viernes, diciembre 26, 2008

EN CIERTO SENTIDO

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Me di cuenta desde edad temprana, pero el primer recuerdo databa de apenas cumplidos siete años. Había olvidado el regalo de cumpleaños en la habitación de mis padres y, a medianoche, me entró la imperiosa necesidad de tenerlo entre mis dedos. Aquel soldado articulable era una especie de mascota y, desde mi cama, fui el primer sorprendido al comprobarme observando el dormitorio contiguo con toda clase de detalles. Ellos dormían a pierna suelta mientras, asombrado, recorría cada rincón de la estancia, escudriñando todos los pormenores, hasta dar por fin con el juguete, posado sobre la silla.
Años más tarde, en el Instituto, tuve una experiencia singular con la profesora de idiomas, una mujer de porte elegante que compaginaba perfectamente con aquel obsesionado interés suyo por la correcta dicción. No dejaré de reconocer que su atractivo repercutía en los maleables moldes de un muchacho en pleno proceso de desarrollo, vamos, que me gustaba. Quizás influido por ello, por sus maneras o por el perfume y la exquisitez de ropas con que se ataviaba, en una ocasión, pude contemplarla también durmiendo junto a su pareja, un señor gordinflón de acicalada barba. Su dormitorio, de aspecto pulcro, respiraba un aroma de esencias. Acabé el curso con la mejor puntuación en su asignatura y, además, con la felicitación de la propia profesora, sí, una perfecta señora. Para entonces era ya consciente de que podía entrar en otros sitios, aunque sin saber muy bien lo que hacer una vez allí; me fascinaba poder contemplar el lugar, los objetos, los gestos imperceptibles del rostro o los movimientos del cuerpo. Había aprendido a moverme, superado el desconcierto inicial. Podía ver mis manos y escuchar, pero resultaba imposible tocar nada, siempre que lo había intentado había terminado por despertarme de forma brusca y sudoroso, así que opté por el disfrute inocuo de la situación. Posteriormente, me fue de gran utilidad para el trabajo la información proporcionada por tan particular habilidad… Recuerdo a aquella directora general que no hacía sino extorsionar los esfuerzos de sus empleados, con la velada amenaza de que un hogar que se precie semejaba los mismos sacrificios que la empresa. Sin embargo, mis sospechas iban cobrando forma pues nunca logré introducirme dentro de su alcoba. Aquella mujer nunca durmió acompañada y, tras su caparazón, debía de sentirse de verdad sola.
Con el paso de los años he ido adaptándome a los misteriosos caprichos a los que me somete esta extraña percepción, pues nunca soy yo quien decide el momento o con quién experimentarla. Desde mi cama, como si estuviera dormido, puedo presentarme en otros lugares a millas de allí y observar aspectos inverosímiles de gente, casi siempre cercana a mí por algún motivo desconocido, aunque revelador.
El nuevo Gerente se incorporó hace un mes en unos cruciales momentos para la Compañía y, para mí, necesitado de esa normalidad, capaz de alejar cualquier nubarrón de incertidumbre, sobre todo ahora que acababa de firmar la hipoteca de la nueva casa. Quiero dar a Lena y a nuestro hijo, Tomy, unas comodidades mejores y bien merecidas. Con esa intención, la noche anterior estuvo de invitado en la casa estrenada y de la que me siento tan orgulloso. El nuevo Jefe se despidió a medianoche, había tarea acumulada que adelantar al día siguiente. Pero de madrugada, sin proponérmelo, me introduje en su dormitorio… Jadeaba entrecortado, a pesar de ser joven. Observé el rostro de la mujer de melena rubia que descansaba a su lado, algo mayor que él; las ropas descansaban esparcidas por el suelo sin orden ni concierto… Volví a acercarme a la mujer y, horrorizado, comprobé que se había convertido ahora en una morena, más joven que la anterior. El Gerente resoplaba en camiseta de tirantes, el pijama, arrugado a los pies de la cama, cayó al suelo cuando dio media vuelta… Desperté inquieto, al intentar jalar de la manta, cuando descubrí que la mujer acostada era ahora otra distinta, de pelo castaño corto, que resoplaba casi más que él… Quise advertirle, pero algo no me dejó.
A la mañana, en el desayuno, Lena opinó sobre las incidencias pasadas…
–Se notaba que lo hacía por cumplir, aunque espero que quedase contento.
Sin embargo, fueron las palabras de Tomy las que acertaron a despejar las dudas en cuanto abrió la boca:
–…¿Pero cuántas mujeres tiene ese hombre?...
Su pregunta me dejó perplejo, mientras la madre ignoró la aparente incongruencia. Tomy es un buen muchacho, deportista, está creciendo fuerte; quizás deba estar más cerca de él, ahora que su formación es tan decisiva. Algo me dice que, digno de su padre, aunque nunca antes lo hayamos comentado, en cierto sentido, nos entendemos.

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sábado, noviembre 08, 2008

CAPRICHO DEL DESTINO



Desde cubierta la costa descubría la belleza de su misterio oculto y, en la orilla, se arremolinaban gentes en inquieto ajetreo, asustados ante la visión de tan magnífico navío, nada igual para ellos contemplado antes. Unos recogían las sencillas canoas con avidez, tal vez temerosos de perderlas, otros corrían a esconderse tras la vegetación frondosa, hombres y mujeres ataviados de colores chillones, empujaban a los niños hacia la espesura, mientras algunos señalaban con gestos de asombro el paso de la nave, impávidos, sin ocultar sus cuerpos desnudos.
En la popa, un grupo de escoceses comenzó a hacer gestos obscenos mientras vociferaban, entre carcajadas. Los españoles contemplaban el espectáculo que se abría ante sus ojos, les habían prometido riquezas y toda suerte de bienaventuranzas en un nuevo mundo que nada tenía que ver con el paraíso, según iban descubriendo cada día a fuerza de dura lucha. Llevaban varios meses desde que embarcaron en que habían conocido en propia carne el hambre y la enfermedad, la furia de los elementos y la crueldad de los indígenas en claro intento de defenderse de los que consideraban sus invasores. Así y todo, la esperanza de realizar su sueño en una tierra sin explotar donde podrían erigirse en propietarios y construir su proyecto de vida era acicate suficiente para seguir adelante, a pesar de las contrariedades que se iban encontrando. No todo era como se lo habían prometido, costaba avanzar camino cada jornada, pero esa fe les mantenía, además, ya no había vuelta atrás. Aquellos momentos en que podían permitirse divagar con los pormenores de su sueño constituían un remanso y el único consuelo con que afrontar la incierta misión del día siguiente.
-Dicen que vive con ellos en su tribu, dentro de la selva... -dijo el joven soldado sin quitar la vista de las mujeres que en la playa dudaban entre ocultarse o permanecer.
-Yo también lo oí en Cuba. Por lo visto se ha convertido en su jefe, va vestido como ellos y habla su idioma -le contestó su compañero, un corpulento extremeño de mandíbula cuadrada-. Creo, además, que tiene un harén entero de nativas vírgenes a su disposición, ¡para elegir a placer...!
Ese tipo de leyendas era precisamente lo que se extendía rápido y calaba hondo en sus mentes castigadas. No hacía demasiado tiempo sabían del regalo que recibió Cortés de los indígenas, aquellas veinte jóvenes indias que, en un detalle de auténtico estratega militar, cedió a sus principales lugartenientes. Resultaba imposible no desear algo así, aunque si algún día conseguían tener su propia hacienda una de aquellas indias podría ser una buena madre, eran fogosas y trabajadoras.
Un soldado francés gritó algo ininteligible y todos rieron con estrépito. Eran demasiados días de navegación y los hombres no podían remediar tanta carencia, así que aquel paseo costero era un pequeño desahogo con el que se contentaban antes de entrar de lleno en el fragor de la batalla.

