del todo. El anciano no pudo evitar recriminar a los turistas el mal sabor de tarde que le habían dejado...
-No sé si me acostumbraré a esto alguna vez...
Otro de los jóvenes, que observaba la situación desde arriba, animó al viejo para que continuara con su historia, pero el mayor les mandó callar:
-Shsss... ¡Parece que vienen! ¡Poneos serios!
Una de las cuidadoras había bajado de nuevo hasta el acantilado. Su mirada se dirigía nerviosa por cada esquina, deambuló un rato alrededor del faro, por los sitios donde antes había acampado la excursión hasta dar con la mochila extraviada. Luego, sin dejar de lanzar esporádicas y desconfiadas miradas sobre las rocas, se apresuró en volver en pos de los niños.
La tarde ahora se vestía de dorados reflejos que el sol poniente pintaba en los acantilados. Las sombras del crepúsculo se proyectaban entre las rocas dando la sensación de que se alargaban, parecían moverse...
-¡Vaya pandilla de desalmados! ¡Prefiero a las gaviotas! -gruñó la gruta abierta, que mostraba restos de papeles y plásticos amontonados en su entrada.
...Los acantilados jóvenes no dejaron de reírse, mientras la noche extendía sobre ellos el mismo manto oscuro que venía empleando desde hacía siglos.

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sábado, noviembre 17, 2007

PUÑAL SIN NOMBRE



El grupo de jinetes contemplaba el poblado desde lo alto, parapetados tras las peñas aguardaban la más leve señal con el aliento contenido y las manos cerca de las armas. El vigía blandió los brazos juntos de un lado a otro y volvió a repetir el movimiento, justo lo que estaban esperando... Buenas y malas noticias. Una patrulla romana se acercaba desde el sur, tranquila y ajena a su presencia; la buena era la llegada de Fronto, de la tribu de los corcontois y cabecilla cántabro. Cuando se unió al grupo de guerreros sus miradas fieras hablaron en crudo silencio...
-El chico lo hará...
Apostados en las rocas no tardaron en divisar la delgada columna de humo que se elevaba horizonte arriba. El poblado ardía, aún antes de que el ataque romano hubiese comenzado, antes de que al igual que a las tribus vecinas de Vadinia y Moroica les hubiera llegado el turno de ser conquistadas. Eran demasiado orgullosos para tal tipo de humillación, era preferible morir antes para eso.
En el poblado sólo quedaban los viejos, las mujeres y los niños, inservibles para morir luchando. Por eso el muchacho no trató de comprender cuando su padre le conminó a matarles antes de que cayeran en manos enemigas y, con el puñal que momentos antes le había entregado, cumplió la orden sin escrúpulos. Sus hermanos pequeños, menores que él, también encontraron el final de sus días en sus manos. Luego, ágil y certero, prendió las cuatro esquinas del campamento hasta que la densa cortina del humo le obligó a salir. Sin embargo no obedeció del todo la orden y escapó monte arriba, hacia el bosque, en vez de arrojarse al precipicio.
Esta vez el vigía, en cuclillas, juntó los brazos hacia el suelo al tiempo que se agazapaba...
-¡Maldita sea! -farfulló el rudo Neco al comprobar que la patrulla romana había ya descubierto el fuego y que el joven muchacho ascendía la pendiente a su encuentro...
Los guerreros prepararon los dardos cuando los soldados pasaron bajo sus pies a rápido galope. El muchacho corría tan absorto en la huída que no se apercibió de la patrulla ni del centurión romano que se desvió para capturarlo. El centurión reía en voz alta con el muchacho agarrado bajo el brazo como un vulgar cerdo mientras pataleaba. Neco sujetó el brazo de su hermano Sica, al lado suyo, dispuesto para asaetear al romano...
-...¡Espera!
El oficial romano se había quedado rezagado de la patrulla y, sin dejar de reír, concentraba todos sus esfuerzos en domar el ímpetu de aquella incómoda fierecilla que amenazaba con tirarles a ambos de la montura. La risa cesó cuando tocaron el suelo en sorda caída, al romano se lo impedía el puñal que le entró por la estrecha abertura entre la coraza y el cuello. Luego, el chico se hizo de la cabalgadura y galopó raudo hacia las peñas.
El grupo de guerreros cántabros lo recibió en corro. La expresión urgente de sus rostros hacía inútiles las palabras, el chico se lo había ganado a pulso y, a un gesto tosco de Fronto, se pusieron en marcha. Llevaban años padeciendo los estragos de aquella dominación, aunque tampoco antes les faltaron otras, siempre guerreando, no era eso de temer para ellos. Nunca toparon con un enemigo así, tan organizado y numeroso, que no cejaba en reintentarlo y que estaba logrando sacarles de sus territorios. Ellos que siempre habían sido la pesadilla de sus tribus colindantes, que asaltaban sus cosechas y ganados, probaban ahora el áspero sabor del pillaje en su propia carne. La afamada estirpe guerrera que tanto les acompañó y traspasó fronteras se veía ahora condenada por el peso de su propio renombre. Ellos mismos habían tenido que dar muerte a sus mujeres y ancianos, convertidos en verdugos de sus familias y de sus tribus, ellos mismos habían incendiado sus propios castros, habían visto a otros guerreros tirarse al vacío desde las rocas, prenderse fuego o envenenarse con el dios Tejo, todo antes que vivir rendidos o derrotados. Antes era morir luchando , ahora huían...
Las noticias que traían los dos vigías obligaban a tomar nuevos rumbos. Hacia el interior vislumbraron grandes huestes romanas en movimiento que se desplazaban hacia el noroeste, tal vez una o varias secciones de la gran Legión Macedónica que se asentaba al otro lado de la cordillera. Además, debían evitar atravesar los terrenos de los Turmogos con quienes habían batallado en otras ocasiones, pero ahora sometidos al yugo invasor. Ellos que convirtieron su nombre en sinónimo de temor con solo pronunciarlo contemplaban impotentes el inútil derroche de tanta sangre valiente... Allí, al borde del desfiladero, el caudillo tomó la decisión de separarse, unos sobre los montes, otros a través del valle y las cañadas. Sabía lo que aquella decisión representaba, significaba el fin de su hegemonía, morir luchando lejos de sus fronteras, pero antes ya estuvieron en otras contiendas, él era un veterano que estuvo en Numancia y ese era su hogar, la guerra...
El muchacho asintió a la jaculatoria del jefe:
-...Ahora tu nombre es Corocotta. ¡Vendrás conmigo!
Antes de despedirse aquella veintena de cántabros entonó y danzó sus cantos ancestrales, después se fundieron con la oscuridad donde vigila el búho y acecha el oso.

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sábado, octubre 20, 2007

TRUENO DE AGUA

    Mi nombre es Trueno de Agua, me llamaron así porque de joven una gran tormenta cambió el cauce del bosque y, debido al corrimiento de tierras que originó, mis raíces fueron a parar a lomos de una enorme roca sobre la pendiente que cae al río. Sin embargo, confinado en aquel risco, las ramificaciones más intrépidas de mis raíces hallaron el suficiente sustento para seguir creciendo y, aunque condenado en altura por el saliente de piedra que me obligó a crecer en sentido oblicuo, contemplo desde mi otero al resto de convecinos que habitan y gozan del borde florido del río. Ellos son hermosos, de tallo recto y liso, y sus hojas de un verde luminoso que se transparenta dorado cuando les baña la luz del sol. Desde lo alto los observo con resignado celo, nunca preguntaron, tal vez ni se apercibieron de lo que había a sus espaldas, pues tan entretenidos andaban en contemplar el reflejo de sus esbeltos cuerpos en el espejo del río. Su gesto indiferente aún les hacía parecer más elegantes y, a cual más engalanado, competían por destacar en arrogancia por destacar en arrogancia.
   Los inviernos en la pared rocosa eran duros y fríos, y no dejaban de serlo durante el verano húmedo y sombrío, tan solo aliviados por el colorido exuberante de las ramas que poblaban aquella margen privilegiada del río. Incluso, los cazadores se apostaban entre sus gruesos troncos para lanzar sus despiadados disparos contra los grajos o cualquier otro ave que se refugiaba en el risco. La piel áspera y rugosa de mi tronco también guardaba cicatrices como recuerdo de algunos de ellos. Aprisionado entre las escarpadas rocas, mi aspecto tosco y retorcido no alegraba precisamente la vista, ni siquiera otro cataclismo natural podría poner fin a tal desconsuelo al que en ocasiones me sumía, acrecentado por la cercana presencia de árboles tan bellos. Condenado tan solo a eso, a refugio de alimañas o de algún que otro pájaro huidizo, deseé con fuerza que aquella maldita tormenta hubiera acabado bien del todo su trabajo... Pero fueron los cuervos. Ellos me sacaron del estado absorto en que me encontraba. Cuando los pájaros negros huyen es que algo extraordinario va a suceder. Y no se hizo esperar... Sonó como una cascada por encima de las copas de nuestras cabezas, el bosque entero alertó sus troncos, incluso hasta los más esbeltos de la orilla tensaron cada una de sus ramas para entender el origen de aquel estruendo. Sí, aquel ruido semejaba a un trueno de agua que arrollara todo a su paso... Sonreí con ironía al descubrir la expresión, un trueno de agua... Pero duró poco la sonrisa, al igual que la belleza en el rostro de mis árboles hermanos que, con horror, observaron la ola de agua y lodo que se avecinaba contra ellos. Uno a uno, fueron doblándose y cayendo al lecho torrencial del río, ahora desbocado, que con furia se los tragaba, implacable. Se llevó la primera hilera que bordeaba lo que antes fue orilla, también se llevó la segunda y tercera fila de los árboles más altos y ensanchó su cauce fatal hasta una cuarta hilera, la más próxima al pétreo acantilado. Desde arriba contemplé la tragedia con estupor y una gran pena me hizo encoger aún más. Toda la humedad de la roca que me dio el sustento se transformó en lágrimas y lloré. Lloré por los que antes estaban, aunque nunca preguntaron, pero lloré por ellos. La riada se llevó sus cuerpos hermosos, el gesto brillante de sus hojas vivas, la elegancia de sus ramajes y la faz altiva que apenas unos instantes les adornaba. Desaparecieron de súbito corriente abajo, entremezclados y rotos, sucios de lodo hasta las hojas. El lecho del río extendió sus dominios hasta donde antes ellos habitaron y ese recuerdo se convirtió en otra cicatriz más que añadir a mi maltrecho pesar. Es inevitable recordar cuando pendiente abajo escucho las aguas del río chocar contra las rocas de la pared donde sobrevivo.
   Más arriba sé que el bosque continúa, me lo contó un búho. En una noche de luna me habló de las altas copas que pueblan la meseta y de la leyenda que entre ellos circula, dicen que entre la montaña y el río un trueno de agua intercede por ellos, velando por su permanencia. Aquí, en este lugar tan solitario, no hay otro consuelo que la visita del grajo o los milanos, a salvo por fin de los cazadores. La temporada pasada anidó una pareja de águilas, la misma que ahora regresa a hacerme compañía. Eso es lo que significa Trueno de Agua, todo lo que sucede tiene una razón de vida.



