sábado, julio 14, 2007

MIL METROS LIBRES



Cuando sonó el teléfono acababa de acicalarse el bigote que le había acompañado en sus últimos veinte años de abogacía. Sin soltar las tijeras atendió la llamada con la otra mano...
-Entendido, acudiré de inmediato.
La prisión de alta seguridad de Sacramento queda a apenas diez minutos de autovía desde el núcleo urbano, elevada sobre un minúsculo promontorio goza de uno de los enclaves geográficos más idílicos y seguros que puede desearse para este tipo de construcciones. A la orilla del mar, del que le separa tan sólo una banda ancha de arena, la prisión se erige en obstáculo insalvable frente al paisaje.
Rodolfo Mantini era uno de estos cientodoce privilegiados. Desde el ventanal superior de su celda podía disfrutar del inmenso horizonte marino e, incluso, llegaba a atisbar parte de la playa que desembocaba en la franja costera. De las conversaciones con otros reclusos sacó la conclusión de que, paralela a ella, transcurría el ramal de una autovía cercana, pero que si uno atravesaba la playa en todo su largo, con sólo cruzar la carretera podía adentrarse ya en la población y, una vez allí, acceder a un vehículo o a la estación de trenes resultaría aún mucho más fácil. Claro que estas últimas cavilaciones ya formaban parte de su cosecha propia pues con nadie compartió la urdimbre de su plan. El mes anterior su compañero de celda contigua, un ex director bancario, apareció con un nudo de sábanas atado al cuello y, si algo tenía claro, era que no estaba dispuesto a sucumbir a aquel lento martirio sin ofrecer resistencia. Le ayudaba aquel océano vecino, el rumor de olas que cada noche mecía en calma las inquietudes que durante la jornada desgastaba en tramar una vía de escape.
Se había estado preparando durante años, alguno menos de los que llevaba encerrado, pero más de los que pensaba permanecer allí, pues su condena nunca le permitiría salir. A sus cuarenta y cuatro años la forma física era un objetivo que recuperar, aunque sin demasiado sacrificio pues, si bien en los últimos años de la universidad las tareas del profesorado le mantuvieron en exceso ocupado, tampoco le impidieron dedicar tiempo al equipo de baloncesto del que era tutor. Así que, con unos estiramientos y una serie de ejercicios practicados con regularidad terminó de ponerse a punto, consciente de que una playa de apenas un kilómetro lo separaba de la libertad.
Le preocupaba más escoger el momento apropiado y, sobre todo, aguantar y esperarse al día señalado; debía ser noche cerrada y las últimas mareas vivas de Septiembre tenían como culpable a una luna esplendorosa y radiante... Por eso, cuando se vió al otro lado del muro sabía que no tenía tiempo que perder. Tampoco podría correr paralelo a la orilla pues las olas delatarían su figura, así que emprendió la carrera por en medio de la playa, a través de aquella pista de arena de mil metros, distancia suficiente para dosificar y aumentar gradualmente el esfuerzo y la velocidad. En los cien primeros metros cogió tono, luego acrecentó la intensidad, era cuando había que entregarlo todo. La velocidad se nutre de su propia inercia acumulativa y, a su vez, la energía desarrollada se multiplica en progresión geométrica hasta alcanzar un clímax crítico, trepidante, capaz de mantenerse otros centenares de metros y que suele coincidir con el instante previo a la entrada a la meta. Dentro de aquella oscuridad, sin embargo, el suceder ininterrumpido de rápidas zancadas estalló de improviso en el punto más álgido de la trayectoria...
Cuando el abogado llegó a la prisión aparcó al borde de la playa. Durante el trayecto vino repasando en su mente los recuerdos de aquel caso del catedrático de Historia y Arqueología que le tocó resolver en su día. Solamente testificó a su favor la casera, aquella señora relató el alma caritativa de su cliente cuando recogió un perro atropellado y lo llevó a una clínica veterinaria para que fuera atendido. Sin embargo, al Jurado le impresionó más el hallazgo de la familia del catedrático, asfixiada en el interior de su coche por los gases de una segadora. Rodolfo Mantini nunca se autoinculpó, tan sólo se limitó a callar. Nunca más habló.
El abogado se acercó al grupo de policías de la Unidad Central Operativa que examinaba los restos en mitad de la playa. Junto al cadáver del fugado un peñasco de arista rugosa emergía de la arena, desafiante. El cuerpo mortalmente herido de Rodolfo Mantini estaba marcado por el corte fatal del encuentro con aquella roca. El abogado identificó afirmativamente el cadáver de su antiguo cliente, luego un capitán le explicó las circunstancias del brusco choque en la oscuridad más completa y, señalando a la policía científica, dejó entrever que la historia no acababa ahí.
Fue en los meses sucesivos y a través de la prensa que el abogado se enteró de los nuevos avances. Antes, fue preciso recabar los correspondientes permisos, pues aquella enorme roca sembrada en medio de la playa formaba parte de la sempiterna geografía de Sacramento. Cuando las excavadoras removieron el lugar fueron apareciendo los otros restos que ocultaba aquella punta de iceberg, correspondían a las segundas ruinas mayas -que se conozcan- construídas en la orilla costera. El abogado pensó que Sacramento ya había empezado a cambiar, quizás dejaría de ser el sitio tranquilo que antes fue. Dobló el periódico, mientras sonreía inexpresivo por su reflexión...
-...¡Al final todos consiguen su sueño!