Lejos de allí, hacia el interior de la selva, los poblados seguían intentando armonizar sus hábitos cotidianos con los rumores del empuje colonizador que, además de inquietarles, alteraba al mismo tiempo las guerras con los otros poblados vecinos. En una de las incursiones que hicieron contra los demonios extranjeros consiguieron hacerse con algunos prisioneros, eran unos expertos en esa estratagema, después los sacrificaban fieles a su costumbre... Aquel castellano contempló entre vómitos de repugnancia cómo uno a uno sus compañeros fueron torturados sin escrúpulos y sus entrañas ofrecidas al viento. Aún hoy no sabía qué es lo que le mantenía vivo entre aquellos salvajes, tal vez fue Dios que así lo quiso o tal vez el capricho de aquella hija del sumo sacerdote que volcaba en él todas sus apetencias sexuales, o quizás se lo debía a su cabello rubio. Lo cierto es que se lo pedía a Dios, rezaba hasta en náthual y, gracias a su facilidad para los idiomas, algo debió de decir que sentenció al menos temporalmente su final inmediato. Habían pasado ya dos años desde que fue capturado, lo anotaba en la corteza de los árboles que circundaban la tribu, cada siete días ponía una cruz, era demasiado tiempo sin porvenir. Pero no lo había desaprovechado, aprendió la lengua que hablaban y se hacía entender, no con todos pues no era bien aceptado por la mayoría, pero las influencias de la joven nativa se hacían notar. Su instinto le obligó a integrarse y, mientras se lo permitieran, adoptó también sus diminutas ropas, mientras entonaba sus cánticos rituales. Adornaba su frente con sus pinturas, que ella, enamorada, se deleitaba en trazar al tiempo que repetía su nombre:
-Aloonso, Alonso...
Aquella tarde, sin embargo, un taimado guerrero entró a la cabaña y lo sacó en volandas, aprovechando la ausencia de su amada india. Un grupo de secuaces le acompañaba en jalearle, deseosos de acabar con aquella anómala situación. Casi le tenían tendido sobre la piedra del altar en lo alto de la gran pirámide cuando la hija del sumo sacerdote se abalanzó sobre él, cubriendo su cuerpo para protegerle. El murmullo de las gentes que observaban se apagó cuando el sacerdote les dio la espalda, frente al Chac del Este y se alejó en silencio.
Esa noche en la cabaña, DosPlumasDeJaguar le amó como tesoro de niña, con pasión de mujer y celo de madre, y se dejó amar... No era la primera vez que ocurría, había sido salvado de aquella muerte atroz que se llevó a sus colegas en varias ocasiones, demasiadas para llamar a aquello vida. Aquella tortura de no saber si otro día llegaría, sin saber cuánto más podría sobrevivir así, a merced del destino, esclavo de un capricho de amor...




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viernes, septiembre 26, 2008

ERA UN BOSQUE

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...Era un bosque, diríase que unido más que apretado, aunque de lejos semejaba una compacta masa arbórea. De cerca, sin embargo, era PaloAncho el encargado de marcar las diferencias. Todo el bosque parecía girar en torno a él, grave y serio, rodeado de convecinos que respetaban su edad. Fue AltoyDelgado quien dio la noticia. Se cimbreó ligeramente, agradecido a la brisa, para susurrar en las hojas de su compañera el mensaje que todos anhelaban compartir. Llevaban largas semanas expectantes por los acontecimientos. Nunca conocieron dos veranos seguidos tan largos, sin descanso ni pausa para sus fatigados troncos. Primero, comenzaba el humo levantando nubes redondas y cenicientas sobre sus copas. Luego, venían las despedidas de sus hermanos. El encinar de Loma Llana ya había desaparecido el año anterior. Y también el Robledal Centenario y las Hayas Bellas descarnaron, asomando solo sus puntas negras, la ladera de Montaña Blanca que ahora, desde el Acebal Solitario, temeroso, ofrecía su agreste tristeza al desolado paisaje.
Los eucaliptos se estremecieron nuevamente, unos con otros, alarmados por el oscurecido cielo, salpicados por el hollín, por el amenazante crepitar... TalloEsbelto abrazó el cuerpo de BuenaSavia, acurrucaron sus ramas, besándose. Contemplaron amorosos los brotes nuevos que nacían, verdes, y los retoños que a su lado ya crecían, juntos. Dejaron resbalar sus lágrimas sin piedad, sin compasión, irremediablemente. Y lloraron, lloraron ante el inminente final...
Tanto y tanto lloraron que al despertar de aquella mañana se dieron cuenta que llovía. Irremediablente llovía. La lluvia se había unido a su honda pena con su lamento de salvación. Los árboles lloraron y la lluvia caía...
Era un bosque, diríase que unido si uno se iba acercando...
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sábado, agosto 23, 2008

VENTANAS ENCENDIDAS

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La carretera que atraviesa Corvel secciona al pueblo con su trazado recto y deja ocultos, a ambos lados, las calles frías de este remoto puerto de montaña donde sólo el humo de las chimeneas parece dar señales de vida.
Pero para nosotros era distinto, nacimos allí. Dimos los primeros pasos y los primeros gritos entre sus calles polvorientas, de espaldas al tumulto, en la plaza de piedra donde las madres y los niños, siempre escasos, se citaban en consolador centro de reunión. Crecimos al amparo del bosque de mata baja, duros y sórdidos, y entre las peñas abruptas de aquellos roquedos inventábamos juegos propios de una infancia como las demás. Era un juego como otro cualquiera, la vara de un avellano o la vieja cachava de fresno a modo de improvisado fusil servían para entablar controvertidas batallas en el paisaje aislado del páramo o en la vuelta de la esquina, junto a nuestras casas. Dan y yo crecimos así y fuimos los únicos que, desde las desvencijadas aulas de la antigua escuela llegamos también a compartir los barracones del campamento en el ejército.
Al entrar en Corvel, la primera casa que uno se encuentra es la de Dan. Puedes pasar cientos de veces delante del pueblo sin encontrar nada de particular en su cuadrado armazón, revocada de blanco, con sus dos enormes ventanas asomadas a la carretera infinita. Pero para quienes hemos vivido allí, las dos ventanas iluminadas representan no solo la llegada de la media tarde sino la íntima certeza de que estamos en casa, en Corvel, nuestro hogar. Más adelante, algunas de las misiones militares a las que fuimos destinados sirvieron para estrechar más aún nuestros lazos y, además, para perfeccionar aquella técnica nuestra que empezó como un cómplice juego infantil. Era una de nuestras estrategias preferidas... Mano abierta en alto y cuenta atrás, el pulgar dentro y el puño al pecho! Era la señal convenida para que la patrulla saltase por sorpresa sobre la trinchera sin cesar de ametrallar al enemigo desprevenido. Constituíamos una unidad de choque de primera línea, experta en abrir vías de avance a las tropas allá donde lo complicado de la situación lo impedía y Dan era todo un veterano en estas lides.
Fue hace algunos años en el oriente asiático, formábamos parte de la avanzadilla y, parapetados a lomos del refugio enemigo, debíamos eliminar el fuego artillero que martilleaba el único acceso a la pista de tierra, arteria principal que permitiría el aterrizaje de nuestras tropas. En el campamento enemigo los soldados se relajaron en el puesto al caer la tarde, se acercaba el momento idóneo para el ataque. Un silencio tenso precedió la espera hasta que, como oficial responsable, alcé el brazo en alto con los dedos extendidos... Tres, dos, uno y el pulgar al pecho! Como en otras ocasiones, Dan saltó con el arma en ristre sobre las cabezas de los distraídos soldados, pero su dedo no apretó el gatillo. Fueron tan sólo unas milésimas de segundo las que permaneció colgado en el aire con la mirada fija en el campamento, en las dos ventanas encendidas del puesto vigía que se cruzaron en su salto, pero suficientes para que su cuerpo cayera muerto, acribillado por el precioso tiempo de una duda. No lloré, no podemos hacerlo quienes cuajamos todas las lágrimas en un disparo, pero recuerdo su rostro plácido, su semblante feliz de niño. Yo sé con lo que se topó en aquel salto, Dan vio las ventanas de su casa de Corvel... Aún hoy no puedo evitar un estremecimiento al recordarlo.
Los años transcurridos y los méritos otorgados me llevaron a desempeñar mis funciones militares desde un despacho del ejército en la capital, no muy lejos de mi localidad natal, a donde suelo retornar con mi familia por vacaciones. Puedes seguir miles de veces la recta irregular que atraviesa el pueblo sin que nada te llame la atención... Pero cuando uno llega a Corvel, la primera casa con sus dos grandes ventanales iluminados te da la bienvenida y parece decirte que llegaste a casa...
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sábado, agosto 02, 2008

