sábado, junio 30, 2007

NADIE SOSPECHA



 Corría el decimotercer año del recién estrenado milenio, aniversario de la gran deflagración. Blenda y Ruth ya habían dejado de ser las alocadas colegialas que traían en jaque los esforzados desvelos de sus padres, atentos en toda ocasión para que aquellas varitas tiernas crecieran sin torcerse. Al fin parecía que tanta preocupación había dado su fruto y ahora, convertidas en dos chicas responsables, se bastaban por sí mismas para ganarse el sustento con sus hábiles merecimientos. Ellas no lo conocieron, pero antes ya habían oído por boca de sus padres  de los devastadores efectos de la gran crisis, aquellos duros tiempos que siguieron cuando el mundo entero se estremeció. Los sacrificios  de sus padres sirvieron para que ellas recibieran una adecuada educación, libres y ajenas a lo que tomaban por horrendos recuerdos de una pasada prehistoria que nada tenía que ver con su tiempo actual.
   Ahora disponían de su propio apartamento en la ciudad, a  apenas una hora de tren de la casa paterna. Desde hacía un año cada una costeaba el suyo, no se lo habían contado a sus padres para no preocuparles, sabían además que no lo aprobarían. Almorzaban siempre juntas y si, por motivos de trabajo no podían verse algún día, se llamaban por teléfono al final de la jornada para intercambiar impresiones. Ruth sabía por su hermana de los avances conseguidos desde que aceptó el reto y firmó contrato con la Central Química Nuclear, fue poco después cuando decidieron adquirir un apartamento para cada una, innegable señal de que iban por cauce seguro. Desde entonces, Ruth se quedó sola a cargo de la Asesoría, desbordada de tareas, pero señal también inequívoca de que la suerte les sonreía. Envidiaba la valentía de su hermana y el afortunado salto laboral que le permitía cada mes engrosar la cuantía de su nada despreciable nómina. Blenda se lo contaba, mencionaba la calidad de medios, posibilidades de ascenso, hablaba de cifras crecientes a las que ella nunca tendría opción ni aún dedicando horas extras. Eran mellizas y siempre habían compartido todo, pero Ruth la quería, era su hermana.
    Blenda le había comentado sobre el nuevo Director General de la Compañía, el señor Martín era un hombre joven proveniente de la capital del estado y que se había incorporado al puesto hacía unos meses. En su calidad de Ayudante Técnico eran frecuentes las reuniones de su departamento con la Dirección y, ahora, el nuevo Director General se había animado a cumplir lo pactado y la había invitado a cenar, fiel a la política de empatizar con los integrantes de la Compañía.
    Blenda invitó también a su hermana, aprovechaba así para evitar quedarse a solas con el mandamás bajo el pretexto de que conociera de cerca su entorno familiar. Blenda era más fría para eso, si no le gustaba el muchacho sólo por dinero era capaz de aceptar un compromiso. A Ruth le sacaba de quicio aquella interesada capacidad que tan óptimos resultados le proporcionaba a su hermana. Habían pasado la tarde en el apartamento, concentradas en la cocina para preparar los spaguettis a la carbonara como sólo ellas sabían aderezar. Ruth se ocupó del postre. Los aperitivos y segundos platos los encargaron a un restaurante cercano.
    Poco antes de las nueve de la noche sonó el timbre y las dos hermanas, elegantes para la ocasión, recibieron con sincronizada amabilidad al invitado. La velada transcurrió agradable, con estudiado desenfado la conversación tocó áreas variadas desde política e historia social a la música y artistas contemporáneos televisivos. Amparada en un segundo plano, Ruth analizaba los gestos del Jefe de su hermana. Parecía una persona seria, casi rígida de principios, pero fuerte y apuesto, de una belleza escultural en sus rasgos, de ademanes lentos, que lo convertían en atractivo aún cuando su atlética constitución permaneciera en reposo. Influída por el cava, Ruth se atrevió a bromear con algún chiste sobre homosexuales, pero enseguida recobró la compostura. Sobre todo cuando el señor Martín se interesó por su trabajo, con tantas preguntas por sus preferencias y su bienestar a Ruth se le agrandaron los ojos y las expectativas. Blenda le hizo un guiño mientras recogía las copas, sí, a Ruth también le pareció entrever posibilidades, incluso no descartaba seguir los pasos de su hermana, aunque en algo no era igual a ella... Pero lo cierto es que aquel hombre le gustaba, quién sabe!...
    Cuando se despidieron, Blenda y Ruth se emplazaron al día siguiente para intercambiar sus confidencias, ahora estaban bastante cansadas, pero Blenda allanó el terreno...
 -...Ya me he dado cuenta, Ruth. Por mí, todo tuyo! Nunca tendría nada con un Jefe, ¿estás loca?...
   Ruth albergaba más y más esperanzas:
 -Tienes que citarle para repetir, iremos al restaurante de la Plaza... Ya hablaremos. Hasta mañana, Blenda!
    Esa noche el señor Martín llegó tarde a su casa, nadie le esperaba. Sin atisbo de cansancio comenzó a desvestirse. La cena con aquellas chicas lejos de aburrirle le había servido de prueba para controlar todos los pormenores de la situación. Formaba parte de su misión, había sido entrenado para soportar y escrutar los más insignificantes detalles de las relaciones humanas. Sin embargo el efecto de las especias le obligó a emitir un sonido gutural que no pudo refrenar. Se aflojó la corbata y cedió también la presión sobre el cuello. Tiró de las orejas hacia delante despojándose de la fina tira de piel que le cubría el rostro y que, con cuidado, posó sobre el líquido de la bandeja en el lavabo, pues debería servirle para el día siguiente. Quedaron al descubierto sus brillantes escamas verdes, iridiscentes, perfectas y ensambladas. La aleta dorsal de su espalda se liberó en una erizada cresta, al tiempo que sus ojos vidriosos, de amarillo oro, estrecharon la pupila. Los efluvios del aromatizado aliento le obligaron a chasquear su larga lengua bífida sin lograr evitar que otro ruido gutural se escapase...



