sábado, enero 27, 2007

EL CUADRO


A lo largo de mi azarosa existencia he podido conocer los más variados paisajes y, lejos de sentirme utilizado, ahora reconozco la riqueza y privilegio que ha supuesto distinguir el semblante de quien tenía enfrente. Añoro los primeros tiempos, aquellas tardes de buhardilla entre tanto lienzo amontonado, los primeros colores, manchas tímidas de aventurero trazo. Eran los comienzos, uno podía ya permanecer eternamente condenado a quedarse reducido a un boceto o, por el contrario, convertirse en un suceder de bocetos ininterrumpido. Tuve suerte de las manos en que caí y hasta donde he llegado. Esta vez el viaje ha sido muy largo, pero algo me dice que posiblemente aquí perdure con carácter indefinido, a juzgar por el modo que tienen de observarme.
Digo que mi vida es un privilegio porque nunca acabo de aprender lo extensa que llega a ser la gama de las emociones humanas. El rostro más afable puede transformarse en gesto soez, despreciable. Y, sin embargo, quien parecía distraído de pronto se desata en exacerbados elogios... El cobalto profundo del oleaje, la polícroma textura de las rocas, parcheadas, sobre el cielo diáfano, difuminado de grises limpios... Otros callan, solo miran. Estos son con quienes puedo hablar, son los interlocutores. Aún recuerdo la viva impresión que dejó en mí grabada mi primer interlocutor; siempre se le recuerda después que ha desaparecido.
Pero hoy ha sido una jornada distinta, insólita para mí. Se ha formado un gran revuelo en la sala principal y luego, en los pasillos, la gente ha circulado con prisas y desconcierto. Los guardas de seguridad han llegado dispuestos a alejar de las obras al pájaro que, quizás equivocado, vino a parar al museo. Al final consiguieron sacarlo de la estancia y todo ha vuelto a la rutinaria calma familiar. Quizás demasiado rutinaria ahora que otra mirada se posó en mí... El ave me miró, cierto, me contempló con susojos de pájaro, verdaderos. Pude notar sus alas golpeando la tela del lienzo, de suave roce, como el mejor de los pinceles. El ave buscaba salir, una ventana, una escapatoria y su batir de alas, intenso, me estremeció, me habló del mar y del cielo, del bosque en la montaña, de pájaros que vuelan...
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viernes, enero 19, 2007

EL TÍO ARISTO


 No es que fuera mayor, pero acusaba ya el desdén de sus largas correrías en aquella especie de pose hierática, casi como parte integrante del mobiliario del viejo salón. Recuerdo al tío Aristo desde los tempranos años, instalado allí en casa de los abuelos a la vuelta de uno de sus acostumbrados viajes, ellos lo recibieron como un regalo aunque de poca utilidad. En sus años jóvenes causó estragos en las cercanías, según la abuela debió ser un auténtico galán, amigo de casas ajenas, pero hábil a la hora de escurrir el bulto cuando el asunto se tornaba feo. En una ocasión en que caí enfermo, uno de esos catarros infantiles en los que la fiebre te obliga a permanecer acostado en vacaciones, el tío Aristo estuvo a los pies de mi cama durante dos días seguidos, brindándome su compañía. Por entonces las noticias destacaban el avance tecnológico de la humanidad en su incursión espacial y en el televisor nos sorprendían las imágenes de los astronautas en su tambaleante paseo lunar, algo impensable hasta la fecha. Sobre todo por las noches, el tío Aristo me contaba sus inusitados proyectos a los que imbuía de una original filosofía, algo insólita, pero no por ello descabellada... Me aseguraba que algún día también él alcanzaría la luna, aquel sería su próximo viaje. Lo cierto es que su compañía me ayudó a espantar la maldita fiebre aquella que se había propuesto amargarme el verano. Eran los tiempos del Instituto en la ciudad y de la casa de los abuelos en el pueblo. Luego, los años discurrieron implacables para todos.

El tío Aristo desapareció un día y nunca más regresó. Sin embargo, siempre le tuve presente. Más tarde, cuando hube de trasladarme y realizar los estudios universitarios lejos de mi tierra nada podía apartarle de mi mente, hasta el punto de que es su recuerdo mucho más fuerte que la ausencia de los demás seres queridos. Sí, los abuelos fallecieron y la casa antigua del pueblo, víctima de las desavenencias familiares, quedó abandonada en una suerte fatal de soledad y ruina. Aunque nada existe en el pueblo hoy que me pertenezca ni merecedor de ser poseído suelo visitarlo cada año y rememorar los caminos, el abeto que creció o la fuente que aún mana su caudal libre, fresca. Observo entre los desvencijados marcos de las ventanas, solitarias, en un intento por reconocer los rostros que en otro tiempo allí brillaron, temeroso a la vez por si vislumbro la faz de mi propia infancia. Escruto en lo alto el ático, el viejo pajar, mientras la noche se posa sobre las tejas desordenadas y la luna, arriba, flota casi al alcance de la mano... Entonces, me cercioro de que estoy solo y, a media voz, lo llamo en un susurro:

-...¡ Aristo, Aristófanes !