DEMASIADO DEPRISA


–¿Quieres hacer el favor de pararte quieto, Mike?... ¡Me estás poniendo nervioso!
Mike movía las piernas en el asiento de atrás, sin lograr encontrar acomodo; incluso Mollie, a su lado, se protegía con el codo de sus inquietos embistes.
–...¿Es que esta tartana no puede correr más deprisa? –gritó Mike, defendiéndose.
Llevaban toda la mañana dentro del vehículo, el espacio insuficiente y la fatiga hacían mella hasta en el más paciente. Tom, al volante, de carácter más templado, se giraba repetidamente con rápidas ojeadas hacia el asiento trasero, donde Mollie y Mike forcejeaban y discutían. Ella se recolocó la falda y se atusó la media melena rubia, al tiempo que recriminaba la intranquila actividad de su compañero de asiento...
–¡Si vuelves a pisarme te parto la cara!
En el asiento delantero, Willfred, el gordinflón, reía con estentóreas carcajadas, que acompañaba siempre con exagerados aspavientos al golpearse en las rodillas.
–¡Les hemos dado esquinazo, Tom, eres un campeón! –vociferaba entre una y otra risotada.
Mike debió de volver a las andadas, pues Mollie acabó por plantarle un sonoro bofetón, que no consiguió sino acrecentar las risas de Willfred.
–...Aprieta, Tom, ¡más rápido! –suplicó Mike, que se tapaba la mejilla enrojecida con el brazo.
–No, ahora no. Ahora toca esperar... –Tom sacó ese tono condescendiente que da la veteranía de erigirse en líder de la banda, lo que explicaba por qué era él quien manejaba el volante.
Desde la ventanilla, observaron la sucursal bancaria al otro lado de la calle. Era casi mediodía, y el ajetreo alcanzaba su punto álgido, el tráfico intenso inundaba la avenida central, y un continuo fluir de gentes se mezclaba con los ruidos y las luces intermitentes de los semáforos.
Mollie se fijó en el niño que surgió de la transversal, dispuesto a cruzar la calle en dirección al puesto de helados. En ese momento, el heladero recogía el carrito. Un vehículo apareció de súbito en la curva, cuando el semáforo aún no se había cerrado. Desde las ventanas, una pareja de ancianas se estremeció, mientras alertaban al chico... Mollie se tapó la boca con las dos manos, pero no pudo evitar se le escapara un grito.
–¿...Qué pasa? ¿por qué has tenido que chillar así ahora, eh? –increpaba Mike, molesto, intentando ponerse en pie, dentro del coche.
Willfred parecía haber tocado techo con sus carcajadas, y sólo emitía un resoplido entrecortado, del todo ininteligible. Tom devolvió la calma una vez más con su aplomo de jefe experimentado, sus palabras surtieron el efecto deseado, y todos regresaron concentrados a la realidad que les tenía allí reunidos:
–Mirad, ahí llega lo que estábamos esperando.
En la acera de enfrente acababa de aparcar una furgoneta blindada, como cada sábado último de mes, para recoger la recaudación del banco. Dos agentes uniformados se apearon en actitud alerta, vigilando hacia todos los lados, con movimientos mecánicos y rápidos. Uno de ellos portaba las sacas, mientras el otro no despegaba las manos del cinto. En actitud vigilante escrutaba entre los transeúntes como si pudieran adivinar quién podía convertirse en un peligro potencial.
–...¡Llegó el momento, muchachos! Estad preparados... –les conminó Tom.
–¿Tenéis todos las armas listas? –Will acababa de hacer la pregunta cuando Mike chilló histérico, desde atrás.
–¡No, ahora no! Vienen...
Tom pudo vislumbrar, desde el retrovisor, el automóvil de la policía que, lento, se acercaba hasta detenerse justo detrás de ellos. Las risas de Willfred se helaron y Mike parecía petrificado, inmóviles, cuando vieron descender del coche al policía y acercarse hasta ellos. El agente saludó, se asomó a la ventanilla y observó a los integrantes del grupo y el interior del coche...
–...¡Venga, chicos, ya está bien por hoy! Este no es sitio para jugar...
Casi al mismo tiempo llegaba la madre de Mollie, que desde el jardín había contemplado toda la maniobra.
–...Se lo tengo dicho mil veces, agente, pero no puede una descuidarse. ¡A casa, Mollie, sal de ahí!
Los cuatro chicos salieron asustados, serios, cruzando miradas de complicidad. Tom no dejaba de observar de soslayo al agente, que con los brazos en jarras, sonreía.
–Sí, señora, vendrán a retirarlo. Ya lleva aquí abandonado más de cinco meses.
Willfred infló los mofletes, intentando contener la risa, mientras Mike echaba a correr calle abajo, apresurado, por lo que pudiera acontecer. Mollie entró en la casa farfullando, delante de su madre, incómoda por su repentina aparición...
–...Vaya, mami, precisamente ahora que...
Tom se volvió hacia el policía con las manos en los bolsillos, encogiendo los hombros:
–¡No hemos hecho nada! Eso no anda.
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jueves, julio 10, 2008

¿DÓNDE ESTÁ EL HUMO?


