sábado, octubre 20, 2007

TRUENO DE AGUA

    Mi nombre es Trueno de Agua, me llamaron así porque de joven una gran tormenta cambió el cauce del bosque y, debido al corrimiento de tierras que originó, mis raíces fueron a parar a lomos de una enorme roca sobre la pendiente que cae al río. Sin embargo, confinado en aquel risco, las ramificaciones más intrépidas de mis raíces hallaron el suficiente sustento para seguir creciendo y, aunque condenado en altura por el saliente de piedra que me obligó a crecer en sentido oblicuo, contemplo desde mi otero al resto de convecinos que habitan y gozan del borde florido del río. Ellos son hermosos, de tallo recto y liso, y sus hojas de un verde luminoso que se transparenta dorado cuando les baña la luz del sol. Desde lo alto los observo con resignado celo, nunca preguntaron, tal vez ni se apercibieron de lo que había a sus espaldas, pues tan entretenidos andaban en contemplar el reflejo de sus esbeltos cuerpos en el espejo del río. Su gesto indiferente aún les hacía parecer más elegantes y, a cual más engalanado, competían por destacar en arrogancia por destacar en arrogancia.
   Los inviernos en la pared rocosa eran duros y fríos, y no dejaban de serlo durante el verano húmedo y sombrío, tan solo aliviados por el colorido exuberante de las ramas que poblaban aquella margen privilegiada del río. Incluso, los cazadores se apostaban entre sus gruesos troncos para lanzar sus despiadados disparos contra los grajos o cualquier otro ave que se refugiaba en el risco. La piel áspera y rugosa de mi tronco también guardaba cicatrices como recuerdo de algunos de ellos. Aprisionado entre las escarpadas rocas, mi aspecto tosco y retorcido no alegraba precisamente la vista, ni siquiera otro cataclismo natural podría poner fin a tal desconsuelo al que en ocasiones me sumía, acrecentado por la cercana presencia de árboles tan bellos. Condenado tan solo a eso, a refugio de alimañas o de algún que otro pájaro huidizo, deseé con fuerza que aquella maldita tormenta hubiera acabado bien del todo su trabajo... Pero fueron los cuervos. Ellos me sacaron del estado absorto en que me encontraba. Cuando los pájaros negros huyen es que algo extraordinario va a suceder. Y no se hizo esperar... Sonó como una cascada por encima de las copas de nuestras cabezas, el bosque entero alertó sus troncos, incluso hasta los más esbeltos de la orilla tensaron cada una de sus ramas para entender el origen de aquel estruendo. Sí, aquel ruido semejaba a un trueno de agua que arrollara todo a su paso... Sonreí con ironía al descubrir la expresión, un trueno de agua... Pero duró poco la sonrisa, al igual que la belleza en el rostro de mis árboles hermanos que, con horror, observaron la ola de agua y lodo que se avecinaba contra ellos. Uno a uno, fueron doblándose y cayendo al lecho torrencial del río, ahora desbocado, que con furia se los tragaba, implacable. Se llevó la primera hilera que bordeaba lo que antes fue orilla, también se llevó la segunda y tercera fila de los árboles más altos y ensanchó su cauce fatal hasta una cuarta hilera, la más próxima al pétreo acantilado. Desde arriba contemplé la tragedia con estupor y una gran pena me hizo encoger aún más. Toda la humedad de la roca que me dio el sustento se transformó en lágrimas y lloré. Lloré por los que antes estaban, aunque nunca preguntaron, pero lloré por ellos. La riada se llevó sus cuerpos hermosos, el gesto brillante de sus hojas vivas, la elegancia de sus ramajes y la faz altiva que apenas unos instantes les adornaba. Desaparecieron de súbito corriente abajo, entremezclados y rotos, sucios de lodo hasta las hojas. El lecho del río extendió sus dominios hasta donde antes ellos habitaron y ese recuerdo se convirtió en otra cicatriz más que añadir a mi maltrecho pesar. Es inevitable recordar cuando pendiente abajo escucho las aguas del río chocar contra las rocas de la pared donde sobrevivo.
   Más arriba sé que el bosque continúa, me lo contó un búho. En una noche de luna me habló de las altas copas que pueblan la meseta y de la leyenda que entre ellos circula, dicen que entre la montaña y el río un trueno de agua intercede por ellos, velando por su permanencia. Aquí, en este lugar tan solitario, no hay otro consuelo que la visita del grajo o los milanos, a salvo por fin de los cazadores. La temporada pasada anidó una pareja de águilas, la misma que ahora regresa a hacerme compañía. Eso es lo que significa Trueno de Agua, todo lo que sucede tiene una razón de vida.