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viernes, octubre 05, 2007

MÁS QUE UN JUEGO



Si le llamaba ahora le molestaría, lo sabía. Se acercó al ventanal y sacó el teléfono móvil de su bolso, movida por un impulso espontáneo de despedida. Su figura desnuda se recortaba al trasluz de las cortinas y el tenue reflejo moldeaba sus contornos redondeados. Así la encontró Bruno al salir del baño, le pareció sublime, encantadora y, desde atrás, abrazó su cuerpo menudo en un gesto amoroso de protección.
-¿Qué haces? ¿a quién llamas?
-...¡Iba a comprobar si tenía llamadas! –ella se dejó besuquear en el cuello, mientras volvía a colocar el teléfono en su sitio.
Él siguió aferrado a ella sin cesar en sus arrumacos cariñosos y Vera se dejó mecer, quizás en exceso pensativa... Bruno aprovechó para retomar la conversación iniciada en la sobremesa:
-Díme, Vera, ¿lo has pensado ya?
Ella se giró, entregada aún entre sus brazos, y le miró a los ojos antes de hundir el rostro en su pecho. De nuevo volvió a mirarle cuando él la empujó con suavidad hacia el lecho...
-¡Bruno! ¿...otra vez? ¡Oh, Bruno!
Ambos rieron entre susurros y besos al tiempo que rodaban entremezclados con las sábanas revueltas.
Bruno era algo más joven que ella, aquel ejecutivo italiano venía demostrándole su fogosidad desde hacía varios años, cada vez que sus gestiones de negocios le traían al gélido invierno de Praga. Ella no era precisamente una mujer fácil, pero nadie mejor que una señora casada para conocer los motivos que la indujeron a dar el paso y convertir la habitación de aquel hotel en mudo testigo de sus apasionados encuentros. Hacía algún tiempo que había dejado de considerar sus casi veinte años de matrimonio y hoy, que se cumplía otro aniversario de boda, ni siquiera su propio marido se había acordado.
Para Nikolai Zabielin sólo existía una pasión: las paredes de su casa estaban plagadas de su huella con las fotos enmarcadas de sus eventos más destacados; las estanterías de su biblioteca rebosaban de numerosos volúmenes, auténticos tratados de ajedrez, manuales de estrategia, algunos de ellos con las jugadas maestras subrayadas; una vitrina en el salón mostraba los variados trofeos, nada espectacular sino pequeños premios de un aficionado, un buen y concienzudo aficionado que ponía los cinco sentidos y uno más en su juego predilecto.
Al principio, Vera le acompañó a las concentraciones, mientras fueron novios; aquella afición le venía desde la infancia y ella lo admitió como una parte integrante de su vida cuando se casaron. Después, los niños no llegaron, tal vez alejados por el enjudioso celo que su marido volcaba en aquel juego, ahora transformado en obsesivo y, así, se fue distanciando. La señora Zabielin no estaba dispuesta a compartir con aquel tablero de ajedrez su vida.
Nikolai no era mala persona, no, Vera le había querido. Pero los enfados se sucedieron cada vez con más violencia cuando regresaba tras una derrota y, cohibida por la tensión, ella llegó a temerle. Le tenía prohibido llamarle o distraerle la fecha de la competición y aquella mañana, como en anteriores ocasiones, el señor Zabielin marchó pronto para evitar interferencias que pudieran distorsionarle o distraer su concentrada atención en la partida. Era consciente de su nivel intermedio, lejano de las renombradas figuras que idolatraba; estudiaba las tácticas de los grandes en sus libros hasta aprenderlas de memoria, pero mantener aquel status suyo del montón requería de toda su exclusiva dedicación. Hasta ahora no había evolucionado del puro juego por placer de los comienzos en el colegio o en el bar al de los torneos municipales, por ello era tan decisivo el encuentro de aquella fecha que representaba el salto a la categoría interregional. Por ello mismo le pasó desapercibido un año más la celebración de su aniversario, aunque Vera tampoco le hacía ya hincapié sobre estos detalles. Además, ella no le beneficiaba con sus atenciones, si le notaba preocupado le atosigaba con obstinada insistencia porque se relajara y no lograba en él sino el efecto contrario, así que optó por centrarse en lo suyo, era mucho lo que se jugaba.
Sin embargo podía darse por satisfecho porque en aquella velada le tocó una jugada similar a la transcrita en una de las fases de un afamado certamen internacional que acabó por aprender de tanto tratar de descifrar. Sabía de cada movimiento y de las probabilidades de acierto en cada caso; rezó para que su oponente no optase por la pieza retrasada y, para su regocijo, así ocurrió con lo que rubricó el final con un jaque mate perfecto.
Regresó henchido de orgullo con el trofeo y una nueva categoría que defender, ávido por retomar el libro donde enfrascarse de la jugada que le había otorgado el éxito en aquella jornada. Cuando entró en casa llamó a Vera, sin obtener respuesta. Pegada al espejo del recibidor encontró una nota firmada por ella: “Salí a por tabaco”. Se dirigió como un autómata hacia el salón, abrió la vitrina y posó la copa del trofeo; luego buscó entre los manuales de ajedrez hasta dar con el que contenía la jugada que le valió el triunfo y, sonriente, lo releyó una y otra vez, ensimismado. De pronto a Nikolai se le nubló el gesto. Algo no encajaba... Cerró despacio el libro mirando al techo: Vera no fumaba...
Pero Vera volaba ya hacia Trento, acabó por aceptar la proposición de su amor italiano que, a pesar de estar sujeto en el asiento de al lado, le besuqueaba el rostro propinándole carantoñas que apenas lograba sofocar entre risas y susurros:
-...¡Bruno! ¡Oh, Bruno!
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sábado, julio 14, 2007