 Era un caso sin remedio, Maggie no se lo perdonaría nunca... Primero la defraudó con su apego obsesivo al alcohol, luego pensó que las cartas le traerían menos problemas, al menos dejaría de sufrir los efectos de la resaca, pero ahí estaba ahora, a un paso de perder todo aquello por lo que había trabajado tan duro desde los comienzos. Era lo pactado, en la ocasión anterior también perdió y el desafío debía continuar, ahora se jugaba la casa y, según firmaron, había traído consigo las escrituras del chalet en el que vivían desde que se trasladaron del norte. Maggie y las niñas no tenían parte ni culpa en el embrollo en el que se había metido, pero pagarían las consecuencias de su insensatez. Rechazó la copa que le ofrecieron, quería poner los cinco sentidos en la partida que estaba a punto de resolverse y en la que apostaba su hogar contra nada... Además, debía mantenerse sereno pues tenía que regresar a casa o a lo que le quedase de ella a partir de ese momento. En los últimos quince días el fuego había avanzado peligrosamente hacia el pueblo y, a pesar de las advertencias de Maggie, esa noche se acercó en el coche hasta Tucson, desoyendo también las normas que la policía del condado extendía entre sus conciudadanos. Otros años también había habido incendios, pero esta vez se sumaron peligrosamente a la sequía que arrastraba el año. La semana anterior cayeron las poblaciones de Winslow y de Flagstaff, los incendios se estaban propagando ese otoño a velocidad vertiginosa, parecía cosa del diablo, nada ni nadie podía detener el avance arrollador de las llamas que crecían en altura y levantaban nubes cenicientas que obstaculizaban la tarea de los hidroaviones en su ataque aéreo.
Todo por la maldita obsesión de borrar la sonrisa sardónica del rostro del condenado Jackson, no soportaba sus bravuconadas y menos a costa suya, así que lo que comenzó como una apuesta fantasma se había transformado en un juego ruinoso, era más que posible que si perdía esa partida también se quedase sin Maggie. Ahora parecía tomar verdadera conciencia de que lo que había puesto sobre el tapete era su propia vida, ahora que unas cartas elegidas al azar decidirían el futuro de su destino más incierto.
Las risas de Jackson y sus matones resonaron en el local con un eco lúgubre cuando aquella escalera de color salió de la nada para desgracia del osado Lou. Ya no escuchaba los gritos ni la histeria de los ganadores, tampoco atendía las afrentas que al oído le susurraban los aliados del matón, no había nada qué hacer. Había perdido y, después de firmar el documento de cesión, entregó las escrituras de su propia casa al malnacido tahúr. Aquella derrota nada tenía que ver con cualquiera de las anteriores, aunque una a una le habían llevado hasta ese fatídico desenlace.
Cuando salió a la calle, los nubarrones algodonosos del incendio se elevaban por encima de las casas, aquello tenía que estar muy cerca del pueblo, pensó Lou. Cogió el vehículo y aceleró hacia casa, pero antes del cruce con Lordsburg ya estaba la carretera cortada por los camiones de bomberos que retrocedían ante la onda expansiva del calor.
-¡No es posible continuar, amigo! ¡Vuelva atrás, están desalojando el pueblo! ¡Atrás!
Lou no daba crédito a lo que estaba sucediendo, nunca imaginó que mientras él solo se complicaba la existencia el mismísimo infierno les estaba ganando la partida a todos. Retrocedió, pero tomó la desviación por Bisbee, conocía a fondo esa ruta de montaña, a pesar del mal estado del firme le llevaría casi a lomos de su propio jardín, se trataba de un antiguo camino vecinal ya en desuso, pero sin mayores dificultades para su todoterreno. El humo se apoderaba de cada tramo y dificultaba distinguir los bordes apenas inexistentes del trazado. También su mente se hallaba confusa, bien por inhalar los gases tóxicos que inundaban el ambiente, bien porque no entendía qué hacía él luchando por una propiedad que ya no le pertenecía... Pero, ¿qué le diría a Maggie? Tenía que intentarlo, al menos.
Un enorme pino ardía en medio del camino, interrumpiendo el paso. Se encontraba muy cerca de la loma y salió del coche corriendo hacia el borde para contemplar la agonía final de sus propiedades. Protegiéndose el rostro con los brazos observó cómo el fuego consumía lo que antes había cobijado sus sueños. Las llamas ya salían por el tejado y un torbellino de calor envolvía el interior de la casa, avivado por todos los utensilios ya insalvables. Sin duda, se trataba de un día nefasto.
Encontró a Maggie y las niñas al día siguiente, cuando les trasladaron a la antigua escuela de Tucson. Aún conservaba el rostro tiznado de las cenizas voladoras que flotaron en el ambiente durante toda la noche. Maggie le abrazó, aterrada, desconsolada, el fuego les había llevado todo, su hogar, todo... Las niñas sollozaban, asustadas. Lou pasó sus grandes brazos sobre sus hombros, mientras mesaba sus cabellos sin soltar palabra. No tenía nada que decir. A su alrededor las familias afectadas se repartían los enseres que les ayudarían a pasar de la mejor manera esa y las sucesivas noches hasta que las ayudas destinadas por el gobierno restableciesen la normalidad. Nunca iba a ser lo mismo, a cambio obtendrían una nueva vivienda, resultaba imposible recuperar lo quemado, pero de este modo podrían comenzar sino a construir al menos a continuar la rutina de su vida antes de los incendios.
Los sollozos de Maggie no le daban tregua y Lou se aferró en un abrazo firme a los seres cuya suerte momentos antes barajó al azar, los únicos que tenía y más quería. Vieron al comisario acercarse hasta ellos con gesto sombrío...
-¿Sabes lo de Fred Jackson?
Lou se estremeció, por un instante creyó que la respiración le había abandonado, pero su expresión imperturbable animó al comisario que, apretándole suave el brazo, le confesó:
-Lo siento, Loonegan. Sé que trabajasteis juntos en la factoría, que os conocíais desde pequeños...
-No entiendo...
-Calcinado, murió dentro del camión junto con un grupo de ayudantes.
El comisario se quitó la gorra y se pasó un pañuelo por la sudorosa frente.
-Horrible, Lou, un amasijo de cuerpos abrasados, no quedó nada... Un espectáculo horrendo. Lo siento.
El nudo que hasta entonces atenazaba la garganta de Lou pareció ceder. Mientras, Maggie no apartaba los ojos de él, observaba su gesto duro y seco y, ahora, de repente resuelto que, lejos de aumentar su temor, la ayudaba a sentirse más segura, se había dado cuenta de que desde hacía largo rato Lou no había encendido ni un solo cigarro. Ella notaba algo raro, aunque el silencio de Lou estaba consiguiendo hacerla sentirse protegida del modo en que tanto había añorado años atrás, antes de toparse con el problema de la bebida y después con el del juego. Sabía que de vez en cuando jugaba, pero disculpaba el hecho de que en algo había de entretener su tiempo de ocio. Sus esperanzas parecían ir a cobrar forma precisamente ahora en un momento tan trágico como este, ahora que habían perdido su casa entre las llamas y sus pertenencias habían quedado reducidas a cenizas. Ahora el gobierno les otorgaría una de esas viviendas de protección, pasarían bastantes años antes de convertir eso en un hogar propio, pero a las chiquillas no les faltaría un techo bajo el que acabar sus estudios y salir todos adelante como una familia unida.
Lou tragó saliva sin dejar de abrazarlas. Las niñas habían callado los lloros y Maggie le miró a los ojos...
-Lou...
-Calma, Maggie, saldremos adelante... Confía.
Maggie no sabía bien qué, pero algo le decía que todo no lo había perdido, desde sus adentros comenzó a agradecer a aquel incendio el regalo que empezaba ya a vislumbrarse...
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viernes, junio 20, 2008