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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

viernes, octubre 05, 2007

MÁS QUE UN JUEGO



Si le llamaba ahora le molestaría, lo sabía. Se acercó al ventanal y sacó el teléfono móvil de su bolso, movida por un impulso espontáneo de despedida. Su figura desnuda se recortaba al trasluz de las cortinas y el tenue reflejo moldeaba sus contornos redondeados. Así la encontró Bruno al salir del baño, le pareció sublime, encantadora y, desde atrás, abrazó su cuerpo menudo en un gesto amoroso de protección.
-¿Qué haces? ¿a quién llamas?
-...¡Iba a comprobar si tenía llamadas! –ella se dejó besuquear en el cuello, mientras volvía a colocar el teléfono en su sitio.
Él siguió aferrado a ella sin cesar en sus arrumacos cariñosos y Vera se dejó mecer, quizás en exceso pensativa... Bruno aprovechó para retomar la conversación iniciada en la sobremesa:
-Díme, Vera, ¿lo has pensado ya?
Ella se giró, entregada aún entre sus brazos, y le miró a los ojos antes de hundir el rostro en su pecho. De nuevo volvió a mirarle cuando él la empujó con suavidad hacia el lecho...
-¡Bruno! ¿...otra vez? ¡Oh, Bruno!
Ambos rieron entre susurros y besos al tiempo que rodaban entremezclados con las sábanas revueltas.
Bruno era algo más joven que ella, aquel ejecutivo italiano venía demostrándole su fogosidad desde hacía varios años, cada vez que sus gestiones de negocios le traían al gélido invierno de Praga. Ella no era precisamente una mujer fácil, pero nadie mejor que una señora casada para conocer los motivos que la indujeron a dar el paso y convertir la habitación de aquel hotel en mudo testigo de sus apasionados encuentros. Hacía algún tiempo que había dejado de considerar sus casi veinte años de matrimonio y hoy, que se cumplía otro aniversario de boda, ni siquiera su propio marido se había acordado.
Para Nikolai Zabielin sólo existía una pasión: las paredes de su casa estaban plagadas de su huella con las fotos enmarcadas de sus eventos más destacados; las estanterías de su biblioteca rebosaban de numerosos volúmenes, auténticos tratados de ajedrez, manuales de estrategia, algunos de ellos con las jugadas maestras subrayadas; una vitrina en el salón mostraba los variados trofeos, nada espectacular sino pequeños premios de un aficionado, un buen y concienzudo aficionado que ponía los cinco sentidos y uno más en su juego predilecto.
Al principio, Vera le acompañó a las concentraciones, mientras fueron novios; aquella afición le venía desde la infancia y ella lo admitió como una parte integrante de su vida cuando se casaron. Después, los niños no llegaron, tal vez alejados por el enjudioso celo que su marido volcaba en aquel juego, ahora transformado en obsesivo y, así, se fue distanciando. La señora Zabielin no estaba dispuesta a compartir con aquel tablero de ajedrez su vida.
Nikolai no era mala persona, no, Vera le había querido. Pero los enfados se sucedieron cada vez con más violencia cuando regresaba tras una derrota y, cohibida por la tensión, ella llegó a temerle. Le tenía prohibido llamarle o distraerle la fecha de la competición y aquella mañana, como en anteriores ocasiones, el señor Zabielin marchó pronto para evitar interferencias que pudieran distorsionarle o distraer su concentrada atención en la partida. Era consciente de su nivel intermedio, lejano de las renombradas figuras que idolatraba; estudiaba las tácticas de los grandes en sus libros hasta aprenderlas de memoria, pero mantener aquel status suyo del montón requería de toda su exclusiva dedicación. Hasta ahora no había evolucionado del puro juego por placer de los comienzos en el colegio o en el bar al de los torneos municipales, por ello era tan decisivo el encuentro de aquella fecha que representaba el salto a la categoría interregional. Por ello mismo le pasó desapercibido un año más la celebración de su aniversario, aunque Vera tampoco le hacía ya hincapié sobre estos detalles. Además, ella no le beneficiaba con sus atenciones, si le notaba preocupado le atosigaba con obstinada insistencia porque se relajara y no lograba en él sino el efecto contrario, así que optó por centrarse en lo suyo, era mucho lo que se jugaba.
Sin embargo podía darse por satisfecho porque en aquella velada le tocó una jugada similar a la transcrita en una de las fases de un afamado certamen internacional que acabó por aprender de tanto tratar de descifrar. Sabía de cada movimiento y de las probabilidades de acierto en cada caso; rezó para que su oponente no optase por la pieza retrasada y, para su regocijo, así ocurrió con lo que rubricó el final con un jaque mate perfecto.
Regresó henchido de orgullo con el trofeo y una nueva categoría que defender, ávido por retomar el libro donde enfrascarse de la jugada que le había otorgado el éxito en aquella jornada. Cuando entró en casa llamó a Vera, sin obtener respuesta. Pegada al espejo del recibidor encontró una nota firmada por ella: “Salí a por tabaco”. Se dirigió como un autómata hacia el salón, abrió la vitrina y posó la copa del trofeo; luego buscó entre los manuales de ajedrez hasta dar con el que contenía la jugada que le valió el triunfo y, sonriente, lo releyó una y otra vez, ensimismado. De pronto a Nikolai se le nubló el gesto. Algo no encajaba... Cerró despacio el libro mirando al techo: Vera no fumaba...
Pero Vera volaba ya hacia Trento, acabó por aceptar la proposición de su amor italiano que, a pesar de estar sujeto en el asiento de al lado, le besuqueaba el rostro propinándole carantoñas que apenas lograba sofocar entre risas y susurros:
-...¡Bruno! ¡Oh, Bruno!
¡ SALUDOS, AMIGOS/AS !