viernes, noviembre 23, 2007

LOS ACANTILADOS



No era un lugar muy frecuentado, de ahí su encanto a pesar de lo accidentado del acceso. Sin embargo la vista panorámica que ofrecía era digna de disfrutar. Desde arriba, ellos no se perdían ni una sola puesta de sol y si empeoraba el tiempo también le encontraban el lado atractivo, fieles a su cita diaria del mediodía el más mayor recordaba épocas pasadas mientras los más pequeños escuchaban con atención. Uno de los ancianos se sumó a la reunión con la avidez de rememorar su historia preferida...
-...Pues sí, ese faro que veis ahí abajo abandonado lo construyeron antiguos prisioneros, fue su castigo de guerra. Podéis contemplar las huellas que los cañones dejaron en alguno de los acantilados, sin ir más lejos la Peña del Nido quedó truncada en una de aquellas contiendas. Los hombres esculpieron uno a uno cada peldaño que baja desde la costa, era necesario salvar el desnivel para construir este faro que tenemos debajo nuestro. Yo mismo pude contemplar entonces cómo alguno de aquellos hombres cayó al mar, a veces incluso se tiraban ellos mismos, locos por escapar de tan negro porvenir. La muerte entre los arrecifes era más deseable que su triste destino de encierro.
-...¡Debe ser horrible no volver a sentir la brisa ni el batir de olas! -enfatizó uno de los más jóvenes.
El vuelo rasante de una gaviota les sacó del concentrado interés que había adquirido la conversación, era un aviso. En efecto, al poco se dejaron escuchar las voces animadas de un grupo de colegiales que descendían por la escalera del acantilado, algo arriesgado quizás para sus endebles pies, pero sin duda una excursión programada con éxito para descubrir las maravillas de la naturaleza costera. Los cuidadores no escatimaban en precauciones para mantener ordenados a la tropa de jóvenes que, a la vez que bajaban los escalones se distraían en observar y apuntar con el dedo a cada roca, cada gaviota o árbol de curiosa forma o extraña ubicación, que llamaban su atención.
La paz del lugar se tornó de repente en un jolgorio de risas y chillidos. El tono estridente de alguna de las niñas asustó hasta a las gaviotas, que se elevaron presurosas sin cesar de advertir a sus convecinas. Desde lo alto, contemplaron impasibles el barullo de aquella invasión de turistas...
-Se nota que llegó el buen tiempo... -acertó a replicar el anciano, interrumpido en lo mejor de su historia- ¡Habrá que empezar a acostumbrarse a esto otra vez!
Abajo, los excursionistas se agolparon junto al faro semiderruído, sin sospechar que eran observados. Los gritos de los niños crecían en desconcierto, hasta que los cuidadores dieron la orden para sentarse en torno al viejo faro y comenzar la merienda. Hasta lograrlo pasó un largo rato de tensión e impaciencia desbordada. Luego, tan atareados andaban en hincarle el diente a sus bocadillos que, por unos breves instantes, pareció regresar la calma a los acantilados, tal vez excesiva para los nuevos visitantes, más acostumbrados al bullicio que al hondo silencio de los lugares inhóspitos. No tardaron, por tanto, en volver a las andadas, primero con canciones en grupo, luego incorporando bailes a los que con dificultad acompasaban de histéricas risotadas