BALAS PERDIDAS



A pesar de que era tarde llegaba justo a tiempo para cenar. Los informes de fin de mes prolongaban en exceso el trabajo; además le disgustaba dejar a su mujer y su hijo solos en casa tras la ola de robos y asaltos que desde hacía varios meses tenían atemorizada a toda la urbanización. Uno de sus vecinos, el juez Straiton, ahora jubilado, había propuesto crear patrullas de vigilancia organizadas por ellos mismos, pero Terry era más partidario de encomendar la tarea a los auténticos profesionales de la seguridad, aunque él ya había tomado sus medidas particulares de prevención.
Cuando entró en casa encontró a Clarice y al pequeño Matt ya a la mesa.
-No hemos hecho más que sentarnos –saludó ella, incorporándose; después de un fugaz beso de bienvenida, se dirigió a la cocina.
El pequeño Matt se abalanzó sobre su padre.
-¡Papi, papi, vamos a jugar, papi!…
Terry sonreía mientras le abrazaba. Últimamente no había quien le quitara al niño aquellas palabras de la boca: jugar, jugar… A fin de cuentas eso es lo que con casi diez años tenían que hacer los niños.
Le sentó sobre sus rodillas y, antes de que volviera la madre, sacó el revólver que guardaba en la gabardina; sabía que a ella no le gustaría. Sujetó la mano del pequeño entre las suyas y, empuñando el arma, apuntaron hacia el techo…
-¡Pam, pam! –el pequeño Matt disfrutaba sin dejar de disparar hacia el televisor, la lámpara, los cuadros- ¡Pam, pam, pam!...
Clarice regresó con su cena sin disimular un gesto de desagrado, pero Terry reaccionó con rapidez:
-¡Venga, ahora a cenar, se acabó el juego!...
No obstante no se libró de la consabida reprobación de su esposa.
-Sabes que no me gusta que juegues con eso, Terry, no deberías acostumbrarle a…
-¡No es para tanto, mujer! –atajó él, intentando embromar la situación-. No se cansa de jugar este chiquillo…
Ella pareció ceder, se acordó de repente que la señora Levin vendría de visita al día siguiente.
-Mañana se hartará de jugar con Philip, su amigo del alma. La señora Levin quiere enseñarme las fotos de sus últimas vacaciones.
Durante la cena charlaron del trabajo, de sus próximas vacaciones y de las recientes incidencias en el barrio…
-¿Sabías que atracaron al matrimonio Conway el pasado fin de semana? –Clarice enseguida le puso en antecedentes con todo lujo de detalles-. Se encontraron con media casa desvalijada a su vuelta. Dice la policía que no se toparon con los ladrones dentro de puro milagro…
A Terry comenzó a disgustarle el tema de conversación, pero Clarice continuaba adelante con la explicación de los pormenores.
-…Fíjate que el chalet de los Scovell está pegado al suyo y Joie Scovell no oyó nada. Me la encontré este mediodía, a la salida del colegio. No hablan de otra cosa…
Pero Terry ya no atendía. Se levantó de la mesa y, con el pretexto de subir la gabardina a la habitación, puso fin a aquella preocupación que amenazaba con enquistarse y tanto malestar le provocaba.
A la tarde siguiente se las ingenió para aligerar el trabajo y llegar temprano. Aún estaba la señora Levin con Clarice, mientras los dos chiquillos correteaban por la casa.
-¡Hola a todos! ¿Qué haces, hijo?
-¡Estamos jugando, papi! –saludó el pequeño mientras subían escaleras arriba hacia la habitación.
-¡Siéntate, cariño, mira qué fotos! –Clarice le señaló un sitio en el sofá-. Déjales que jueguen allí, al menos podremos estar un rato tranquilos…
No fue preciso insistir demasiado para que Terry acogiese de buen grado la invitación; también aceptó la taza de café que su esposa le preparó, mientras escuchaba las anécdotas del viaje de la señora Levin, dispuesto a dejarse distraer por una velada animada. Tan absortos andaban entre risas y curiosidades que tardaron en percibir el extraño silencio con que se anuncia la tragedia. Pero ya era tarde.
El eco de la detonación resonó con estruendo por toda la casa, mientras el café se derramaba entre las fotos y, alarmados, saltaban de sus asientos. Impulsado por un resorte invisible, Terry subió de dos en dos las escaleras hacia la habitación de arriba… El pequeño Matt sostenía la pistola aún humeante entre las manos y, tumbado a sus pies, su amigo Philip se tapaba los oídos con expresión horrorizada. Las mujeres gritaron sobrecogidas cuando Terry arrebató el arma a su hijo y, nervioso, comprobó que ninguno de los dos había sufrido daños.
-¡Gracias a Dios! ¡Qué susto!... –exclamó girándose hacia su mujer.
La señora Levin sostenía en brazos a su hijo sin dejar de sollozar, mientras el pequeño Matt se entregó al regazo de su madre, pálido de miedo. Clarice se percató entonces del agujero de bala que había perforado la puerta lacada del armario.
-¡Maldita sea, Terry! Te dije mil veces que un día…
Al abrir el armario Clarice chilló de nuevo apartándose, espantada, cuando un cuerpo ensangrentado cayó sobre ella con todo su peso muerto. Terry se acercó con el arma en la mano. El hombre tenía el rostro oculto por una malla y un tiro le atravesaba el centro del pecho. Agachado junto a él, extrajo del bolsillo de la americana algunas joyas que asomaban; reconoció el collar de brillantes de Clarice y uno de sus relojes de oro…
Aún no se habían repuesto del estupor cuando el sonido de dos detonaciones más les llegó desde la calle. Terry se acercó a la ventana que, abierta de par en par, hacía ondear las cortinas; se asomó. Abajo, su vecino el juez Straiton repartía órdenes entre un grupo de hombres que trataban de inmovilizar a otro contra el suelo. El juez se dirigió a él:
-¿Estáis bien, Terry?
-Estamos bien, sí… ¿Qué ha pasado?
-Vuestro disparo nos alertó; también debió de asustar a este que salió corriendo de mi casa, tratando de huir, pero esta vez hemos andado listos –el juez tomaba aire a cada palabra sin poder ocultar la ansiedad ni la satisfacción por la captura-. Es el hijo de los Lenz. Había otro más que logró escapar, pero los vecinos le han reconocido: se trata del nieto de los Breen; dicen que su hermano también está metido en esto. Son chicos del barrio, ¿te das cuenta?, de aquí… Llama a la policía, Terry…
Se giró sin soltar el arma hacia las mujeres que, en un rincón, se abrazaban con los niños en brazos. Se acercó hasta el teléfono y quiso descolgarlo, pero no pudo. La pistola aún estaba caliente, podía sentir su calor metálico en la mano, una quemazón que pesaba, le pesaba demasiado…