MIL METROS LIBRES



Cuando sonó el teléfono acababa de acicalarse el bigote que le había acompañado en sus últimos veinte años de abogacía. Sin soltar las tijeras atendió la llamada con la otra mano...
-Entendido, acudiré de inmediato.
La prisión de alta seguridad de Sacramento queda a apenas diez minutos de autovía desde el núcleo urbano, elevada sobre un minúsculo promontorio goza de uno de los enclaves geográficos más idílicos y seguros que puede desearse para este tipo de construcciones. A la orilla del mar, del que le separa tan sólo una banda ancha de arena, la prisión se erige en obstáculo insalvable frente al paisaje.
Rodolfo Mantini era uno de estos cientodoce privilegiados. Desde el ventanal superior de su celda podía disfrutar del inmenso horizonte marino e, incluso, llegaba a atisbar parte de la playa que desembocaba en la franja costera. De las conversaciones con otros reclusos sacó la conclusión de que, paralela a ella, transcurría el ramal de una autovía cercana, pero que si uno atravesaba la playa en todo su largo, con sólo cruzar la carretera podía adentrarse ya en la población y, una vez allí, acceder a un vehículo o a la estación de trenes resultaría aún mucho más fácil. Claro que estas últimas cavilaciones ya formaban parte de su cosecha propia pues con nadie compartió la urdimbre de su plan. El mes anterior su compañero de celda contigua, un ex director bancario, apareció con un nudo de sábanas atado al cuello y, si algo tenía claro, era que no estaba dispuesto a sucumbir a aquel lento martirio sin ofrecer resistencia. Le ayudaba aquel océano vecino, el rumor de olas que cada noche mecía en calma las inquietudes que durante la jornada desgastaba en tramar una vía de escape.
Se había estado preparando durante años, alguno menos de los que llevaba encerrado, pero más de los que pensaba permanecer allí, pues su condena nunca le permitiría salir. A sus cuarenta y cuatro años la forma física era un objetivo que recuperar, aunque sin demasiado sacrificio pues, si bien en los últimos años de la universidad las tareas del profesorado le mantuvieron en exceso ocupado, tampoco le impidieron dedicar tiempo al equipo de baloncesto del que era tutor. Así que, con unos estiramientos y una serie de ejercicios practicados con regularidad terminó de ponerse a punto, consciente de que una playa de apenas un kilómetro lo separaba de la libertad.
Le preocupaba más escoger el momento apropiado y, sobre todo, aguantar y esperarse al día señalado; debía ser noche cerrada y las últimas mareas vivas de Septiembre tenían como culpable a una luna esplendorosa y radiante... Por eso, cuando se vió al otro lado del muro sabía que no tenía tiempo que perder. Tampoco podría correr paralelo a la orilla pues las olas delatarían su figura, así que emprendió la carrera por en medio de la playa, a través de aquella pista de arena de mil metros, distancia suficiente para dosificar y aumentar gradualmente el esfuerzo y la velocidad. En los cien primeros metros cogió tono, luego acrecentó la intensidad, era cuando había que entregarlo todo. La velocidad se nutre de su propia inercia acumulativa y, a su vez, la energía desarrollada se multiplica en progresión geométrica hasta alcanzar un clímax crítico, trepidante, capaz de mantenerse otros centenares de metros y que suele coincidir con el instante previo a la entrada a la meta. Dentro de aquella oscuridad, sin embargo, el suceder ininterrumpido de rápidas zancadas estalló de improviso en el punto más álgido de la trayectoria...
Cuando el abogado llegó a la prisión aparcó al borde de la playa. Durante el trayecto vino repasando en su mente los recuerdos de aquel caso del catedrático de Historia y Arqueología que le tocó resolver en su día. Solamente testificó a su favor la casera, aquella señora relató el alma caritativa de su cliente cuando recogió un perro atropellado y lo llevó a una clínica veterinaria para que fuera atendido. Sin embargo, al Jurado le impresionó más el hallazgo de la familia del catedrático, asfixiada en el interior de su coche por los gases de una segadora. Rodolfo Mantini nunca se autoinculpó, tan sólo se limitó a callar. Nunca más habló.
El abogado se acercó al grupo de policías de la Unidad Central Operativa que examinaba los restos en mitad de la playa. Junto al cadáver del fugado un peñasco de arista rugosa emergía de la arena, desafiante. El cuerpo mortalmente herido de Rodolfo Mantini estaba marcado por el corte fatal del encuentro con aquella roca. El abogado identificó afirmativamente el cadáver de su antiguo cliente, luego un capitán le explicó las circunstancias del brusco choque en la oscuridad más completa y, señalando a la policía científica, dejó entrever que la historia no acababa ahí.
Fue en los meses sucesivos y a través de la prensa que el abogado se enteró de los nuevos avances. Antes, fue preciso recabar los correspondientes permisos, pues aquella enorme roca sembrada en medio de la playa formaba parte de la sempiterna geografía de Sacramento. Cuando las excavadoras removieron el lugar fueron apareciendo los otros restos que ocultaba aquella punta de iceberg, correspondían a las segundas ruinas mayas -que se conozcan- construídas en la orilla costera. El abogado pensó que Sacramento ya había empezado a cambiar, quizás dejaría de ser el sitio tranquilo que antes fue. Dobló el periódico, mientras sonreía inexpresivo por su reflexión...
-...¡Al final todos consiguen su sueño!


Cursiva
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viernes, julio 06, 2007

DIOSAS DE PIEDRA


El macizo montañoso emergía su pared majestuosa de piedra y marcaba, imponente, el final de la carretera. En el valle eran frecuentes las excursiones para contemplar tan admirable paraje, cada fin de semana se transformaba en un animado festival de vehículos, turistas o cazadores. Marlon se caló el sombrero hasta las cejas y resopló, para él aquellas montañas eran las diosas del lugar, hacía muchos años que escogió vivir a su amparo, sumergido en la frondosa ladera de su falda rocosa. Sin embargo, en esta ocasión eran los automóviles de la policía y de los periodistas los que perturbaban el habitual sueño en las inmediaciones de su cabaña.
A Marlon le pareció un tanto insolente el tono con el que el comisario se refirió a la montaña cuando le preguntó acerca del antiguo sendero que se adentraba en el bosque. Toda aquella historia del atraco y del fugado con el rehén internados en la espesura le sabía truculenta. Llevaba toda una vida a lomos de aquella cordillera, pocos como él conocían cada rincón, cada recoveco de la comarca con tanto atino, pero perderse por primera vez en aquel laberinto de riscos y simas no dejaba de ser una fatal locura. El trampero echó atrás su sombrero y escrutó la densa capa de niebla que ya ocultaba la cumbre.
-Si es cierto que están ahí dentro será la montaña quien decida...
Al comisario no le quedó clara la enigmática respuesta del trampero. Aquel fornido cincuentón desafiaba toda lógica con su estrafalario modo de vida en su cabaña al pie de la montaña, sin luz ni gas, tan sólo leña para alimentar la chimenea y ahumar las pieles que colgaban alineadas en el porche. Había oído hablar de él, en una ocasión recuperó sin ayuda de nadie toda una yeguada extraviada que se había escapado monte adentro, desde entonces se granjeó el respeto de sus paisanos. Pero el comisario no encontró el compromiso que le habían asegurado los lugareños para resolver aquel caso que colocaba a la comarca en las principales páginas de todos los noticieros.
El perseguido andaba escondido en algún rincón de aquella montaña. Después de desvalijar la sucursal bancaria a punta de fusil había secuestrado a su hijastro de once años, antes hirió a la madre del muchacho. En su desesperada huída no encontraron mejor refugio que atravesar a pie aquella cordillera fantasmagórica. El raptor maldijo el empeoramiento climático que se sumaba a aquella cadena de desgraciadas circunstancias. La niebla se deshilachaba entre los árboles e imposibilitaba adivinar el rumbo próximo de sus pasos, además el joven muchacho tiritaba de frío y entorpecía la marcha con sus sollozos cada vez que el padrastro le empujaba a trompicones o le profería insultos amenazantes mientras le encañonaba. Sobre sus cabezas, los rebecos saltaban con agilidad entre las peñas y el hombre escudriñaba a su alrededor, inquieto, pues había que guarecerse antes de que la noche cayera. El muchacho ahogaba en cada gemido el recuerdo de su madre apuñalada y malherida, no soportaba los ataques repentinos que cada vez con mayor frecuencia acosaban a su tío y lo transformaban en alguien temible, peligroso. Esta vez, sin embargo, el calibre de la fechoría había sobrepasado todos los límites de la agresividad calculada. El joven se quejó del antebrazo después de que el padrastro lo arrastró para que avanzara, sollozó de frío y miedo. Se agachó para anudarse los cordones del calzado, pero le resultaba difícil articular los dedos. La niebla le empañaba también los ojos, sólo al levantar la vista se apercibió del impacto de la enorme roca despeñada sobre su padrastro... Hombre y piedra se sumieron en sorda caída precipicio abajo.
No fue hasta la mañana siguiente que el muchacho hizo acto de aparición en el lindero del bosque. Otra vez la cabaña de Marlon era un hervidero de agentes, la prensa acordonada disparaba sus flases al paso del joven envuelto en mantas. El comisario celebró el rescate ante los micrófonos, luego se volvió hacia el trampero:
-...No puedo agradecerle precisamente su cooperación.
Marlon no se inmutó, sin dejar de atusarse la barba, señaló hacia la cima...
-Ya se lo advertí, es ella la que decide...
Ambos dirigieron su mirada hacia las cumbres, coronadas de un halo neblinoso presidían el techo del valle. Desde su cetro de roca custodiaban una ley antigua nunca revelada, sólo conocida por las diosas del lugar...