forzadas. Una de las cuidadoras tuvo la feliz idea –bien acogida al principio- de iniciar una ronda de chistes y acertijos con el fin de mantenerles al menos sentados en un sitio fijo y acabar así con las peligrosas cabriolas al borde del acantilado. Pero pronto derivó en una exhibición de lenguaje soez y desagradable. El resto de cuidadores cambió entonces de estrategia a fin de reconducir la energía descontrolada de su alumnado y poner fin a los improperios. Al fin dieron resultado sus pretensiones y el turno de juegos trajo al menos una algarabía más pausada, influída también por la fatiga de algunos de los muchachos que no habían cesado desde su llegada de gritar y brincar. Una de las pequeñas se dirigió al grupo a voz en grito:
-¡Mirad! Esa roca parece una cara... ¡Sí, mirad, la he visto reírse!
Todos prorrumpieron en sonoras carcajadas burlándose de la desatinada imaginación de la chiquilla...
-...Sí, sí... ¡Y allí otra! ¿No veis que tiene la boca abierta?
La burla se extendió como la pólvora, a cada instante más carente de gracia; al desternillante ambiente de antes le sucedió un insoportable recelo que se escapaba así de las manos e intenciones de los apesadumbrados cuidadores. La velada había sido más que suficiente y otra vez revueltos, raudos, se dispusieron a iniciar la marcha de vuelta no sin la consabida complicación de aunar en fila a toda aquella desbandada de niños inquietos, si cabe ahora aún más pesados ya que acusaban las secuelas del cansancio y el aburrimiento. El enfado en la despedida llenó el enclave de lloros e insultos, los cuidadores intentaban poner las paces entre los puñetazos y empujones con amenazas de castigo, agobiados por tanta impotencia ...
-Sí, mira aquella roca... Parece la nariz de una bruja... -insistía la pequeña ante la indiferencia del resto.
El grupo de niños siguió la inclinada ascensión de regreso por los escalones del acantilado entre risas y llantos y, a lo lejos, se fue perdiendo el rumor de voces hasta terminar por desaparecer del todo. El anciano no pudo evitar recriminar a los turistas el mal sabor de tarde que le habían dejado...
-No sé si me acostumbraré a esto alguna vez...
Otro de los jóvenes, que observaba la situación desde arriba, animó al viejo para que continuara con su historia, pero el mayor les mandó callar:
-Shsss... ¡Parece que vienen! ¡Poneos serios!
Una de las cuidadoras había bajado de nuevo hasta el acantilado. Su mirada se dirigía nerviosa por cada esquina, deambuló un rato alrededor del faro, por los sitios donde antes había acampado la excursión hasta dar con la mochila extraviada. Luego, sin dejar de lanzar esporádicas y desconfiadas miradas sobre las rocas, se apresuró en volver en pos de los niños.
La tarde ahora se vestía de dorados reflejos que el sol poniente pintaba en los acantilados. Las sombras del crepúsculo se proyectaban entre las rocas dando la sensación de que se alargaban, parecían moverse...
-¡Vaya pandilla de desalmados! ¡Prefiero a las gaviotas! -gruñó la gruta abierta, que mostraba restos de papeles y plásticos amontonados en su entrada.
...Los acantilados jóvenes no dejaron de reírse, mientras la noche extendía sobre ellos el mismo manto oscuro que venía empleando desde hacía siglos.

¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

sábado, noviembre 17, 2007

PUÑAL SIN NOMBRE



El grupo de jinetes contemplaba el poblado desde lo alto, parapetados tras las peñas aguardaban la más leve señal con el aliento contenido y las manos cerca de las armas. El vigía blandió los brazos juntos de un lado a otro y volvió a repetir el movimiento, justo lo que estaban esperando... Buenas y malas noticias. Una patrulla romana se acercaba desde el sur, tranquila y ajena a su presencia; la buena era la llegada de Fronto, de la tribu de los corcontois y cabecilla cántabro. Cuando se unió al grupo de guerreros sus miradas fieras hablaron en crudo silencio...
-El chico lo hará...
Apostados en las rocas no tardaron en divisar la delgada columna de humo que se elevaba horizonte arriba. El poblado ardía, aún antes de que el ataque romano hubiese comenzado, antes de que al igual que a las tribus vecinas de Vadinia y Moroica les hubiera llegado el turno de ser conquistadas. Eran demasiado orgullosos para tal tipo de humillación, era preferible morir antes para eso.
En el poblado sólo quedaban los viejos, las mujeres y los niños, inservibles para morir luchando. Por eso el muchacho no trató de comprender cuando su padre le conminó a matarles antes de que cayeran en manos enemigas y, con el puñal que momentos antes le había entregado, cumplió la orden sin escrúpulos. Sus hermanos pequeños, menores que él, también encontraron el final de sus días en sus manos. Luego, ágil y certero, prendió las cuatro esquinas del campamento hasta que la densa cortina del humo le obligó a salir. Sin embargo no obedeció del todo la orden y escapó monte arriba, hacia el bosque, en vez de arrojarse al precipicio.
Esta vez el vigía, en cuclillas, juntó los brazos hacia el suelo al tiempo que se agazapaba...
-¡Maldita sea! -farfulló el rudo Neco al comprobar que la patrulla romana había ya descubierto el fuego y que el joven muchacho ascendía la pendiente a su encuentro...
Los guerreros prepararon los dardos cuando los soldados pasaron bajo sus pies a rápido galope. El muchacho corría tan absorto en la huída que no se apercibió de la patrulla ni del centurión romano que se desvió para capturarlo. El centurión reía en voz alta con el muchacho agarrado bajo el brazo como un vulgar cerdo mientras pataleaba. Neco sujetó el brazo de su hermano Sica, al lado suyo, dispuesto para asaetear al romano...
-...¡Espera!
El oficial romano se había quedado rezagado de la patrulla y, sin dejar de reír, concentraba todos sus esfuerzos en domar el ímpetu de aquella incómoda fierecilla que amenazaba con tirarles a ambos de la montura. La risa cesó cuando tocaron el suelo en sorda caída, al romano se lo impedía el puñal que le entró por la estrecha abertura entre la coraza y el cuello. Luego, el chico se hizo de la cabalgadura y galopó raudo hacia las peñas.
El grupo de guerreros cántabros lo recibió en corro. La expresión urgente de sus rostros hacía inútiles las palabras, el chico se lo había ganado a pulso y, a un gesto tosco de Fronto, se pusieron en marcha. Llevaban años padeciendo los estragos de aquella dominación, aunque tampoco antes les faltaron otras, siempre guerreando, no era eso de temer para ellos. Nunca toparon con un enemigo así, tan organizado y numeroso, que no cejaba en reintentarlo y que estaba logrando sacarles de sus territorios. Ellos que siempre habían sido la pesadilla de sus tribus colindantes, que asaltaban sus cosechas y ganados, probaban ahora el áspero sabor del pillaje en su propia carne. La afamada estirpe guerrera que tanto les acompañó y traspasó fronteras se veía ahora condenada por el peso de su propio renombre. Ellos mismos habían tenido que dar muerte a sus mujeres y ancianos, convertidos en verdugos de sus familias y de sus tribus, ellos mismos habían incendiado sus propios castros, habían visto a otros guerreros tirarse al vacío desde las rocas, prenderse fuego o envenenarse con el dios Tejo, todo antes que vivir rendidos o derrotados. Antes era morir luchando , ahora huían...
Las noticias que traían los dos vigías obligaban a tomar nuevos rumbos. Hacia el interior vislumbraron grandes huestes romanas en movimiento que se desplazaban hacia el noroeste, tal vez una o varias secciones de la gran Legión Macedónica que se asentaba al otro lado de la cordillera. Además, debían evitar atravesar los terrenos de los Turmogos con quienes habían batallado en otras ocasiones, pero ahora sometidos al yugo invasor. Ellos que convirtieron su nombre en sinónimo de temor con solo pronunciarlo contemplaban impotentes el inútil derroche de tanta sangre valiente... Allí, al borde del desfiladero, el caudillo tomó la decisión de separarse, unos sobre los montes, otros a través del valle y las cañadas. Sabía lo que aquella decisión representaba, significaba el fin de su hegemonía, morir luchando lejos de sus fronteras, pero antes ya estuvieron en otras contiendas, él era un veterano que estuvo en Numancia y ese era su hogar, la guerra...
El muchacho asintió a la jaculatoria del jefe:
-...Ahora tu nombre es Corocotta. ¡Vendrás conmigo!
Antes de despedirse aquella veintena de cántabros entonó y danzó sus cantos ancestrales, después se fundieron con la oscuridad donde vigila el búho y acecha el oso.

¡SALUDOS, AMIGOS/AS!