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viernes, junio 06, 2008

P A S A J E R O S


El pitido del tren se ahogó en la llanura. No fue hasta pasar el túnel cuando se dio cuenta de la llamada perdida que parpadeaba en su aparato móvil, por eso no lo oyó antes. Salió del compartimento para hablar con más confianza.
–Bien, Jorge, bueno… Atendedle hasta el final, ha de morir de viejo, nada de disparos, ¿entendiste? Bueno, me mantendrás informado, ¿eh? …Sí, sí, llegaré para el fin de semana, ¿vale? Vale.
Los granjeros de hoy en día si quieren subsistir deben competir con las nuevas armas que marcan la pauta, las labores del rancho tienen que apoyarse en una gestión acorde al mercado actual. Su viaje de negocios posibilitaría que los esfuerzos dedicados a su ganado y a los sembrados no fueran al traste y siguieran progresando. Para él habían quedado atrás las meras tareas agrícolas, si bien necesarias, aunque añoraba los viejos tiempos en que el patrón había de saber no sólo realizarlas, sino supervisarlas, compartiendo el sudor con sus asalariados. A su padre se lo escuchó en incontables ocasiones, mientras empacaba la hierba o reunía el ganado en el abrevadero, pero a él le habían tocado otros modos de trabajar el rancho heredado del abuelo. En el campo, tradición y modernidad disputaban una curiosa convivencia donde resultaba difícil establecer los márgenes… Y ahí estaba él, de viaje hacia la gran ciudad para hacer posible la vida en el rancho. Le tenía preocupado desde hacía varias semanas la enfermedad del caballo del abuelo, ya muy viejo; ahora agonizaba. La llamada del capataz le ponía al día sobre su estado. En vida le había escuchado las batallas y aventuras que corcel y jinete atravesaron en leal compañía, su abuelo lo contaba con afecto y dejaba escapar un cierto tono agradecido al recordar lo que nunca podría volver a repetir. Poco antes de morir, el abuelo le pidió aquel particular deseo que ahora él se preocupaba por cumplir… Al fiel alazán no debería faltarle de nada, ni siquiera el día de su muerte. Nunca comprendió aquella demostración de amor consistente en rematar de un tiro al caballo herido, así que se lo hizo prometer al muchacho, aquel caballo moriría de viejo, como él. Ahora que el muchacho había crecido ya sabía lo que había de hacer, había preparado la fosa en la ladera alta del monte; allí donde la vista abarcaba las largas praderas que descendían al paso del río, hasta la cordillera rocosa que dejaba asomar las primeras nieves en sus cumbres… Nada más que hacer, tan sólo esperar, así que se cubrió la cara con el sombrero dispuesto a descansar el resto del trayecto.
Enfrente, una pareja de ejecutivos se acomodaba al vaivén del vagón sin mediar palabra entre ellos. Uno junto al otro, viajaban en incómodo mutismo. El más serio se atusaba la corbata de continuo con nervioso gesto, impaciente por finalizar el viaje, ansioso por abandonar la compañía de aquel jefe lo antes posible. El gerente, algo más joven, le había entregado en mano un expediente disciplinario, cuatro horas antes de la charla y posterior cena de celebración que previamente el veterano delegado había organizado con un grupo de los clientes más selectos. La reunión y la cena transcurrieron en un ambiente cordial y de cumplida corrección: el delegado con el puñal clavado en la espalda, los clientes atentos y preocupados en la mesa por corresponder al delegado ante su superior y, ajeno a todo, el jefe perdido entre ellos, más concentrado en poner término a su estratagema que en conocer los pormenores que afectaban al trabajo de su zona. El delegado podía barruntar las consecuencias del temporal que se avecinaba, se quedaría sin puesto de trabajo, pero habría de luchar por sus derechos ante al juez. Tan embebido estaba en el problema que casi adivinó que aquella era su parada y, antes de que chirriasen los frenos, se incorporó del asiento. El jefe alardeó de nuevo de un corazón de hielo al despedirse…
–¡Que tengas un buen fin de semana!
El delegado no se volvió ni tendió la mano, solo le espetó un adiós.
Cerca de la ventanilla, la señora que se escondía tras unas gafas de sol, sacó otro cigarrillo que devoró con ansiedad, igual que los anteriores. Como si siguiera un metódico ritual, salía al pasillo cada vez que finalizaba un cigarro para volver a fumar otro. Tal vez fuese un modo de disimular dentro del compartimento, que no pensaran que fumaba sin parar… Entre pitillo y pitillo ahuecaba su cabello rubio con movimientos cortos de sus manos. Las gafas ocultaban unos ojos fatigados, tristes de apenas dormir en demasiadas noches seguidas. Unos ojos a los que ya poco les importaba que el humo fuese dañino, pues había males peores. Aquellos ojos que espiaron ventanas y puerta del motel donde su marido se había hospedado, tras aquella repentina reunión que surgió de la nada. Así que eso es lo que había ocurrido veces anteriores, en tantas ocasiones como urgencias de negocio, tantas como chicas de alterne, como clubs de carretera que jalonaban el regreso a casa… Hasta que no lo vio con sus propios ojos no había querido creerlo, pese a las advertencias y sospechas. El mero hecho de seguirle y vigilarle certificaba el engaño, ya lo condenaba. Se tropezó en el pasillo con un tropel de gente que bajaba y subía cargada de maletas, luego volvió junto a la ventanilla para seguir observando la noche a través de sus gafas oscuras. No había hecho más que encender un nuevo cigarro cuando se incorporó brusca e interceptó el paso al interventor…
– …¡Daston Ville! ¡Señora, hace dos estaciones que lo hemos dejado atrás! ¿No escuchó el aviso…?
La señora entró precipitadamente en el vagón, tropezó con el granjero, recogió su bolso y marchó como una exhalación. El joven iba a colocarse de nuevo el sombrero sobre el rostro y reanudar su sueño cuando volvió a sonar el teléfono que colgaba del cinturón. Gracias a las prisas de aquella viajera esta vez sí lo oyó…
–Vaya, Jorge, lo siento… Era de esperar. Ya sabes lo que has de hacer, sigue las indicaciones que os di al pie de la letra, ¿eh? Sí, sobre la loma, sí, la zanja ya está hecha, sí… Llegaré el viernes. Hazlo bien, vale.
El granjero no pudo disimular un gesto de congoja, el caballo del abuelo había muerto de viejo, por fin descansaría bajo la mullida hierba de la loma, sobre las vastas praderas que primero cabalgó; el abuelo podía sentirse orgulloso. Sí, era curioso cómo su labor aquí resultaba imprescindible… Misterios de los nuevos tiempos que su heredada alma de granjero se limitaba a asumir sin comprender. En el fondo, él pertenecía a aquel mundo y las prisas, protocolos y penurias de la vida urbana no casaban con su rústico carácter, quizás por eso no le afectaban. Observó ahora los rostros sin interés que ocupaban el vagón, de verdad que tenía ganas de llegar al rancho… Se moría por subir a la loma alta y contemplar el valle a sus pies.
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sábado, mayo 24, 2008

UNA COSA ANODINA


Me pareció vislumbrarlo en una de esas veces en que me volví, mientras esperaba. Sí, me estaba mirando… Allí enfrente, erguida, con aquel porte tan distinguido, resultaba elegante, casi atractiva. Me miraba ahora, atrevida y desafiante, envalentonada, como si su silencio quisiera provocarme… ¿A que no te atreves?
–¡Díos mío! –pensé–, voy a volverme loco. Justo lo que me hacía falta ahora, otro lío…
Pero ella insistía, y por encima del hombro echaba miradas de reojo que me iban consiguiendo poner más y más inquieto. Cuando cambió al gesto de indiferencia, me fijé en ella con detenimiento: era fina, de perfil recto y sobrio, estaba maciza…
–¡Díos mío, otra vez! –me asusté al descubrirme pensando en ella, justo cuando volvía a girarse hacia mí, esta vez, de frente.
De la sala contigua, por fin, salieron dos hombres trajeados. Uno era el Gerente, que apenas diez minutos antes me había entrevistado, el otro, un director de Recursos Humanos, según me explicó. Era la primera vez que nos presentaban, pero enseguida supe por el ademán que no habría otra. Sin embargo fue el Gerente larguirucho quien habló…
–Después de deliberar sobre su expediente, señor, hemos optado por prescindir de sus servicios…
Seguí escuchando su discurso preelaborado en tono reiterativo y neutro, como el noticiero de las siete de la mañana, pero lo cierto es que ya no atendía sus palabras, casi que adivinaba lo que iba a escuchar. Tan sólo me fijé en ella, fría, ausente, con aquella postura distante, que no dejaba lugar sino a la más anodina indiferencia.
El Gerente continuó, tedioso, su breve monólogo, y me incorporé maquinalmente, mientras sonaban sus últimas palabras…
–Ahí tiene la puerta…
Entonces la atravesé, contagiado de aquel descaro con que antes ella me enfrentó y, al pasar a su lado, la miré a sus ojos inertes, de madera vieja. De cerca no parecía tan imponente, pero siempre fui un caballero y, a pesar de la enconada situación, tampoco era el momento idóneo para perder las formas. El Gerente se agarró a su cintura, extenuado por el sermón y, juntos, expectantes, me observaron mientras me alejaba pasillo adelante… Pero ya no miré atrás, estreché el pomo del ascensor al tiempo que con un pícaro guiño susurré…
–…¡El placer es mío!
Al fondo sonó un portazo seco.
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sábado, mayo 10, 2008