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sábado, junio 30, 2007

NADIE SOSPECHA



 Corría el decimotercer año del recién estrenado milenio, aniversario de la gran deflagración. Blenda y Ruth ya habían dejado de ser las alocadas colegialas que traían en jaque los esforzados desvelos de sus padres, atentos en toda ocasión para que aquellas varitas tiernas crecieran sin torcerse. Al fin parecía que tanta preocupación había dado su fruto y ahora, convertidas en dos chicas responsables, se bastaban por sí mismas para ganarse el sustento con sus hábiles merecimientos. Ellas no lo conocieron, pero antes ya habían oído por boca de sus padres  de los devastadores efectos de la gran crisis, aquellos duros tiempos que siguieron cuando el mundo entero se estremeció. Los sacrificios  de sus padres sirvieron para que ellas recibieran una adecuada educación, libres y ajenas a lo que tomaban por horrendos recuerdos de una pasada prehistoria que nada tenía que ver con su tiempo actual.
   Ahora disponían de su propio apartamento en la ciudad, a  apenas una hora de tren de la casa paterna. Desde hacía un año cada una costeaba el suyo, no se lo habían contado a sus padres para no preocuparles, sabían además que no lo aprobarían. Almorzaban siempre juntas y si, por motivos de trabajo no podían verse algún día, se llamaban por teléfono al final de la jornada para intercambiar impresiones. Ruth sabía por su hermana de los avances conseguidos desde que aceptó el reto y firmó contrato con la Central Química Nuclear, fue poco después cuando decidieron adquirir un apartamento para cada una, innegable señal de que iban por cauce seguro. Desde entonces, Ruth se quedó sola a cargo de la Asesoría, desbordada de tareas, pero señal también inequívoca de que la suerte les sonreía. Envidiaba la valentía de su hermana y el afortunado salto laboral que le permitía cada mes engrosar la cuantía de su nada despreciable nómina. Blenda se lo contaba, mencionaba la calidad de medios, posibilidades de ascenso, hablaba de cifras crecientes a las que ella nunca tendría opción ni aún dedicando horas extras. Eran mellizas y siempre habían compartido todo, pero Ruth la quería, era su hermana.
    Blenda le había comentado sobre el nuevo Director General de la Compañía, el señor Martín era un hombre joven proveniente de la capital del estado y que se había incorporado al puesto hacía unos meses. En su calidad de Ayudante Técnico eran frecuentes las reuniones de su departamento con la Dirección y, ahora, el nuevo Director General se había animado a cumplir lo pactado y la había invitado a cenar, fiel a la política de empatizar con los integrantes de la Compañía.
    Blenda invitó también a su hermana, aprovechaba así para evitar quedarse a solas con el mandamás bajo el pretexto de que conociera de cerca su entorno familiar. Blenda era más fría para eso, si no le gustaba el muchacho sólo por dinero era capaz de aceptar un compromiso. A Ruth le sacaba de quicio aquella interesada capacidad que tan óptimos resultados le proporcionaba a su hermana. Habían pasado la tarde en el apartamento, concentradas en la cocina para preparar los spaguettis a la carbonara como sólo ellas sabían aderezar. Ruth se ocupó del postre. Los aperitivos y segundos platos los encargaron a un restaurante cercano.
    Poco antes de las nueve de la noche sonó el timbre y las dos hermanas, elegantes para la ocasión, recibieron con sincronizada amabilidad al invitado. La velada transcurrió agradable, con estudiado desenfado la conversación tocó áreas variadas desde política e historia social a la música y artistas contemporáneos televisivos. Amparada en un segundo plano, Ruth analizaba los gestos del Jefe de su hermana. Parecía una persona seria, casi rígida de principios, pero fuerte y apuesto, de una belleza escultural en sus rasgos, de ademanes lentos, que lo convertían en atractivo aún cuando su atlética constitución permaneciera en reposo. Influída por el cava, Ruth se atrevió a bromear con algún chiste sobre homosexuales, pero enseguida recobró la compostura. Sobre todo cuando el señor Martín se interesó por su trabajo, con tantas preguntas por sus preferencias y su bienestar a Ruth se le agrandaron los ojos y las expectativas. Blenda le hizo un guiño mientras recogía las copas, sí, a Ruth también le pareció entrever posibilidades, incluso no descartaba seguir los pasos de su hermana, aunque en algo no era igual a ella... Pero lo cierto es que aquel hombre le gustaba, quién sabe!...
    Cuando se despidieron, Blenda y Ruth se emplazaron al día siguiente para intercambiar sus confidencias, ahora estaban bastante cansadas, pero Blenda allanó el terreno...
 -...Ya me he dado cuenta, Ruth. Por mí, todo tuyo! Nunca tendría nada con un Jefe, ¿estás loca?...
   Ruth albergaba más y más esperanzas:
 -Tienes que citarle para repetir, iremos al restaurante de la Plaza... Ya hablaremos. Hasta mañana, Blenda!
    Esa noche el señor Martín llegó tarde a su casa, nadie le esperaba. Sin atisbo de cansancio comenzó a desvestirse. La cena con aquellas chicas lejos de aburrirle le había servido de prueba para controlar todos los pormenores de la situación. Formaba parte de su misión, había sido entrenado para soportar y escrutar los más insignificantes detalles de las relaciones humanas. Sin embargo el efecto de las especias le obligó a emitir un sonido gutural que no pudo refrenar. Se aflojó la corbata y cedió también la presión sobre el cuello. Tiró de las orejas hacia delante despojándose de la fina tira de piel que le cubría el rostro y que, con cuidado, posó sobre el líquido de la bandeja en el lavabo, pues debería servirle para el día siguiente. Quedaron al descubierto sus brillantes escamas verdes, iridiscentes, perfectas y ensambladas. La aleta dorsal de su espalda se liberó en una erizada cresta, al tiempo que sus ojos vidriosos, de amarillo oro, estrecharon la pupila. Los efluvios del aromatizado aliento le obligaron a chasquear su larga lengua bífida sin lograr evitar que otro ruido gutural se escapase...



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viernes, junio 01, 2007

NUEVA JAURÍA




Casi al mismo tiempo que se elevaba sobre la loma un destello de plata brilló en los ojos del animal. La luna se hinchó como un globo iluminando cada resquicio dormido del bosque y el lobo se detuvo, deslumbrado por su belleza, dispuesto a ofrendar el ritual de su reconocimiento con un aullido largo y sentido. El enorme disco de luz se agrandó en el cielo inaugurando el reino nuevo para los habitantes del bosque, comenzaba un tiempo al que despertar, que no podían desperdiciar si querían sobrevivir a su regreso. Los más avezados ya se habían ocultado en los refugios preparados de antemano, la ley del bosque imponía así sus implacables reglas, les iba la vida en ello. A su aullido le siguió otro y otro, distintos, surgieron de la espesura, de sus sombras ahuyentadas, ávidos por descubrir el mundo oculto que la noche nunca les mostraba. Curiosos, recelosos, pues ni siquiera los más temerarios dormirían en ese breve espacio crucial. Los más veteranos sabían -sus cicatrices así se lo habían demostrado- que el desafío consistía ahora en vencer al descanso, por eso se cuidaban mucho de mantener su prestigio dentro del grupo, reunían a la manada en torno a las hembras, sólo ellas eran capaces de apaciguar las tentativas agresivas de los jóvenes. Se iniciaba el tiempo de la caza sin tregua, todo lo que conquistasen ahora serviría para ganar la batalla al invierno, no podían dejar escapar ninguna oportunidad, así que organizados en reducidos grupos se alternaban en dar batidas regulares por la zona. Toda pieza cobrada era recibida en la guarida como un premio que ensalzaba al cazador con honores de padre y jefe.
Sin embargo él era un macho solitario, erraba por el monte en busca de una familia que no acababa de encontrar, rastreaba cada palmo de hojarasca con el mismo ansia que luego, ante el fracaso, se tornaba en desconsuelo. Además, debía andar alerta para no toparse con aquellas batidas de congéneres que no escatimarían en destrozarle sólo por adornarse de gloria. En alguna ocasión, sobre todo cuando la nieve les robaba el cálido cobijo de la tierra, había descendido al valle, a la aventura de aquellos otros seres a los que todos temían... Desde luego que se trataba siempre de una medida de urgencia, el último recurso antes que sucumbir al terror del hambre. Había contemplado a sus hermanos morir entre horribles estertores por haberse apoderado de lo que semejaban para ellos unas suculentas presas, atrapados también en garras de fiero metal de las que resultaba imposible zafarse. Se había ido quedando solo así, pero había aprendido a observar la muerte, la de su manada y la que le aguardaba si daba un paso en falso.
En las noches sucesivas el imperio de la luna fue declinando su fulgor mientras aumentaba con creces la necesidad de llevarse algo a la boca. Se preocupó en esquivar la ruta de los otros depredadores, con las fuerzas mermadas tampoco podía arriesgarse en enfrentar a sus competidores, se conformaba con subsistir al menos hasta que la gran diosa blanca cesara de iluminar la noche, entonces le sería más fácil procurarse alimento aunque fuera en pequeñas cantidades. Descendía del risco cuando se asomó al claro del bosque, al otro lado halló el motivo que atrajo su curiosidad... Una joven loba amamantaba a tres de sus cachorros. Era consciente del peligro que aquella situación implicaba, pero la hembra permanecía indiferente, tumbada, dedicada por entera a los lobeznos. Tal vez lo adivinó, pero en cuanto la loba giró la cabeza de reojo hacia él supo que se había metido en serios problemas... El duro pelaje azabache se erizó en su lomo arqueado. Enseguida distinguió los ojos fieros escondidos en la maleza, en cada hueco de entre los árboles, que espiaban acechantes. De un brusco giro sobre sus cuartos traseros emprendió veloz carrera por donde había venido, no había tiempo que perder. Podía sentir el aliento amenazante de las fauces de sus perseguidores. La huída se prolongó en exceso, sobre todo porque no pudo disminuir el ritmo ni cuando ya dejó de escuchar la jauría tras de sí. Casi agradeció que la diosa blanca hubiese quedado reducida a un fino hilo de luz, estaba exhausto y se había alejado demasiado.
Abajo, distinguió algunas de las humaredas que ascendían al cielo y las luces tintineantes de la población, casi podía percibir el calor... Se adentró en las calles con cautela, al amparo de las sombras olfateó puertas y rincones hasta encontrar el establo entreabierto. Con sigilo subió los peldaños que llevaban a la estancia vacía. Allí, olisqueó entre las cazuelas y enseres e, inquieto, se tendió en el suelo, a lo largo, junto al lecho... Los primeros temblores sacudieron todo su cuerpo, intermitentes al principio, luego espasmódicos y continuados, de una brutalidad desgarradora. Sabía que llegaba el momento, que había que pasar por aquello, era inevitable atravesar el trance doloroso... Al crujir de las articulaciones se dilataron los músculos, deformándose, transgrediendo la naturaleza para adaptar su molde caprichoso a un insospechado destino. Todo el cuerpo se contorsionó, la columna se vertebraba y el cráneo ensanchó su capacidad para encajar la mandíbula en su espacio anterior. Luego, el áspero pelaje oscuro se absorbió en cada poro. Era inútil rugir o gritar, imposible articular palabra... La consciencia perdida, por fin emergió de su letargo ancestral y con el alba, poco a poco, despertaba a la forma humana.
Los primeros sonidos que oyó fueron las voces de los hombres, procedían de la calle... Afuera había un gran tumulto, alguien había visto la figura de un enorme lobo pulular por el poblado. Uno de los granjeros anunció la desaparición de dos de sus corderos, habían atacado su corral y arengaba al resto para acabar con la bestia. Asomado a la ventana, todavía semiaturdido, contemplaba el ajetreo de la multitud mientras se organizaban en grupos para batir el monte. Uno de los aldeanos miró arriba, parecía reconocerle:
-¿Vas a quedarte ahí...?
-...Déjale, ¡es un raro! -murmuró otro haciéndole desistir mientras ambos se unían a la batida.
Desde dentro de la habitación, ahora en silencio, observó partir al grupo de cazadores en dirección al bosque mientras enarbolaban las armas y vociferaban... No, no le gustaría estar en el pellejo de ese animal, pensó.