No he podido olvidar su promesa ni tampoco la última vez que lo ví, el tío Aristo se estiró en una lánguida contorsión antes de acicalarse los bigotes y, de un ágil salto, dejó el sillón para salir por la ventana a su paseo sigiloso por el tejado. Sin dejar de contonearse volvió la vista atrás para despedirse y, tras varios parpadeos seguidos, se marchó maullando a la luna.



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miércoles, enero 10, 2007

NO TIENE PRECIO



    Un estrecho brazo de tierra unía la península del recinto al resto de la ciudad. Algo le alertó de que había traspasado el umbral de alguna invisible frontera, tal vez influido por el hecho de que los vehículos no podían acceder. El cielo cambiante del norte estaba hoy claro y la tarde, diáfana de azul, apropiada para el paso calmo y el trayecto breve. Miró el reloj en un gesto instintivo de rutina y, ante la primera bifurcación que salió al encuentro, optó por la senda de su izquierda, que ascendía zigzagueante bordeando la costa suave, ceñida a un mar bravío, que ahora prefería mecerse en una tregua pausada de olas. No quería olvidar que se trataba de un mar fiero, del que en otras ocasiones pudo comprobar su látigo de viento, cuando, enarbolado de su coraza gris, batallaba rudo y rugiente. Atrás quedaban ya, sepultados por el apacible entorno, el murmullo de tráfico y muchedumbres que poco antes le apresaban los sentidos.
Ahora, la costa abría su vereda al paseante para convertirlo en cómplice de la inmensidad que iba descubriendo. Se paró e hinchó los pulmones en un trago hondo, en un intento egoísta por apropiarse de aquel instante preciso. Le inundó entonces aquel sabor a salitre que recordaba de la niñez y, despiertos los poros a la percepción, se sorprendió capaz de escuchar y sentir con inusitada viveza.
Arriba, una nube de gaviotas anunciaba su llegada. El Palacio de Convenciones se erguía majestuoso junto al Parador y, desde lo alto, el panorama se ampliaba para perderse en un horizonte limpio, aunque jalonado de rompientes. Se asomó al acantilado abrupto; enfrente, la costa suave saludaba, entre distante y orgullosa. Volvió a respirar hondo queriendo alargar los segundos, antes de reanudar el camino de regreso.
Inició el descenso a la sombra de los pinos y palmerales que tejían una liviana techumbre de frescor. Se agachó para recoger un par de piñones sueltos, que olisqueó antes de guardar en el bolsillo. Un aroma de resina se expandía de entre los árboles y saturaba la tarde, que se cernía entre apagados cantos de búhos y urracas. Mientras, al fondo, seguían sonando los chillidos intermitentes de las gaviotas vecinas. Echó un último vistazo a la playa, otra vez el paseo tocaba a su fin; podía divisar el muro de verjas que contorneaba la entrada al recinto.
Tintineó la piel áspera de un piñón dentro del bolsillo, cuando un estruendo de sirenas rompió el sosiego... Un tumulto de gente se agolpaba a la entrada principal, en torno a una columna de humo. Enseguida reconoció a los dos hombres que se acercaban pendiente arriba corriendo hasta él... El jefe de seguridad habló primero:
–¿Se encuentra bien, señor?
–Sí, claro. ¿...Pasa algo?
Otros dos agentes hicieron acto de presencia por el lateral de la costa, y aún se sumaron otros dos que pudo distinguir, apostados en el límite del arbolado.
–Bueno, señor, esta vez el tiro les salió por la culata. El artefacto les explotó cuando lo manipulaban... Hay cambio de planes, señor. Salgamos del recinto por atrás, ya nos esperan.
–...¡Pero es Navidad! Quería acercarme a los almacenes del centro para comprar algún regalo...
–No se preocupe, señor, llegará a tiempo a la cena. –bromeó su jefe de seguridad.
Llegó rodeado de doce hombres al furgón militar que aguardaba al otro lado de las verjas. En su interior, el capitán le tendió un uniforme...
–Debe cambiarse, señor Presidente... Ya sabe.
–Déjeme su teléfono, oficial, necesito hacer una llamada... –casi suplicó en tono urgente, mientras se desvestía.
El Presidente marcó el número de su secretaria:
–¡Señora Donovan! ...Sí, bien, sí... Mire, necesito que me compre un regalo para mi esposa. Una joya, sí... No, otro anillo no. Una pulsera o unos pendientes, cualquier joya, no importa el precio... Bien, estaré en una hora. Perfecto.