SILENCIO EN LA JUNGLA


Se agazapó sobre la roca, adaptando la palma de los pies a las aristas rugosas. Con la cabeza hundida entre las rodillas, acechó la superficie cristalina de la orilla. Cuando la sombra del pez zigzagueó entre las rocas, un movimiento certero de su brazo acertó a atravesarlo. En la vara puntiaguda, la pieza cobrada daba coletazos desesperados, mientras el salvaje recogía de la arena otra vara con cuatro pescados más, ya inertes, y se alejaba de la playa en busca de la zona arbolada en la que proveerse de algunas frutas.
Aún el sol no había alcanzado su punto más elevado, cuando sonó de nuevo la sirena… Al igual que en anteriores ocasiones, el salvaje ya sabía lo que aquello significaba. Paralizado, escuchó atento la estridente señal para, rápido y nervioso, dirigir sus pasos montaña arriba. Desde lo alto, observó la llegada del barco y al ruidoso grupo de turistas que alborotaban la pequeña cala con sus ropajes de llamativos colores. En su mirada neblinosa se apagó el brillo que antes le había mantenido ocupado y, a rastras, se adentró en la jungla en manifiesta actitud huidiza.
Una vez en la gruta, apenas dio cuenta de la pesca que obtuvo durante la jornada, preocupado por la reciente visita a la isla; le inquietaban los viajeros, aquellos extraños que, cada vez con más frecuencia, invadían el silencio que imperaba en la jungla. En los últimos tiempos había aprendido a valorar el significado de aquel preciado silencio. La jungla proporcionaba todo lo que podía necesitar: alimento, techo y cobijo. El no podría soportar aquellas telas que aprisionaban los cuerpos ni tampoco le hacía falta cargar con tan raros equipajes, aunque no siempre fue así…
Aquella noche durmió acosado por incesantes pesadillas que ahuyentaron la placidez del descanso. Soñó cuando, más joven, los trajes elegantes apretaban su cutis afeitado de ejecutivo prometedor. Entonces, la carrera hacia la cima se adivinaba libre de obstáculos, aunque no de competidores, pero la rotundidad de sus triunfos bastaba para merecer la tan disputada plaza de la Jefatura comercial. De hecho, aquel viaje en hidroavión a las islas no representaba sino un avance del premio principal, al que fueron invitados los mejores profesionales seleccionados. Sus expectativas eran inmejorables y excelentes sus resultados. Las únicas nubes que enturbiaron el horizonte de aquella decisiva reunión fueron las que cubrieron el atolón, durante la mañana previa al viaje de partida. Luego, a la tarde, se desencadenó una tormenta atroz que envolvió al indefenso aparato al poco de iniciar el despegue. A merced de los embravecidos elementos, el hidroavión volteó sin control hasta romperse como un juguete entre las olas que asediaban sin piedad aquel apartado conjuntos de islotes que, hasta entonces, sólo fueron un reclamo paradisíaco.
La tragedia superó con creces el alcance de las posibilidades con las que contaban los dispersos habitantes de aquellos tranquilos lugares. Cuando menguó el temporal, y pudieron acercarse a los restos del accidente, tan sólo hallaron enseres inservibles, hechos añicos y cadáveres diseminados por el océano. Muchas esperanzas de futuro acabaron allí sus días, incluso algún cadáver no apareció, pero no por ello las grandes empresas dejaron de crecer. Nadó, cegado por el oleaje, hasta alcanzar la costa y, extenuado, se desplomó junto a la cueva que luego iba a servirle de morada. Era un cualificado profesional y, por tanto, estaba preparado para el éxito: recorrió la geografía costera de su nueva prisión, aprendió a cazar y a pescar, y comenzó a descubrir el crudo sabor de sentirse vivo. Era un superviviente.
Al día siguiente, casi con talante obsesivo, volvió a vigilar los movimientos de aquel grupo de estrambóticos turistas, contemplaba sus risas, su lenguaje, sus bailes y fiestas en la orilla de la playa. Siempre ocurría así: las excursiones duraban un fin de semana, dos días completos en los que ni cazaba ni comía, concentrado únicamente en espiar las idas y venidas de aquellos molestos visitantes, en aguardar el ansiado momento de su regreso. Aquella segunda noche tampoco fue capaz de dormir en paz, soñó con gráficas y curvas de crecimiento, coloreadas según los potenciales, de acuerdo al índice de mercado, local o de área, soñó con parámetros y estadísticas comparativas que reptaban frías sobre su desnuda espalda y, cuando irrumpió el alba en la gruta, él ya estaba montaña arriba oteando las maniobras de la embarcación. Con el sonido de la sirena anunciando el fin del viaje, y la hora de la partida, su mirada recobró el destello brillante que lo convertía en un fuera de serie… Entonces podía cazar y dormir, ahora podía escuchar los susurros de la jungla que con tanto mimo le albergaba y, por fin, disfrutar del verdadero silencio del triunfo…