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viernes, mayo 25, 2007

LA OCTAVA PLANTA


Sin dejar de apuntarme a la cara con su dedo, la voz de mi amigo se tornó casi confidente, pero firme...
-...Y no preguntes, ¿oyes? Tu misión aquí consiste en bajar y subir con los clientes, nada más... Obedece al mayordomo jefe en todo, no olvides llevarte el uniforme el viernes y volver a traerlo el lunes, ¿oíste?...
-De acuerdo... -musité, mientras mi compañero desaparecía tras la puerta giratoria del hotel sin volverse hacia atrás.
En verdad que debía estarle agradecido pues con su favor me brindaba la oportunidad de sustituirle en su período de vacaciones, como en anteriores ocasiones, y así enriquecer mi maltrecha economía necesitada de una estabilidad más perdurable. En los otros hoteles tuve ocasión de familiarizarme con su puesto de recepción, pero esta vez lo novedoso de la tarea consistía en acompañar a los clientes en sus idas y venidas en el ascensor. En apariencia, una tarea fácil y cómoda, aunque no exenta de una monótona fatiga como enseguida tuve ocasión de comprobar.
Mi antiguo amigo me había asegurado que desde su cambio al nuevo hotel había mejorado de categoría y, en principio, lo achaqué a las cinco estrellas que destacaban en el rótulo. Una vez dentro, comprendí que aquellos anchos espacios marcaban la diferencia con los hoteles precedentes y, sobre todo, el mero hecho de que el ascensorista hubiera de trabajar uniformado.
Desde la terraza de la décima planta podía contemplarse una panorámica sobre la bahía de la ciudad; las oficinas y dependencias administrativas ocupaban la novena planta. De la tercera, descendieron las hermanas Kossack, un par de gemelas nonagenarias que podían permitirse el lujo de residir permanentemente en el hotel. El restaurante se encontraba en la primera planta, y en la segunda los salones para convenciones o reuniones. En el cuarto piso estaba la sala destinada a los enseres de la limpieza y allí también se había habilitado un hueco para el vestuario del personal. Se podía intuir que uno había llegado a la planta quinta por el pestilente aroma que dejaba en el ambiente el hilo de humo de los puros del señor Bruhnin, siempre trajeado y de elegantes maneras. Y de la sexta, sobre todo, temía el escandaloso tropel de muchachos excursionistas que en desordenada algarabía vociferaban y competían con sus alaridos y risas estridentes. El trajín en el hotel resultaba incesante y se renovaba a diario con nuevos clientes. Me fijé en especial en la bella chica que recogía en la séptima planta y que destacaba por su porte distinguido, un ceñido vestido la entubaba de lentejuelas hasta los pies, pero dejaba al descubierto unos hombros contorneados, casi perfectos... Seguí con los ojos cerrados el sugerente rastro que desprendía su perfume, pero desperté brusco a la realidad, fustigado por lo insólito de un detalle recién descubierto. Acababa de percatarme que nadie bajaba ni subía de la octava planta... Sí, en los pocos días que llevaba allí no conocía a nadie que se alojara en ella. A la hora del almuerzo, libre de pasajeros, decidí investigar el misterioso hecho. Mi zozobra se tiñó de inquietud, el ascensor pasaba de largo de la séptima a la novena o viceversa, sin obedecer el mando. Lo comenté a las chicas de la limpieza y entre los botones que, con esquiva extrañeza, no atinaron a darme explicación alguna.
Aquel viernes el mayordomo jefe me acompañó durante toda la tarde en el trayecto del ascensor. Casi al acabar la jornada me aseguró que no hacía falta mi presencia en el hotel durante la semana siguiente y que, debido a mi carácter amenazante, podía darme por despedido. Iba a rechistar, pero recordé las palabras de mi amigo y, por respeto, callé. Recuerdo igualmente su teatral transfiguración cuando quise contarle lo sucedido a su regreso.
-Estás loco si crees que con amenazas o insultos vas a provocarme. Ya me lo contó el mayordomo jefe. Me equivoqué, no quiero nada contigo...
Después de tanto tiempo un nudo de perplejidad aún acompaña mi desolada decepción. Resultan curiosos los avatares que esconde el destino. Por fin encontré mi camino, hoy trabajo y viajo por las comarcas de la zona norte. Eso sí, nunca me alojo en un hotel de más de cuatro plantas...

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viernes, mayo 11, 2007

EL DUENDE PARTICULAR


     Al doblar la curva del río, entre la espesura de hayas, hay una gran piedra plana, redonda, semiroída en uno de sus cantos. Sentado en ella, apoyado sobre la cagiga milenaria puede contemplarse el río. El agua juega y arremolina espuma entre los surcos de las rocas enmohecidas. Un hilo de luz se asoma por el techo de hojas y, desde arriba, dibuja un arcoiris en la orilla, un manto multicolor que envuelve al hada del arpa, que danza y deja bailar sus dorados cabellos al sol, rodeada por un séquito de diminutos duendes, numerosos y curiosos, que se acercan y rodean la gran piedra plana. Algunos, de nariz arrugada, son feos y se esconden detrás de los árboles. El más bello se acerca y mueve los labios. No me habla, pero le escucho y, mientras se acompaña de suaves movimientos y ademanes delicados, me explica que lo veo porque soy niño. Se llama Particular, respondiendo a mi pregunta y continúa explicándome que él es el duende que me corresponde. Sí, de acuerdo al carácter de cada uno nos acompaña uno u otro duende y, por un instante, suspiro aliviado de que no sea uno de los que se ocultan tras las peñas. Con gestos elegantes se da prisa en aclararme que no somos niños siempre, que luego crecemos y es natural que así sea, pero que perdemos el alma niña y nuestro espíritu queda enturbiado por el tiempo. Después, un día, cuando contamos el secreto desaparece finalmente el hechizo.
   Aún resuena el eco del duende en mis recuerdos. A la entrada del río, hoy, un cartel de grandes letras se anuncia: "Se Vende Finca Particular"… Lleva ahí tantos años como los que yo anduve fuera del hogar. Ahora sé que no existe riqueza alguna capaz de comprar lo que ese bosque esconde. Y si lo hubiera, andaría igualmente sobrado de ignorancia al desconocer el verdadero valor de tesoro tan incalculable.
   …Hoy espero al otro lado del puente y, desde la orilla, a veces veo llegar algún niño que regresa por el camino vecinal, junto al río. No parecen ni tristes ni alegres… Son sólo niños, verdaderos niños que el río contempla a su paso.




http://www.slideshare.net/leetamargo/el-duende-particular/1
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viernes, mayo 04, 2007

E S P E S U R A



    Aún no había amanecido y era muy probable que aquella mañana gris nunca lo haría. El temporal golpeó con saña durante toda la noche anterior y, con el alba, llegó la esperada calma para las zarandeadas copas del bosque. En el semblante húmedo de cada árbol se reflejaba el triste presagio de lo que ya sabían no iba a ser un día fácil. Al Hermano Grueso lo había alcanzado un rayo en su parte media y la agonía se precipitaba ya hacia su desgarrador final. El bosque entero lamentaba su pérdida y, agolpado en torno suyo, arropaban su último aliento con un cántico de hojas.
   El Hermano Grueso era un veterano, había sobrevivido a cientos de nevadas y de tormentas si cabe más peligrosas que aquella. Incluso, cada año, había vencido el cerco de los fuegos que diezmaban la población. En muchas ocasiones alentó con su canto a los otros árboles heridos o moribundos, como ahora lo hacían con él. En las hermosas noches de luna sus historias sirvieron de lección para los Tallos Tiernos; les contó del curioso ser que viene del exterior, sordo a sus súplicas, y que cercena los troncos de los hermanos más robustos. Esa extraña criatura era la misma que cada verano incineraba la paz y rompía la calma de su hogar. Todos reconocían su sabiduría y, apenados, le animaban para que aguantara mientras se iban despidiendo uno a uno.
   El grueso árbol sabía que caería, inclinado ladera abajo, justamente cuando el dolor de su costado alcanzara el umbral insostenible... Y con un quejido ronco quebró el horizonte del bosque para caer de lleno, con estrepitoso acierto, sobre el vehículo que ascendía por la carretera arriba.
   Los árboles contemplaron estremecidos el impacto. Luego, llegaron las otras máquinas y los gendarmes, que apartaron el grueso tronco. A los bomberos les costó trabajo sacar el cuerpo sin vida del conductor, así como rescatar sus pertenencias de entre aquel amasijo de chatarra. También encontraron las mechas, en gran cantidad, y el combustible preparado para impregnarlas... La noticia corrió rápidamente por la comarca, casualmente habían dado con el pirómano.
   En la espesura del bosque flotaba el alivio de una canción, tal vez un susurro de hojas...