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viernes, julio 06, 2007

DIOSAS DE PIEDRA


El macizo montañoso emergía su pared majestuosa de piedra y marcaba, imponente, el final de la carretera. En el valle eran frecuentes las excursiones para contemplar tan admirable paraje, cada fin de semana se transformaba en un animado festival de vehículos, turistas o cazadores. Marlon se caló el sombrero hasta las cejas y resopló, para él aquellas montañas eran las diosas del lugar, hacía muchos años que escogió vivir a su amparo, sumergido en la frondosa ladera de su falda rocosa. Sin embargo, en esta ocasión eran los automóviles de la policía y de los periodistas los que perturbaban el habitual sueño en las inmediaciones de su cabaña.
A Marlon le pareció un tanto insolente el tono con el que el comisario se refirió a la montaña cuando le preguntó acerca del antiguo sendero que se adentraba en el bosque. Toda aquella historia del atraco y del fugado con el rehén internados en la espesura le sabía truculenta. Llevaba toda una vida a lomos de aquella cordillera, pocos como él conocían cada rincón, cada recoveco de la comarca con tanto atino, pero perderse por primera vez en aquel laberinto de riscos y simas no dejaba de ser una fatal locura. El trampero echó atrás su sombrero y escrutó la densa capa de niebla que ya ocultaba la cumbre.
-Si es cierto que están ahí dentro será la montaña quien decida...
Al comisario no le quedó clara la enigmática respuesta del trampero. Aquel fornido cincuentón desafiaba toda lógica con su estrafalario modo de vida en su cabaña al pie de la montaña, sin luz ni gas, tan sólo leña para alimentar la chimenea y ahumar las pieles que colgaban alineadas en el porche. Había oído hablar de él, en una ocasión recuperó sin ayuda de nadie toda una yeguada extraviada que se había escapado monte adentro, desde entonces se granjeó el respeto de sus paisanos. Pero el comisario no encontró el compromiso que le habían asegurado los lugareños para resolver aquel caso que colocaba a la comarca en las principales páginas de todos los noticieros.
El perseguido andaba escondido en algún rincón de aquella montaña. Después de desvalijar la sucursal bancaria a punta de fusil había secuestrado a su hijastro de once años, antes hirió a la madre del muchacho. En su desesperada huída no encontraron mejor refugio que atravesar a pie aquella cordillera fantasmagórica. El raptor maldijo el empeoramiento climático que se sumaba a aquella cadena de desgraciadas circunstancias. La niebla se deshilachaba entre los árboles e imposibilitaba adivinar el rumbo próximo de sus pasos, además el joven muchacho tiritaba de frío y entorpecía la marcha con sus sollozos cada vez que el padrastro le empujaba a trompicones o le profería insultos amenazantes mientras le encañonaba. Sobre sus cabezas, los rebecos saltaban con agilidad entre las peñas y el hombre escudriñaba a su alrededor, inquieto, pues había que guarecerse antes de que la noche cayera. El muchacho ahogaba en cada gemido el recuerdo de su madre apuñalada y malherida, no soportaba los ataques repentinos que cada vez con mayor frecuencia acosaban a su tío y lo transformaban en alguien temible, peligroso. Esta vez, sin embargo, el calibre de la fechoría había sobrepasado todos los límites de la agresividad calculada. El joven se quejó del antebrazo después de que el padrastro lo arrastró para que avanzara, sollozó de frío y miedo. Se agachó para anudarse los cordones del calzado, pero le resultaba difícil articular los dedos. La niebla le empañaba también los ojos, sólo al levantar la vista se apercibió del impacto de la enorme roca despeñada sobre su padrastro... Hombre y piedra se sumieron en sorda caída precipicio abajo.
No fue hasta la mañana siguiente que el muchacho hizo acto de aparición en el lindero del bosque. Otra vez la cabaña de Marlon era un hervidero de agentes, la prensa acordonada disparaba sus flases al paso del joven envuelto en mantas. El comisario celebró el rescate ante los micrófonos, luego se volvió hacia el trampero:
-...No puedo agradecerle precisamente su cooperación.
Marlon no se inmutó, sin dejar de atusarse la barba, señaló hacia la cima...
-Ya se lo advertí, es ella la que decide...
Ambos dirigieron su mirada hacia las cumbres, coronadas de un halo neblinoso presidían el techo del valle. Desde su cetro de roca custodiaban una ley antigua nunca revelada, sólo conocida por las diosas del lugar...

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