miércoles, enero 10, 2007

NO TIENE PRECIO



    Un estrecho brazo de tierra unía la península del recinto al resto de la ciudad. Algo le alertó de que había traspasado el umbral de alguna invisible frontera, tal vez influido por el hecho de que los vehículos no podían acceder. El cielo cambiante del norte estaba hoy claro y la tarde, diáfana de azul, apropiada para el paso calmo y el trayecto breve. Miró el reloj en un gesto instintivo de rutina y, ante la primera bifurcación que salió al encuentro, optó por la senda de su izquierda, que ascendía zigzagueante bordeando la costa suave, ceñida a un mar bravío, que ahora prefería mecerse en una tregua pausada de olas. No quería olvidar que se trataba de un mar fiero, del que en otras ocasiones pudo comprobar su látigo de viento, cuando, enarbolado de su coraza gris, batallaba rudo y rugiente. Atrás quedaban ya, sepultados por el apacible entorno, el murmullo de tráfico y muchedumbres que poco antes le apresaban los sentidos.
Ahora, la costa abría su vereda al paseante para convertirlo en cómplice de la inmensidad que iba descubriendo. Se paró e hinchó los pulmones en un trago hondo, en un intento egoísta por apropiarse de aquel instante preciso. Le inundó entonces aquel sabor a salitre que recordaba de la niñez y, despiertos los poros a la percepción, se sorprendió capaz de escuchar y sentir con inusitada viveza.
Arriba, una nube de gaviotas anunciaba su llegada. El Palacio de Convenciones se erguía majestuoso junto al Parador y, desde lo alto, el panorama se ampliaba para perderse en un horizonte limpio, aunque jalonado de rompientes. Se asomó al acantilado abrupto; enfrente, la costa suave saludaba, entre distante y orgullosa. Volvió a respirar hondo queriendo alargar los segundos, antes de reanudar el camino de regreso.
Inició el descenso a la sombra de los pinos y palmerales que tejían una liviana techumbre de frescor. Se agachó para recoger un par de piñones sueltos, que olisqueó antes de guardar en el bolsillo. Un aroma de resina se expandía de entre los árboles y saturaba la tarde, que se cernía entre apagados cantos de búhos y urracas. Mientras, al fondo, seguían sonando los chillidos intermitentes de las gaviotas vecinas. Echó un último vistazo a la playa, otra vez el paseo tocaba a su fin; podía divisar el muro de verjas que contorneaba la entrada al recinto.
Tintineó la piel áspera de un piñón dentro del bolsillo, cuando un estruendo de sirenas rompió el sosiego... Un tumulto de gente se agolpaba a la entrada principal, en torno a una columna de humo. Enseguida reconoció a los dos hombres que se acercaban pendiente arriba corriendo hasta él... El jefe de seguridad habló primero:
–¿Se encuentra bien, señor?
–Sí, claro. ¿...Pasa algo?
Otros dos agentes hicieron acto de presencia por el lateral de la costa, y aún se sumaron otros dos que pudo distinguir, apostados en el límite del arbolado.
–Bueno, señor, esta vez el tiro les salió por la culata. El artefacto les explotó cuando lo manipulaban... Hay cambio de planes, señor. Salgamos del recinto por atrás, ya nos esperan.
–...¡Pero es Navidad! Quería acercarme a los almacenes del centro para comprar algún regalo...
–No se preocupe, señor, llegará a tiempo a la cena. –bromeó su jefe de seguridad.
Llegó rodeado de doce hombres al furgón militar que aguardaba al otro lado de las verjas. En su interior, el capitán le tendió un uniforme...
–Debe cambiarse, señor Presidente... Ya sabe.
–Déjeme su teléfono, oficial, necesito hacer una llamada... –casi suplicó en tono urgente, mientras se desvestía.
El Presidente marcó el número de su secretaria:
–¡Señora Donovan! ...Sí, bien, sí... Mire, necesito que me compre un regalo para mi esposa. Una joya, sí... No, otro anillo no. Una pulsera o unos pendientes, cualquier joya, no importa el precio... Bien, estaré en una hora. Perfecto.

Salió del furgón, custodiado por dos oficiales, en dirección al helicóptero que, ya en marcha, les esperaba. Pudo observar de soslayo el coche oficial que emprendía la salida, escoltado por el grupo motorizado. El Presidente tomó asiento al tiempo que olisqueaba uno de los piñones recogido en su paseo. Se recostó con la cabeza atrás y los ojos entornados, intentando rememorar el breve aroma de un recuerdo. Cuando sobrevolaba la capital de su distrito, la ciudad iluminada de fiesta se ofrecía como un crudo espejismo, tal vez demasiado real, demasiado caro.


http://www.slideshare.net/leetamargo/no-tiene-precio/1
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