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viernes, abril 20, 2007

MUCHAS VUELTAS



    Aquella mañana despertó con un viento impetuoso que golpeaba las contraventanas con furia, nunca antes lo había escuchado así. Se acurrucó aún más entre las sábanas con las mantas hasta el mentón, al tiempo que hacía intención de semihundirse en el acogedor almohadón de pluma. Afuera el viento silbaba con fuerza y la pobre luz del día que se filtraba entre las rendijas inundaba la habitación de una tenue penumbra. Después de dar varias vueltas en busca de mejor acomodo, decidió seguir adelante con el plan iniciado la tarde anterior, se había acostado pronto, hastiada, casi deprimida por los seis meses largos que duraba ya su desempleo, así que ese día estaría dedicado a su disconformidad, lo había intentado todo y era su único modo de protesta... No haría nada en toda la jornada. Se sentía menospreciada e infravalorada, una mujer como ella, con su selecta formación académica y, tras los años de experiencia continuada, fiel siempre en la misma empresa, se encontraba ahora avocada a un futuro incierto del que no se consideraba merecedora, sobre todo cuando los modos empleados para su despido obedecían a causas injustamente provocadas. Estaba harta de repetirlo, pero de nuevo repasó en su mente los últimos acontecimientos desde la llegada de aquella directiva proveniente de la central, la fuente de sus desvelos. Ahora cobraban particular sentido cada una de sus palabras...
 -A irónica puedo darte dieciséis vueltas!
   No era precisamente un saludo de bienvenida, pero sí un adelanto del cariz que reveló en las incontables ocasiones que estuvieron obligadas a colaborar. Hasta entonces las gestiones planificadas que siempre habían obedecido con buen desarrollo comenzaron a flaquear. Hasta el mismo director de Recursos Humanos, ajeno a las tareas de organización empezó ahondar en terrenos ajenos y a involucrarse en tareas lejanas a su responsabilidad, pero donde dejó ahora mostrar el oculto lado frívolo de su ambivalente personalidad. Tanta novedad había que agradecérselo a la nueva directiva y era de esperar que, con las equivocaciones, los cambios también se empezaran a notar sin tardanza. Sin embargo nunca imaginó que el final pudiera resultar tan frío, ella que tanto mimo puso en cada objetivo, incluso en cada uno de los datos trabajados, tan sólo bastó una llamada de teléfono para dar por zanjados los años de ilusión ganados a base del propio esfuerzo. Tampoco creyó que cercana a los cuarenta sería una carga para el mercado laboral, pero estaba comprobando la oscura faz de una situación que ella no se había buscado.
   Había decidido que aquel sería su día de huelga, su especial jornada de puertas cerradas y, a juzgar por el enojado ímpetu del viento, aprobó la fecha elegida para su consoladora idea. No le vendría mal tampoco ayunar un poco, así comprobaría lo cierto de quienes lo recomiendan, aunque en verdad la molestaba levantarse para enfrentarse a la cocina. El viento sacudió todas las contraventanas sin hallar el modo de penetrar en la estancia, pero ella lo tomó como aplausos a su original proyecto. Se acordó de repente del diario que guardaba en el cajón bajo del comodín, había dejado de anotar sus incidencias en él después del fracaso de su matrimonio, después del aborto, pero antes de firmar la separación definitiva. El trabajo precisamente sirvió para paliar esa carencia, cuánto denuedo concentró en su labor entonces. Se incorporó y buscó entre los jerseys hasta encontrarlo bajo los pijamas. Volvió a sentarse en la cama y hojeó las páginas, sin leerlo, tan sólo rememorando los recuerdos que salían al encuentro libres ahora del olvido.
   A pesar de haber traspasado el umbral del mediodía la escasa luz que entraba parecía oscurecerse más. Percibió entonces el fuerte olor a humedad, sin duda era aquel día el señalado para no hacer nada y acarició el lomo del diario apretado contra su pecho. No se levantaría, no bajaría a la cocina, guardaba unas galletas en el bolso, mañana sería otro día diferente... Su férrea voluntad sólo dio un quiebro a la hora del café, miró el reloj. Una puede desafiar al hambre, ayunar y regenerar el organismo si se lo propone, pero qué difícil resulta prescindir de esos pequeños aditamentos que marcan los hitos informales al cabo del día y ayudan a distraerse de las habituales ocupaciones. Buscó con la mirada el lugar donde había dejado las zapatillas, nada más que por ubicarlas, no pensaba moverse... Aunque algo caliente le vendría bien para entonar el resto de la tarde.
   Casi había posado el pie en el suelo cuando lo que parecía el estruendo de un trueno creció hasta convertirse en ensordecedor. Luego, lo inusitado de los golpes hizo que botara en la cama. Aquello no era el viento, eran auténticos golpes contra la ventana, como si alguien propinara puñetazos al otro lado. Cuando abrió un vendabal de lluvia y viento le azotó el rostro, empapada de arriba abajo, no podía dar crédito a lo que sucedía. El ruido de las aspas del helicóptero le impedía oir los gritos del militar que le hacía señales para que saliera:
-¡No hay tiempo que perder, vamos, señora, vamos!
   Ella posó los pies desnudos en la escalinata y se abrazó al soldado, mientras éste le ceñía la cintura con un brazo. No pudo evitar que el viento le arrancara el diario y cayera al vacío, con el cabello enmarañado en su rostro, hundido contra el uniforme de su rescatador, se aferró a su cuerpo y a la vida con todas las fuerzas que fue capaz de reunir, al tiempo que el helicóptero se alejaba y les izaba sobre los escasos tejados supervivientes de aquella catástrofe.
   Desde el aparato contempló incrédula la magnitud de lo acontecido, la ciudad sumergida, el nivel de las aguas sobre casas y edificios. Algunos chalés de la zona alta, como el suyo, quedaban inundados hasta el ático, podía distinguirse gente en las azoteas batiendo los brazos con desesperación y también cuerpos flotando, arrastrados por una corriente parduzca de agua letal. Dirigió sus ojos hacia el polígono industrial, nada quedaba de aquellas empresas, los campos, todo se lo había tragado la enorme masa de agua. A lo lejos, el embalse roto fundía su caudal en la desgracia. Otro soldado le arropó con una manta, pero su mirada permanecía absorta en la silueta del helicóptero sobre las aguas oscuras de la ciudad desaparecida.


¡FELIZ LECTURA!

sábado, abril 14, 2007

A PRIMERA VISTA


Desde pequeña sobresalió por su carácter desobediente e indomable. Su padre lo achacaba a que nació cuando las mareas decrecían, pero sabía que la naturaleza de los seres está marcada por el entorno en que crecen y se desarrollan y, por ello, albergaba la esperanza de que algún día ella misma encontrase la medida justa. Sin embargo, lejos de agradar las expectativas de sus progenitores, la niña gustaba de arriesgarse siempre hacia límites más ignotos e inexplorados ya impulsada por sus irrefrenables ansias de conocer ya por poner así de manifiesto la rebeldía de su carácter.
A menudo recalaba en aquella zona apartada de la costa, al otro lado de la barra de arrecifes, una frontera que traspasaba con indiferente atrevimiento a pesar de las inútiles advertencias de sus amistades más preocupadas. En una ocasión, mientras se bañaba entre las rocas, se vio sorprendida al emerger de repente de una de sus zambullidas. A sus espaldas oyó el silbido melodioso y el chapoteo inconfundible de una embarcación. Cuando se volvió, el hombre silbó de nuevo al descubrir sus pechos desnudos y, desde cubierta, se echó a reír, abriendo mucho los ojos y saludando con la mano abierta mientras se alejaba.
A ella le gustó su porte distinguido desde el puente de mando, su aire resuelto y simpático, su esbelta figura recortada entre los azules de cielo y mar. Esa fue la primera vez que lo vio. Después, a lo largo de sus osadas correrías, se ocupó de averiguar dónde continuar observándole a escondidas, con curioso detenimiento. Así, desde la distancia, se fue fraguando un sentimiento de amor oculto que daba respuesta a sus inquietudes y, a la vez, colmaba todas sus ansias de exploración.
En otra ocasión, contempló desde la playa las luces que engalanaban la Gran Mansión y la fiesta que allí celebraba el Capitán, en honor de su tripulación, con motivo del Día del Mar. El lujo y la pomposidad se reflejaban en los uniformes solemnes y en los elegantes vestidos de las mujeres que bailaban en los espaciosos salones, bajo las enormes lámparas de lágrimas, al son de la música orquestada.
Desde la ventana, la muchacha observaba boquiabierta tal fastuosidad, al tiempo que buscaba con la vista la atractiva figura de su amor de ensueño. Por fin, lo descubrió al fondo, brindando con su copa entre los comensales, casi al mismo tiempo que él se topó con sus ojos vidriosos tras el cristal. Con la copa en alto, el Capitán quedó inmóvil por un instante, para luego intentar abrirse paso entre la muchedumbre. El Capitán atravesó el jardín escrutando cada rincón hasta llegar al límite con la playa, desazonado, sin encontrarla.
La muchacha se había dado cuenta, sabía que no podía permanecer allí por más tiempo y huyó por la parte trasera hacia la playa, rápida, para sumergirse antes de que nadie pudiese descubrir su cola de pez... La sirena dejó tras de sí un rastro ondulado de reflejos de plata.