Salió del furgón, custodiado por dos oficiales, en dirección al helicóptero que, ya en marcha, les esperaba. Pudo observar de soslayo el coche oficial que emprendía la salida, escoltado por el grupo motorizado. El Presidente tomó asiento al tiempo que olisqueaba uno de los piñones recogido en su paseo. Se recostó con la cabeza atrás y los ojos entornados, intentando rememorar el breve aroma de un recuerdo. Cuando sobrevolaba la capital de su distrito, la ciudad iluminada de fiesta se ofrecía como un crudo espejismo, tal vez demasiado real, demasiado caro.


http://www.slideshare.net/leetamargo/no-tiene-precio/1
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viernes, enero 05, 2007

NOCHE DE MAGIA



    …Melchor señaló aún más hacia el norte.
-¡Ahí está!
    Pero Baltasar le colocó los prismáticos al derechas.
-No, está ahí.
   Gaspar carraspeó, conteniéndose la risa, al tiempo que las tres monturas encaminaban sus pasos duna abajo…
    Mucho antes de atisbar la ciudad el ruido ya delató su presencia. Bordearon la autopista para evitar que el tráfico, ahora fluído, asustara a los animales. Cuando entraron en la ciudad aún circulaba gente por las calles. Baltasar se acercó a Gaspar que se había quedado algo rezagado.
-No te preocupes, te he dicho mil veces que están acostumbrados…
   Melchor aguardó a que ambos llegaran a su altura para hacerles partícipes del plan:
-Sería mejor ir pensando en dónde dejar los animales si queremos trabajar más cómodos, ¿qué os parece allí…?
   Se trataba de una solitaria parada de autobús que aquella noche no se llenaría. Casi todos los servicios de aquella ciudad dejarían de funcionar sin tardar, abandonados al sueño de un nuevo día de ilusión.
   Una vez libres de la montura cargaron los sacos a la espalda para adentrarse en el nudo de travesías que desembocaba en la plaza principal. A la vuelta de una esquina se toparon de frente con un grupo de niños que regresaban con sus padres de retirada a sus casas. Todos bromearon con ellos y contestaron a sus preguntas, entre risas nerviosas de algarabía. Todos, excepto aquel muchacho que, inmóvil y con la mirada fija, se mantenía distante…
-¿…Y tú? –le preguntó Baltasar, que se había percatado de su tensa actitud- ¿Tú no has pedido nada?
   El muchacho contestó adusto, serio.
-Yo ya lo sé.
-¿…Cómo dices, hijo? ¿qué…?
-Ya soy mayor, a mí no me engañáis…
   A Baltasar se le enfrió el gesto mientras contemplaba al chico alejarse hacia el jardín de la urbanización cercana; desde el otro lado de la verja aún les dirigió una última mirada desafiante, antes de entrar corriendo en la casa. Melchor no perdió detalle del incidente y, solícito, acudió en apoyo de su colega…
-Anda, vamos, queda mucho por hacer…
-No me acostumbraré nunca… -A Baltasar le desconcertaba el desprecio de la humanidad hacia el tesoro de la niñez. Sabía que formaba parte del misterio, que los hombres acababan perdiendo el brillo inicial, adulterados por la desesperanza y el desamor, hasta terminar enfermos, avejentados de ilusiones, sin solución. En eso consistía su misión, en combatir la carencia con el regalo, apenas una minúscula muestra ante tanta necesidad. El mundo y la magia iban de la mano, nunca nada lo disolvería, pero en él recaía la responsabilidad de aquella semilla, apenas un intento en medio de tanto desatino.
   Cuando logró alcanzar a sus compañeros estos ya habían vaciado considerablemente la carga de sus regalos, pero le esperaron para regresar juntos. Al pasar junto a la verja de la casa ajardinada, Melchor les conminó a seguir adelante solos…
-Seguid, no tardaré, enseguida os alcanzo…
   Traspasó la verja del jardín hasta el umbral donde momentos antes había desaparecido aquel muchacho rebelde y, sobre la repisa de la ventana, posó los prismáticos que le habían acompañado durante el viaje. Luego, regresó raudo hasta donde sus compañeros, que ya estaban listos sobre sus monturas. Los camellos resoplaron, parecían también impacientes por abandonar el asfalto.
-¿Y ahora? –le espetó Gaspar, con ironía- Tan amigo que parecías de las nuevas tecnologías…
-Era un último regalo, tal vez haya suerte…
-Tal vez… -apostilló Baltasar- ¡Para lo que servían!...
   La risa contenida de Gaspar se les contagió a los tres que, entre sonoras carcajadas, reanudaron la marcha. La caravana de los tres viajeros se perdió tras la loma, al otro lado de la autovía, mientras la ciudad dormida, soñaba una nueva cosecha de estrellas…



http://www.slideshare.net/leetamargo/noche-de-magia/1
¡ FELICES LECTURAS A TODOS !