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viernes, junio 01, 2007

NUEVA JAURÍA




Casi al mismo tiempo que se elevaba sobre la loma un destello de plata brilló en los ojos del animal. La luna se hinchó como un globo iluminando cada resquicio dormido del bosque y el lobo se detuvo, deslumbrado por su belleza, dispuesto a ofrendar el ritual de su reconocimiento con un aullido largo y sentido. El enorme disco de luz se agrandó en el cielo inaugurando el reino nuevo para los habitantes del bosque, comenzaba un tiempo al que despertar, que no podían desperdiciar si querían sobrevivir a su regreso. Los más avezados ya se habían ocultado en los refugios preparados de antemano, la ley del bosque imponía así sus implacables reglas, les iba la vida en ello. A su aullido le siguió otro y otro, distintos, surgieron de la espesura, de sus sombras ahuyentadas, ávidos por descubrir el mundo oculto que la noche nunca les mostraba. Curiosos, recelosos, pues ni siquiera los más temerarios dormirían en ese breve espacio crucial. Los más veteranos sabían -sus cicatrices así se lo habían demostrado- que el desafío consistía ahora en vencer al descanso, por eso se cuidaban mucho de mantener su prestigio dentro del grupo, reunían a la manada en torno a las hembras, sólo ellas eran capaces de apaciguar las tentativas agresivas de los jóvenes. Se iniciaba el tiempo de la caza sin tregua, todo lo que conquistasen ahora serviría para ganar la batalla al invierno, no podían dejar escapar ninguna oportunidad, así que organizados en reducidos grupos se alternaban en dar batidas regulares por la zona. Toda pieza cobrada era recibida en la guarida como un premio que ensalzaba al cazador con honores de padre y jefe.
Sin embargo él era un macho solitario, erraba por el monte en busca de una familia que no acababa de encontrar, rastreaba cada palmo de hojarasca con el mismo ansia que luego, ante el fracaso, se tornaba en desconsuelo. Además, debía andar alerta para no toparse con aquellas batidas de congéneres que no escatimarían en destrozarle sólo por adornarse de gloria. En alguna ocasión, sobre todo cuando la nieve les robaba el cálido cobijo de la tierra, había descendido al valle, a la aventura de aquellos otros seres a los que todos temían... Desde luego que se trataba siempre de una medida de urgencia, el último recurso antes que sucumbir al terror del hambre. Había contemplado a sus hermanos morir entre horribles estertores por haberse apoderado de lo que semejaban para ellos unas suculentas presas, atrapados también en garras de fiero metal de las que resultaba imposible zafarse. Se había ido quedando solo así, pero había aprendido a observar la muerte, la de su manada y la que le aguardaba si daba un paso en falso.
En las noches sucesivas el imperio de la luna fue declinando su fulgor mientras aumentaba con creces la necesidad de llevarse algo a la boca. Se preocupó en esquivar la ruta de los otros depredadores, con las fuerzas mermadas tampoco podía arriesgarse en enfrentar a sus competidores, se conformaba con subsistir al menos hasta que la gran diosa blanca cesara de iluminar la noche, entonces le sería más fácil procurarse alimento aunque fuera en pequeñas cantidades. Descendía del risco cuando se asomó al claro