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viernes, marzo 16, 2007

LA OTRA ORILLA


Llegó el momento que había estado esperando. Los guerreros marchaban de expedición una vez más y, como de costumbre, a su regreso nuevamente se trasladarían de asentamiento como venían haciéndolo hasta donde alcanzaban sus primeros recuerdos. Sobre todo, le gustaban las historias que en la noche contaban los guerreros adultos y que hablaban de su origen, de la tribu y de la selva, la madre de todos los hombres-luna. Sus ojos de niño grande se iluminaban cada vez que oía narrar la creación del mundo del lecho del río... La luna enamorada se bañó en su cauce hasta que el rey de los árboles-liana enredó de celos su amor y, envidioso, lo maldijo. Desde entonces la luna regresó para siempre al cielo de la noche y, solo en raras ocasiones, ataca con sus rayos a todo aquel que vagabundea en solitario, víctima de amores imposibles...
Pero él no tenía miedo, era un muchacho intrépido y, además, quería convertirse en un valeroso guerrero para sacar a su gente algún día de aquella condena y poder llevarles al lugar seguro que se merecían, lejos de aquel errático vagar a orillas del gran río. Las respuestas de los ancianos a sus dudas lejos de convencerle le incomodaban, incapaz de soportar el amenazador mensaje de los peligros que acechaban en la otra orilla. Aquella explicación no bastaba para la ávida mente de un muchacho-luna y, en cuanto desaparecieron los guerreros, se dispuso a desentrañar el misterio por sí mismo. Se adentró en el río sagrado y empujó la canoa corriente abajo, precisamente en la dirección que tenían prohibida los hombres de la tribu.
A golpe lento de remo vadeó pegado a la orilla, dejándose llevar por el manso discurrir y evitar así el centro del enorme caudal. A tramos, el cauce llegó a ser tan ancho que la otra orilla se disipaba en un horizonte de brumas. Después de remar toda la tarde y casi una noche, el río comenzó a estrecharse y surgieron las primeras rocas, enormes moles sembradas en mitad de su curso, ahora no tan profundo. La vegetación se agolpaba en los bordes invadiendo el dominio acuático y, a modo de bóveda arbolada, con su entramado de lianas creaba un pasillo de verdes variopintos que apenas dejaba pasar la claridad del día. En aquella zona, la tierra embarrada se hundía en el agua y, antes de avanzar otro centenar de pasos por la orilla, ocultó la canoa entre la maleza. Más adelante, abandonó decidido la orilla maldita que jalonaba de miedos cada historia de sus antepasados y entró al claro. El sonido de la selva también cambió, a la vez que la luz del cielo se transparentaba en las grandes hojas y creaba halos de penumbra entre las lianas.
Siguió avanzando cauto y, camuflado entre la vegetación, observó las extrañas construcciones de madera que descansaban en el centro del claro. Nunca antes había visto nada igual, algunas echaban una columna de humo y otras guardaban ganado en el cercado contiguo. Entonces oyó las voces y pudo distinguir al grupo de niños que jugaban hasta que, de pronto, aquel ruido atronador le sobrecogió, se tiró al suelo asustado, quería taparse los oídos, pero pudo más la curiosa emoción que le embargaba al encontrarse con tanta novedad.
En verdad que se trataba de un panorama insólito para él, algo nunca imaginado que ningún relato de los ancianos recogió jamás... Al fondo de las cabañas aparecieron las primeras máquinas con su estruendoso rugir. El verde de la selva había desaparecido bajo su peso y, sobre la tierra allanada, se apilaban los troncos de los árboles con su amputado gesto de dioses caídos, mientras otras máquinas también humeantes se ocupaban de transportar a rastras sus cadáveres. Los ejemplares más erguidos rasgaban el techo tupido del bosque en su vertiginoso caer. Le distrajo de su estupor el corro de mujeres que cruzaba la explanada, seguidas de los niños que correteaban alborotados. Una de las muchachas se había separado del grupo y se encaminaba hacia el río, muy cerca de donde él se encontraba apostado. Tan cerca que pudo escuchar su respiración al pasar junto a su improvisado escondite. Detrás de aquel montón de bidones de gasóleo vacíos escrutó el grácil movimiento de la muchacha. Le llamaron la atención sus vestiduras, le resultaba extraño que alguien en aquella selva cubriera de ese modo su cuerpo. Al poco, contuvo el aliento absorto en contemplar cómo la chica iba despojándose una a una de sus ropas y, tras posarlas con cuidado en el recodo, se sumergió desnuda en las aguas... Un chasquido a su espalda le advirtió del peligro cuando ya era demasiado tarde. El barbudo hombretón le sujetaba por los cabellos mientras gritaba para llamar la atención de los otros hombres que manejaban las máquinas...
-¡Eh, mirad qué he encontrado! ¡Un condenado salvaje!, venid...
En su frenético pataleo el muchacho acertó a golpear las partes del casual carcelero, que rodó constreñido por la maleza sin dejar de perjurar. La muchacha del río, interrumpida en su baño, se cubrió los pechos justo cuando el muchacho salvaje pasó junto a ella como una exhalación. No obstante, al indígena le dio tiempo a contemplar de cerca el rostro de la muchacha y la brillante expresión reflejada en sus ojos mientras, de un salto, se zambullía en las oscuras aguas. Braceó hasta la otra orilla y, una vez allí, se entregó en veloz carrera sorteando lianas, ramas y rocas. Atrás podía percibir el vocerío de los hombres y, luego, sintió silbar a su alrededor los disparos de sus máquinas de fuego, capaces de perforar los árboles. El pánico le impidió reconocer el sitio donde había escondido la canoa y, además, la proximidad de sus perseguidores le obligaba a avanzar sin denuedo. Corrió hasta cansarse, hasta que los sonidos de la selva de nuevo se erigieron en dueños de aquella margen inhóspita. Aún hubo de bordear a nado el río en todo su largo, ayudado de la corteza seca de un tronco y a pie en los tramos más anchos.
Regresó con la faz cambiada en su alma de muchacho, impresionado por la experiencia vivida. Sus dudas y rebeldía habían quedado resueltas con aquel otro temor aún mayor... No podía olvidar los ojos del río en aquella muchacha. Llegó al poblado de los guerreros-luna justo cuando ya levantaban el campamento. No preguntó ni rechistó, se incorporó silencioso a la comitiva de la tribu, a la búsqueda sigilosa de senderos nuevos en la espesura cercana al río... Pero siempre en la otra orilla.



¡ SALUDOS, AMIGOS/AS !

viernes, marzo 09, 2007

EL BAILE


Se conocían lo bastante para no pisarse, aunque Emma trastabilló un paso al tropezar con un obstáculo imaginario. Jaime no dejó de sujetarle por el talle y, con suavidad, recostó la barbilla entre el hueco del cuello y su hombro para susurrarle al oído…
-¿Estás bien…?
Ella gimió una leve afirmación, mientras sonaban los acordes de un clásico bolero.
-…Ahora viene otra tanda latina –suspiró, estrechándose aún más junto al mullido, pero recio cuerpo de Jaime.
En la penumbra de la sala de baile Jaime distinguió a algunos amigos que aún pululaban al fondo de la barra; alguien le hizo la señal de victoria desde lejos aunque no supo de quien se trataba. Sudaba copiosamente y le preocupaba que Emma se encontrara a disgusto. Observó de reojo a las otras parejas sin dejar de mecerse en el cadencioso ritmo del baile. Una de ellas abandonó la pista en silencio, agarrados de la mano con gesto cansino. Al lado de ellos otra pareja se movía desacompasada y, para distraerse, trató de imaginar por un momento cómo bailarían un foxtrott… Casi que podía escuchar los jadeos de ella, en exceso alterada. Demasiado frenéticos, pensó.
Emma le sacó de su nube mental con una intempestiva pregunta:
-…Tiene que ser tarde ya, Jaime…
-Sí, casi de madrugada… -le contestó, al mismo tiempo que Emma apagaba su respuesta con un bostezo prolongado.
La pareja de al lado casi chocó contra ellos y ambos se volvieron, extrañados por la inesperada maniobra. La otra muchacha jadeaba sin hallar suficientes bocanadas de aire con que respirar. Se asustaron cuando le vieron abrir mucho los ojos, antes de caer desplomada al suelo; su pareja se sintió impotente para detener su peso en la caída. Acto seguido un grupo de personas acudió junto a la chica. Jaime reconoció un brazalete sanitario en uno de los que estaban agachados junto a ella…
-No te preocupes, la están atendiendo –susurró a Emma, tratando de tranquilizarla.
Al poco alguien se acercó con una camilla y la pista quedó de nuevo envuelta de música y penumbra.
-…Sí, ahora sí, Emma, este es el último tema –la fatiga de Jaime ocultó el tono alegre que quiso imprimir a su voz y, sin dejar de bailar, se abrazaron aún más fuerte.
De repente todas las luces de la discoteca se encendieron al unísono y un estallido de gritos y aplausos inundó la sala. El locutor de la radio local era quien sostenía el micrófono mientras anunciaba a viva voz a la pareja ganadora del decimonoveno Maratón de Baile de la Ciudad.
Emma y Jaime habían dejado de bailar, pero permanecían aún abrazados en el centro de la pista, casi pegados por el sudor después de veintidós horas continuadas de baile. Todavía el cansancio no les permitía calibrar todo el sabor del triunfo, pero la organización del evento enseguida les emplazó para el fin de semana próximo en el que recibirían su premio en una fiesta conmemorativa respaldada por la prensa y demás medios de comunicación. Ahora sólo deseaban descansar.
Entre el tumulto de amigos y felicitaciones, Jaime arropó a Emma con su abrigo, mientras le acompañaba hasta la salida.
-Te he pedido un taxi, campeona –él vivía a la vuelta de la esquina-. ¿Quieres que te acompañe…?
-No hace falta. ¡Gracias, Jaime! –Emma sacó una sonrisa, exhausta.
Se despidieron con un beso demasiado largo para lo agotados que estaban.
El taxi cruzó la avenida central y los jardines de la alameda en denodada batalla entre la lluvia y los parabrisas, que no hallaban tregua. Cuando llegó a la plaza Mayor del casco urbano antiguo frenó en seco.
-Hemos llegado, señora.
El taxista se giró hacia atrás ante tanto silencio…
-¡Señora!
Emma roncaba con la cabeza apoyada contra la ventanilla. En la radio se oían las notas del saxo de Sonny Rollins en armonioso compás con el ritmo del parabrisas…

¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

viernes, marzo 02, 2007

A LA DERIVA



El contorno costero había desaparecido de la línea, ahora limpia, del horizonte. Había navegado sin descanso, obsesionado por perder de vista cualquier atisbo de tierra firme. Aquel año el curso había sido demasiado intenso e, incluso, su padre se había excedido en su exigencia por no desaprovecharlo insistiendo de continuo en la parte del futuro que estaba en juego. Por eso, todo el objetivo de aquellas vacaciones era relajarse distendidamente hasta la saciedad y, así primero, había que aislarse de todo ruido que sonase a recuerdo de hábito rutinario. Para ello cogió el velero de su padre y salió mar adentro. No dijo nada, tan solo dos días y volvería, renovado. Esa noche el mar también dormía y balanceaba el balandro con su mecer calmo.

