viernes, marzo 16, 2007

LA OTRA ORILLA


Llegó el momento que había estado esperando. Los guerreros marchaban de expedición una vez más y, como de costumbre, a su regreso nuevamente se trasladarían de asentamiento como venían haciéndolo hasta donde alcanzaban sus primeros recuerdos. Sobre todo, le gustaban las historias que en la noche contaban los guerreros adultos y que hablaban de su origen, de la tribu y de la selva, la madre de todos los hombres-luna. Sus ojos de niño grande se iluminaban cada vez que oía narrar la creación del mundo del lecho del río... La luna enamorada se bañó en su cauce hasta que el rey de los árboles-liana enredó de celos su amor y, envidioso, lo maldijo. Desde entonces la luna regresó para siempre al cielo de la noche y, solo en raras ocasiones, ataca con sus rayos a todo aquel que vagabundea en solitario, víctima de amores imposibles...
Pero él no tenía miedo, era un muchacho intrépido y, además, quería convertirse en un valeroso guerrero para sacar a su gente algún día de aquella condena y poder llevarles al lugar seguro que se merecían, lejos de aquel errático vagar a orillas del gran río. Las respuestas de los ancianos a sus dudas lejos de convencerle le incomodaban, incapaz de soportar el amenazador mensaje de los peligros que acechaban en la otra orilla. Aquella explicación no bastaba para la ávida mente de un muchacho-luna y, en cuanto desaparecieron los guerreros, se dispuso a desentrañar el misterio por sí mismo. Se adentró en el río sagrado y empujó la canoa corriente abajo, precisamente en la dirección que tenían prohibida los hombres de la tribu.
A golpe lento de remo vadeó pegado a la orilla, dejándose llevar por el manso discurrir y evitar así el centro del enorme caudal. A tramos, el cauce llegó a ser tan ancho que la otra orilla se disipaba en un horizonte de brumas. Después de remar toda la tarde y casi una noche, el río comenzó a estrecharse y surgieron las primeras rocas, enormes moles sembradas en mitad de su curso, ahora no tan profundo. La vegetación se agolpaba en los bordes invadiendo el dominio acuático y, a modo de bóveda arbolada, con su entramado de lianas creaba un pasillo de verdes variopintos que apenas dejaba pasar la claridad del día. En aquella zona, la tierra embarrada se hundía en el agua y, antes de avanzar otro centenar de pasos por la orilla, ocultó la canoa entre la maleza. Más adelante, abandonó decidido la orilla maldita que jalonaba de miedos cada historia de sus antepasados y entró al claro. El sonido de la selva también cambió, a la vez que la luz del cielo se transparentaba en las grandes hojas y creaba halos de penumbra entre las lianas.
Siguió avanzando cauto y, camuflado entre la vegetación, observó las extrañas construcciones de madera que descansaban en el centro del claro. Nunca antes había visto nada igual, algunas echaban una columna de humo y otras guardaban ganado en el cercado contiguo. Entonces oyó las voces y pudo distinguir al grupo de niños que jugaban hasta que, de pronto, aquel ruido atronador le sobrecogió, se tiró al suelo asustado, quería taparse los oídos, pero pudo más la curiosa emoción que le embargaba al encontrarse con tanta novedad.
En verdad que se trataba de un panorama insólito para él, algo nunca imaginado que ningún relato de los ancianos recogió jamás... Al fondo de las cabañas aparecieron las primeras máquinas con su estruendoso rugir. El verde de la selva había desaparecido bajo su peso y, sobre la tierra allanada, se apilaban los troncos de los árboles con su amputado gesto de dioses caídos, mientras otras máquinas también humeantes se ocupaban de transportar a rastras sus cadáveres. Los ejemplares más erguidos rasgaban el techo tupido del bosque en su vertiginoso caer. Le distrajo de su estupor el corro de mujeres que cruzaba la explanada, seguidas de los niños que correteaban alborotados. Una de las muchachas se había separado del grupo y se encaminaba hacia el río, muy cerca de donde él se encontraba apostado. Tan cerca que pudo escuchar su respiración al pasar junto a su improvisado escondite. Detrás de aquel montón de bidones de gasóleo vacíos escrutó el grácil movimiento de la muchacha. Le llamaron la atención sus vestiduras, le resultaba extraño que alguien en aquella selva cubriera de ese modo su cuerpo. Al poco, contuvo el aliento absorto en contemplar cómo la chica iba despojándose una a una de sus ropas y, tras posarlas con cuidado en el recodo, se sumergió desnuda en las aguas... Un chasquido a su espalda le advirtió del peligro cuando ya era demasiado tarde. El barbudo hombretón le sujetaba por los cabellos mientras gritaba para llamar la atención de los otros hombres que manejaban las máquinas...
-¡Eh, mirad qué he encontrado! ¡Un condenado salvaje!, venid...
En su frenético pataleo el muchacho acertó a golpear las partes del casual carcelero, que rodó constreñido por la maleza sin dejar de perjurar. La muchacha del río, interrumpida en su baño, se cubrió los pechos justo cuando el muchacho salvaje pasó junto a ella como una exhalación. No obstante, al indígena le dio tiempo a contemplar de cerca el rostro de la muchacha y la brillante expresión reflejada en sus ojos mientras, de un salto, se zambullía en las oscuras aguas. Braceó hasta la otra orilla y, una vez allí, se entregó en veloz carrera sorteando lianas, ramas y rocas. Atrás podía percibir el vocerío de los hombres y, luego, sintió silbar a su alrededor los disparos de sus máquinas de fuego, capaces de perforar los árboles. El pánico le impidió reconocer el sitio donde había escondido la canoa y, además, la proximidad de sus perseguidores le obligaba a avanzar sin denuedo. Corrió hasta cansarse, hasta que los sonidos de la selva de nuevo se erigieron en dueños de aquella margen inhóspita. Aún hubo de bordear a nado el río en todo su largo, ayudado de la corteza seca de un tronco y a pie en los tramos más anchos.
Regresó con la faz cambiada en su alma de muchacho, impresionado por la experiencia vivida. Sus dudas y rebeldía habían quedado resueltas con aquel otro temor aún mayor... No podía olvidar los ojos del río en aquella muchacha. Llegó al poblado de los guerreros-luna justo cuando ya levantaban el campamento. No preguntó ni rechistó, se incorporó silencioso a la comitiva de la tribu, a la búsqueda sigilosa de senderos nuevos en la espesura cercana al río... Pero siempre en la otra orilla.