del bosque, al otro lado halló el motivo que atrajo su curiosidad... Una joven loba amamantaba a tres de sus cachorros. Era consciente del peligro que aquella situación implicaba, pero la hembra permanecía indiferente, tumbada, dedicada por entera a los lobeznos. Tal vez lo adivinó, pero en cuanto la loba giró la cabeza de reojo hacia él supo que se había metido en serios problemas... El duro pelaje azabache se erizó en su lomo arqueado. Enseguida distinguió los ojos fieros escondidos en la maleza, en cada hueco de entre los árboles, que espiaban acechantes. De un brusco giro sobre sus cuartos traseros emprendió veloz carrera por donde había venido, no había tiempo que perder. Podía sentir el aliento amenazante de las fauces de sus perseguidores. La huída se prolongó en exceso, sobre todo porque no pudo disminuir el ritmo ni cuando ya dejó de escuchar la jauría tras de sí. Casi agradeció que la diosa blanca hubiese quedado reducida a un fino hilo de luz, estaba exhausto y se había alejado demasiado.
Abajo, distinguió algunas de las humaredas que ascendían al cielo y las luces tintineantes de la población, casi podía percibir el calor... Se adentró en las calles con cautela, al amparo de las sombras olfateó puertas y rincones hasta encontrar el establo entreabierto. Con sigilo subió los peldaños que llevaban a la estancia vacía. Allí, olisqueó entre las cazuelas y enseres e, inquieto, se tendió en el suelo, a lo largo, junto al lecho... Los primeros temblores sacudieron todo su cuerpo, intermitentes al principio, luego espasmódicos y continuados, de una brutalidad desgarradora. Sabía que llegaba el momento, que había que pasar por aquello, era inevitable atravesar el trance doloroso... Al crujir de las articulaciones se dilataron los músculos, deformándose, transgrediendo la naturaleza para adaptar su molde caprichoso a un insospechado destino. Todo el cuerpo se contorsionó, la columna se vertebraba y el cráneo ensanchó su capacidad para encajar la mandíbula en su espacio anterior. Luego, el áspero pelaje oscuro se absorbió en cada poro. Era inútil rugir o gritar, imposible articular palabra... La consciencia perdida, por fin emergió de su letargo ancestral y con el alba, poco a poco, despertaba a la forma humana.
Los primeros sonidos que oyó fueron las voces de los hombres, procedían de la calle... Afuera había un gran tumulto, alguien había visto la figura de un enorme lobo pulular por el poblado. Uno de los granjeros anunció la desaparición de dos de sus corderos, habían atacado su corral y arengaba al resto para acabar con la bestia. Asomado a la ventana, todavía semiaturdido, contemplaba el ajetreo de la multitud mientras se organizaban en grupos para batir el monte. Uno de los aldeanos miró arriba, parecía reconocerle:
-¿Vas a quedarte ahí...?
-...Déjale, ¡es un raro! -murmuró otro haciéndole desistir mientras ambos se unían a la batida.
Desde dentro de la habitación, ahora en silencio, observó partir al grupo de cazadores en dirección al bosque mientras enarbolaban las armas y vociferaban... No, no le gustaría estar en el pellejo de ese animal, pensó.


                                                 http://www.slideshare.net/leetamargo/nueva-jaura
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