Sin embargo, como en otras ocasiones, aquel maldito juego mental no le dejaba conciliar el sueño. Lo achacó a la influencia cercana de las obligaciones cotidianas, de las que aún no había logrado desembarazarse en su totalidad. Ahora que necesitaba descansar y dormir era cuando se le planteaban a modo de desafío aquel tipo de dilemas que le hacían perder el tiempo, pero imposibles de eliminar a su pesar. El reto en sí era sencillo… Había dedicado la tarde a practicar nudos en cubierta, mientras las velas se dejaban llevar por una brisa suave y generosa. Practicó los nudos marineros que ya conocía, se ató un brazo, las piernas, utilizó también las cornamusas y, a la vez, aprovechó para intentar aprender algún otro nudo nuevo. Y ahora, en vez de descansar, aquella pesadilla sin fin le debatía en si un hombre atado por el tobillo a un cabo que arrastraba un velero, empujado por el viento, tenía posibilidad de salvación. Para él no había problema pues, incorporándose para agarrase el pie y alcanzar el cabo, solo había que jalar la cuerda con uno y otro brazo hasta subir a cubierta. Sin embargo, otra voz en su cabeza le intranquilizaba con la posibilidad de que la creciente velocidad del velero, impulsado por fuentes vientos, resultaba proporcionalmente superior al esfuerzo necesario del hombre, no para alcanzar su pie y el cabo, sino incluso para poder incorporarse. Ante tal impetuoso avance el hombre, incapaz de reaccionar y moverse, vería cómo el cielo desaparecía bajo el mar, hundiéndose entre bocanadas de agua.

En la mañana del día siguiente el helicóptero, desde arriba, logró atisbar el velero y dio parte a Comandancia Marítima. Por fin, la lancha guardacostas encaminó su rumbo al barco desaparecido durante dos días. Ya antes, su padre había avisado, preocupado por la tardanza. Al llegar a la amura de babor, los guardacostas encontraron un cabo atado a bordo del que pendía el cuerpo del joven, por un tobillo, semihundido y ahogado en el mar. Es una peligrosa maniobra, parecieron decirse con su mirada mientras rescataban el cadáver del agua. Un cambio imprevisto del viento puede jugar una mala pasada, lo saben todos los marinos. Una trasluchada de popa golpea al tripulante, desprevenido, que pierde el equilibrio y cae al agua, quedando así a merced del oleaje mientras su barco sigue alejándose… Pero, ¿por qué llevaba atado su tobillo aquel muchacho…?

El mar silencioso callaba sus olas entre los reflejos luminosos del sol que nacía. Como si el viento anduviera escondido ni siquiera había brisa y las velas flameaban al sol, quietas.
¡FELICES LECTURAS!

viernes, febrero 02, 2007

DULCE HOGAR


Cuando logró abandonar el bosque la niebla aún no se había disipado; descendió por la vaguada hasta el llano y, después de sortear el área pedregosa, atravesó los humedales con el agua al cuello. Los primeros jirones comenzaron a difuminarse al cruzar los extensos campos verdes, que parecían no tener fin; sólo entonces percibió el fuerte olor a gasoil. Siguió su rastro, al tiempo que aceleraba el paso y, al fin, pudo distinguir la carretera.
Ya en la cuneta olfateó el aire; no conocía aquella zona y debía andarse con cuidado. En esta ocasión el señor Olmesson se había esmerado. La vez anterior le había dejado casi a cuarenta kilómetros de casa y, ahora, para evitar otro sonado fracaso no escatimó en sembrar dificultades alejándole todavía más. No le gustaba aquel maldito cascarrabias y era evidente que ella a él tampoco; su sola presencia le provocaba unas ganas instintivas de ladrar, incluso antes de que se acercara a propinarle la patada con la que acostumbraba a saludar cuando se cruzaba en su camino. Un mal vecino, sin duda, habría que extremar las precauciones en adelante.
Apenas pasaron un par de vehículos en el largo trayecto que le separaba de la civilización más cercana. Caminaba paralela al arcén, sobre la hierba reseca, pero más mullida que el asfalto, lo suficiente para evitar dañarse las patas. El tráfico se intensificó a medida que avanzaba y salió el sol cuando alcanzaba la primera población. Allí hizo un alto para husmear entre unos cubos de basura; sabía que no debía abandonar el curso de la carretera. Si entraba en la ciudad podría perderse en un laberinto de calles y obstáculos indescifrable, pero después de deambular perdida por el bosque durante dos días, ya el hambre le azuzaba. Unas sobras de pescado le sirvieron de tentempié para continuar viaje. A un lado dejó la autopista, tampoco era aquel su camino.
Se enfrentó ahora a una enorme planicie árida, donde los campos de trigo apuntaban la única nota de color. Le costaba reconocer algún dato útil, alguna pista que identificara aquel itinerario como el correcto, pero se dejó guiar por ese sexto sentido que no le había defraudado ni en los peores momentos. Olisqueó un neumático roto y abandonado en el arcén y, también, un zapato viejo, sin suela, al pie de una señal de tráfico donde la carretera se bifurcaba. Sin embargo, optó por un camino vecinal de tierra y polvo en el que no tardó en toparse con un arroyuelo que nacía a pocos metros más adentro. La sombra de unos robustos alcornocales le pareció tentadora para pasar otra noche a la intemperie, apenas unos breves instantes de descanso para sacar fuerzas de flaqueza, ya que desconocía la distancia y tiempo que le restaba. Caminó durante toda la noche, hasta que la carretera acabó por desembocar en un cruce más transitado de señales indicativas que de vehículos, pero sabía que el segundo ramal de la derecha era el que debía escoger. No tardaron en confirmárselo los aires norteños de las últimas nieves, de las que aún podían vislumbrarse restos en las cumbres. Se encontraba cerca de casa cuando amanecía, aquel recorrido ya le resultaba familiar.
Palpitaba de entusiasmo cuando reconoció el tejado de su casa entre las calles del pueblo; hacía rato que, a causa del cansancio, había cambiado el trote acelerado por una marcha pausada, más lenta; y ahora mucho más cauta. Se detuvo a unos metros del chalet contiguo a su hogar, era la casa del señor Olmesson. Aguardó unos instantes hasta cerciorarse de que nada se movía allí dentro; luego, rauda, atravesó la cerca y bordeó el jardín hasta la entrada trasera. Allí, junto a la puerta de la cocina orinó con todas las ganas contenidas que aquella trepidante aventura le había procurado. Luego, salió corriendo en dirección a su casa.
La pequeña Lía fue la primera en descubrirla cuando bajaba a desayunar.
-¡Ha vuelto Sira! –gritó a todos- ¿Dónde has andado, perra mala? Estás sucia y…
Sue y Matt se la unieron en el pasillo y su madre, desde la cocina, les instó a que la bañaran después del desayuno.
-No es la primera vez que lo hace –apuntó Matt-. La otra vez estuvo fuera tres días, se mejora en cada escapada. Me pregunto qué hará por ahí…
-Pobre Sira, qué cansada tiene que estar… –Sue le acariciaba las orejas.
-Vuestro padre también se va a alegrar. –añadió la madre en voz alta.
El doctor Frogger llegó justo a tiempo para la cena, tras una dura jornada de guardia en el hospital. Encontró a toda la familia en torno a la mesa, incluída Sira que, limpia y repuesta, parecía aguardarle junto a su silla. Otra vez la pequeña Lía se anticipó…
-¡Mira quién ha venido, papi!
-¡Pero si es nuestra Sira! –exclamó el padre- Así que decidiste regresar, ¿eh, picarona?...
Pero enseguida cambió el tema de conversación con sus últimas noticias…
-¿Sabéis a quién ingresaron hoy en urgencias? –Todos escuchaban- ¡Al señor Olmesson!
-Condenado cascarrabias… -Sue no pudo contenerse.
-Sue, por favor. –le conminó su madre- ¿Qué ocurrió, cariño?
-Parece ser que resbaló, se cayó en casa y se ha roto la cadera –explicó el doctor Frogger-. Tendrá que hacer reposo y no podrá conducir en una larga temporada…
La madre se arrodilló junto a su marido, mientras ambos acariciaban el suave pelaje de Sira.
-Este animal es muy listo, cariño. Parece que sabía que hoy habría natillas y bizcocho de nata…
-Sí, además, ¿dónde íbamos a encontrar a alguien que le gustaran tanto tus natillas? –vociferó Matt, golpeando la mesa con los cubiertos.
Todos rieron.
-Sí, siempre dije que a esta perra sólo le falta hablar. –asintió el doctor Frogger.
Sira les contemplaba atenta, con la lengua fuera, a un costado, mientras sonreía.
¡ SALUDOS AMIGOS/AS !