¡ SALUDOS, AMIGOS/AS !

viernes, marzo 09, 2007

EL BAILE


Se conocían lo bastante para no pisarse, aunque Emma trastabilló un paso al tropezar con un obstáculo imaginario. Jaime no dejó de sujetarle por el talle y, con suavidad, recostó la barbilla entre el hueco del cuello y su hombro para susurrarle al oído…
-¿Estás bien…?
Ella gimió una leve afirmación, mientras sonaban los acordes de un clásico bolero.
-…Ahora viene otra tanda latina –suspiró, estrechándose aún más junto al mullido, pero recio cuerpo de Jaime.
En la penumbra de la sala de baile Jaime distinguió a algunos amigos que aún pululaban al fondo de la barra; alguien le hizo la señal de victoria desde lejos aunque no supo de quien se trataba. Sudaba copiosamente y le preocupaba que Emma se encontrara a disgusto. Observó de reojo a las otras parejas sin dejar de mecerse en el cadencioso ritmo del baile. Una de ellas abandonó la pista en silencio, agarrados de la mano con gesto cansino. Al lado de ellos otra pareja se movía desacompasada y, para distraerse, trató de imaginar por un momento cómo bailarían un foxtrott… Casi que podía escuchar los jadeos de ella, en exceso alterada. Demasiado frenéticos, pensó.
Emma le sacó de su nube mental con una intempestiva pregunta:
-…Tiene que ser tarde ya, Jaime…
-Sí, casi de madrugada… -le contestó, al mismo tiempo que Emma apagaba su respuesta con un bostezo prolongado.
La pareja de al lado casi chocó contra ellos y ambos se volvieron, extrañados por la inesperada maniobra. La otra muchacha jadeaba sin hallar suficientes bocanadas de aire con que respirar. Se asustaron cuando le vieron abrir mucho los ojos, antes de caer desplomada al suelo; su pareja se sintió impotente para detener su peso en la caída. Acto seguido un grupo de personas acudió junto a la chica. Jaime reconoció un brazalete sanitario en uno de los que estaban agachados junto a ella…
-No te preocupes, la están atendiendo –susurró a Emma, tratando de tranquilizarla.
Al poco alguien se acercó con una camilla y la pista quedó de nuevo envuelta de música y penumbra.
-…Sí, ahora sí, Emma, este es el último tema –la fatiga de Jaime ocultó el tono alegre que quiso imprimir a su voz y, sin dejar de bailar, se abrazaron aún más fuerte.
De repente todas las luces de la discoteca se encendieron al unísono y un estallido de gritos y aplausos inundó la sala. El locutor de la radio local era quien sostenía el micrófono mientras anunciaba a viva voz a la pareja ganadora del decimonoveno Maratón de Baile de la Ciudad.
Emma y Jaime habían dejado de bailar, pero permanecían aún abrazados en el centro de la pista, casi pegados por el sudor después de veintidós horas continuadas de baile. Todavía el cansancio no les permitía calibrar todo el sabor del triunfo, pero la organización del evento enseguida les emplazó para el fin de semana próximo en el que recibirían su premio en una fiesta conmemorativa respaldada por la prensa y demás medios de comunicación. Ahora sólo deseaban descansar.
Entre el tumulto de amigos y felicitaciones, Jaime arropó a Emma con su abrigo, mientras le acompañaba hasta la salida.
-Te he pedido un taxi, campeona –él vivía a la vuelta de la esquina-. ¿Quieres que te acompañe…?
-No hace falta. ¡Gracias, Jaime! –Emma sacó una sonrisa, exhausta.
Se despidieron con un beso demasiado largo para lo agotados que estaban.
El taxi cruzó la avenida central y los jardines de la alameda en denodada batalla entre la lluvia y los parabrisas, que no hallaban tregua. Cuando llegó a la plaza Mayor del casco urbano antiguo frenó en seco.
-Hemos llegado, señora.
El taxista se giró hacia atrás ante tanto silencio…
-¡Señora!
Emma roncaba con la cabeza apoyada contra la ventanilla. En la radio se oían las notas del saxo de Sonny Rollins en armonioso compás con el ritmo del parabrisas…

¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

viernes, marzo 02, 2007

A LA DERIVA



El contorno costero había desaparecido de la línea, ahora limpia, del horizonte. Había navegado sin descanso, obsesionado por perder de vista cualquier atisbo de tierra firme. Aquel año el curso había sido demasiado intenso e, incluso, su padre se había excedido en su exigencia por no desaprovecharlo insistiendo de continuo en la parte del futuro que estaba en juego. Por eso, todo el objetivo de aquellas vacaciones era relajarse distendidamente hasta la saciedad y, así primero, había que aislarse de todo ruido que sonase a recuerdo de hábito rutinario. Para ello cogió el velero de su padre y salió mar adentro. No dijo nada, tan solo dos días y volvería, renovado. Esa noche el mar también dormía y balanceaba el balandro con su mecer calmo.

Sin embargo, como en otras ocasiones, aquel maldito juego mental no le dejaba conciliar el sueño. Lo achacó a la influencia cercana de las obligaciones cotidianas, de las que aún no había logrado desembarazarse en su totalidad. Ahora que necesitaba descansar y dormir era cuando se le planteaban a modo de desafío aquel tipo de dilemas que le hacían perder el tiempo, pero imposibles de eliminar a su pesar. El reto en sí era sencillo… Había dedicado la tarde a practicar nudos en cubierta, mientras las velas se dejaban llevar por una brisa suave y generosa. Practicó los nudos marineros que ya conocía, se ató un brazo, las piernas, utilizó también las cornamusas y, a la vez, aprovechó para intentar aprender algún otro nudo nuevo. Y ahora, en vez de descansar, aquella pesadilla sin fin le debatía en si un hombre atado por el tobillo a un cabo que arrastraba un velero, empujado por el viento, tenía posibilidad de salvación. Para él no había problema pues, incorporándose para agarrase el pie y alcanzar el cabo, solo había que jalar la cuerda con uno y otro brazo hasta subir a cubierta. Sin embargo, otra voz en su cabeza le intranquilizaba con la posibilidad de que la creciente velocidad del velero, impulsado por fuentes vientos, resultaba proporcionalmente superior al esfuerzo necesario del hombre, no para alcanzar su pie y el cabo, sino incluso para poder incorporarse. Ante tal impetuoso avance el hombre, incapaz de reaccionar y moverse, vería cómo el cielo desaparecía bajo el mar, hundiéndose entre bocanadas de agua.

En la mañana del día siguiente el helicóptero, desde arriba, logró atisbar el velero y dio parte a Comandancia Marítima. Por fin, la lancha guardacostas encaminó su rumbo al barco desaparecido durante dos días. Ya antes, su padre había avisado, preocupado por la tardanza. Al llegar a la amura de babor, los guardacostas encontraron un cabo atado a bordo del que pendía el cuerpo del joven, por un tobillo, semihundido y ahogado en el mar. Es una peligrosa maniobra, parecieron decirse con su mirada mientras rescataban el cadáver del agua. Un cambio imprevisto del viento puede jugar una mala pasada, lo saben todos los marinos. Una trasluchada de popa golpea al tripulante, desprevenido, que pierde el equilibrio y cae al agua, quedando así a merced del oleaje mientras su barco sigue alejándose… Pero, ¿por qué llevaba atado su tobillo aquel muchacho…?

El mar silencioso callaba sus olas entre los reflejos luminosos del sol que nacía. Como si el viento anduviera escondido ni siquiera había brisa y las velas flameaban al sol, quietas.
¡FELICES LECTURAS!