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jueves, mayo 01, 2008

FINAL DE COSTA


No había letrero alguno; quizás por eso siguió la inercia de aquel cruce. Llevaba horas al volante y nada le habría desanimado más que haber leído la señal de alguna población cercana. Solo conducir, tragar kilómetros hacia un lugar sin nombre...
Nunca bendijo tanto el hallazgo fortuito de aquella villa como el efecto beneficioso que a partir de ese momento le acompañó. El carácter atormentado que le perseguía en los últimos años a causa de la enfermedad de Marie y, también, por la jubilación anticipada que le forzó a enfrentarse sin esperanzas a una batalla perdida, le habían transformado en un ser hosco y solitario. No le bastaban las respuestas de su médico, el Dr. Vincent, instándole con fingida profesionalidad a probar terapias psicológicas que le ayudarían a fortalecer su acrecentado pesimismo, ni tampoco iba a poner el resto de fe que le sobraba en aquellos rutinarios fármacos. Siempre fue hombre dinámico, de mente ágil que se tornaba vivaz cuando estaba ocupado, su estado ideal. Ahora, sin trabajo, intentaba suplir el espacio de sus actividades dedicando un tiempo a organizar sus colecciones de modelista, incluso llegó a terminar de una vez aquella fragata antigua que le regalaron sus compañeros en el homenaje de despedida.
Sin embargo, ni las maquetas de sus balandros ni los medicamentos ni los consejos del doctor Vincent poseían la consistencia suficiente para detener la tortuosa avalancha de ansiedad que supuso la muerte de Marie. Sin obligaciones era un hombre desarmado, pero sin lazos afectivos sus sentimientos caían desbocados en una vorágine sin fin de soledades. Por eso cogió el vehículo, su mundo de toda la vida se quedaba pequeño y su espíritu, hambriento de avidez, le empujaba a explorar horizontes distintos a la búsqueda de una novedad que tal vez le hiciera resucitar de aquella situación que le aprisionaba.
Aquélla tarde abandonó la autovía que le devolvía a casa y regresaba sin prisa por la comarcal. En muchas otras ocasiones pasó frente a aquel cruce, dejándolo a un lado, pero esta vez decidió tomarlo con un giro repentino, casi al tiempo que se dejaban caer las primeras gotas de lluvia. Al poco, la carretera se estrechó hasta borrarse la línea divisoria que marcaba la doble dirección y el firme dejó notar la superficie parcheada de sus baches. El aparente rodeo comenzó a extenderse más allá de su pretensión original, pero para entonces la lluvia era ya copiosa y el movimiento rápido del parabrisas le dificultaba conducir con seguridad. Una fuerte tormenta eléctrica se desató en apenas unos instantes y su resplandor intermitente se reflejaba fantasmagóricamente entre los árboles cercanos. Su preocupación crecía a la vez que el temporal y la noche cerrada iban en aumento, hasta que con un rescoldo de alivio divisó las luces de la pequeña villa. Circuló lento por lo que semejaba una calle principal, vacía de transeúntes. Aguardó con el motor en marcha hasta descubrir la figura de alguien a quien poder preguntar. Por fin distinguió al viejo pescador que esquivaba el chaparrón bajo los aleros. Aunque a este no le hizo mucha gracia abandonar por un momento su refugio de la orilla para responder a las dudas nerviosas de un conductor extraviado, así y todo, contestó sin un mal gesto...
-La carretera no sigue. Está usted en la costa! O vuelve por donde vino o...
Debió notar el rostro perplejo del hombre que le preguntaba y, mientras volvía a resguardo de los aleros, apostilló:
-Dos manzanas más al fondo tiene el hostal de la señora Olmos... Hace una noche de perros, oiga!
No le faltaba razón al viejo marino, nada mejor que la opinión de un experto pescador para seguir el consejo a pies juntillas, por lo que se dirigió en dirección al hostal dispuesto a capear la noche del modo más cómodo.
Cuántas veces le escuchó decir al doctor Vincent que no debía encerrarse ni aislarse, que necesitaba exteriorizar sus inquietudes, conversar, compartir tareas o colaborar en cualquier acción con implicaciones sociales. Cada vez que le soltaba la perorata lo acompañaba con un tratamiento de pastillas destinadas a frenar su ansiedad y controlar su sueño que, por el contrario, solo conseguían dificultar y reducir el tiempo destinado a dormir. Sin embargo, obligado a pernoctar en casa de la señora Olmos, dormía. La urgencia de las circunstancias impusieron que tampoco tuviera a mano las medicinas que metódicamente pretendían dominar su vida y, sin embargo, las tostadas rebanadas que la propia señora Olmos subía a la habitación ofrecían el remedio milagroso del mejor de los desayunos. Luego, quedaba toda la mañana por delante antes de que con ganas casi se deseara la hora de la comida.
El tiempo transcurría en la villa sin preocuparse de mirar el reloj, los paseos por el muelle o las tertulias en el bar del hostal entonaban las tardes de modo que parecía que el tiempo se hubiese tomado un respiro también para olvidarse de todo lo que no tuviera nada que ver con la calma o la paz. Las conversaciones con Mauri, el viejo pescador, repasaban hechos pasados aunque liberados de la importancia actual. Le agradaba escucharle, mientras el pescador preparaba un montoncito de tabaco para su pipa de motivos marineros y hablar con él, cuando la encendía y aspiraba, pues casi pertenecían a la misma generación si bien los avatares de sus vidas distaban en detalles considerables. La mar moldea la cruda arboladura de los hombres que la trabajan y el viejo Mauri desconocía el significado de la palabra médico... A diferencia del pescador, a él no le habían faltado penurias que solventar, sobre todo y muy a pesar suyo, los últimos padecimientos de su querida esposa, demasiado recientes aún, pero algo había en el modo de enfocar los problemas que originaba un abismo entre ambos a la hora posterior de extraer conclusiones. Con el viejo marino aprendió el secreto del optimismo, sobre el que tanto había oído predicar sin interés. Las lecciones que Mauri sacaba de un obstáculo pasado lograban hacer desaparecer el problema mismo e, incluso, su posible repetición. Y esto era algo que a él le regocijaba, tan asaltado por los mismos fantasmas, pues le entroncaba de nuevo a la realidad, sin cargas ni peso sobrante. Al final, una buena risotada entre amigos o un paseo por los acantilados desentumecían el óxido acumulado de la fatal seriedad y todo volvía a colocarse en el orden y en su sitio justo.
Los viajes a la villa se fueron haciendo más frecuentes. Primero, con excursiones o algún fin de semana, luego pequeñas temporadas que le devolvían a casa renovado. El propio doctor Vincent se mostraba satisfecho con los resultados de su tratamiento al comprobar los avances de su decaído ánimo. No podía imaginar que las medicinas descansaban al fondo de un cajón, tan abandonadas como sus intenciones de asistir a rueda terapéutica alguna. Solo de pensar que volvería a la semana siguiente a la villa una diáfana alegría se le reflejaba en el semblante, imposible de disimular.
Al principio fue tan solo una fugaz idea que se le pasó por cabeza. Luego, ayudado por el tiempo y el sosiego para la reflexión, fue madurando su proyecto hasta adueñarse por entero de su entusiasmo. Poco a poco fue cambiando vínculos, no tenía nada de descabellado trasladar su hogar a donde se sentía más a gusto. Además, hacía tanto que no sabía lo que era sentirse así, casi lo había olvidado.
Comenzó por desprenderse de su casa de la ciudad. Entre Marie y él habían conseguido convertirla en un hogar, pero ahora era demasiado grande para sus necesidades. En sus amplias habitaciones descansaban los recuerdos, hablando del pasado irremediable, recordándole los límites del futuro. No fue difícil desembarazarse de ella, estaba bien situada en el centro urbano. A cambio, un pequeño ático junto al hostal de la señora Olmos, en una callejuela paralela, sin tráfico y con vistas a los montes, desde donde se podía respirar el aroma de los robledales en otoño. Cuando la brisa del nordeste volvía a soplar entonces era el olor a salitre añejo el que inundaba cada rincón de la villa, algo que a él le hacía ensanchar los pulmones y tragar bocanadas. Era el olor del pueblo que reconocería entre un millón, inconfundible. Antes, unos meses atrás, apenas para él tenían significado los olores, ni la risa... Sí, ahora se sonreía para sus adentros al recordar las palabras del doctor Vincent en la última visita:
-...No se le ocurra abandonar el tratamiento! ...Si marcha de vacaciones a ese pueblo que dice, por lo que más quiera, siga tomando las pastillas!
Al doctor Vincent lo avisaron a media tarde. Debido a lo escarpado del lugar, ya anochecía cuando el médico forense llegó a los acantilados para levantar el cadáver. El cuerpo inerte de su antiguo paciente yacía entre los rocas, sin señales violentas, casi podría afirmarse que su expresión era plácida; lo examinó. Junto a él una pipa con tabaco sin encender descansaba en el suelo...
-Él no fumaba...
Finalmente, rellenó el último apartado del informe por fallecimiento: causa natural. De regreso por la autovía el doctor consultó el mapa... Los Acantilados! No existe ninguna población con ese nombre... El inspector que conducía el vehículo aseveró:
-Ahí se acaba la carretera... ¡Estamos en la costa!

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sábado, abril 19, 2008

EL CAZADOR DE CUENTOS


    Acostumbraba guardar todas sus notas por inverosímiles que pudieran parecer. En el envoltorio de papel del bocadillo de tortilla, que había cenado la noche pasada escribió las últimas líneas. Apenas dio una cabezada en toda la noche, dentro de su coche, apostado frente al número once de aquel hostal urbano. Hasta que, al fin, salió primero él, parándose a la entrada del café contiguo, con las manos en los bolsillos de la americana. Al poco, una muchacha de tez morena y cazadora de cuero se unió a él, enlazándole por el cuello, como si se colgara, parecía besarle la nariz… ¡Era el momento!, disparó media docena de fotos desde la ventanilla, silencioso, a pocos metros de la escena. ¡Misión cumplida!
Había merecido la pena el viaje y la incómoda espera. Su cliente podría estar satisfecho con el trabajo. Pero en lo que respecta a su esposa no iba a hacerle ninguna gracia y, a él tampoco, ya que sería difícil explicar a qué dedica el tiempo a media mañana en la habitación de un hostal con una atractiva muchacha y en un día laborable.
Habían contratado sus servicios para vigilar a un jefe regional de una afamada firma multinacional. Tenía que ganarse la vida como detective, aunque su oculta vocación era escribir. Lo había intentado sin éxito, es decir, algunos certámenes literarios, de poesía incluso, pero no lograba subir en el escalafón para ser reconocido dentro del gremio de sus anhelos.
Arrancó el vehículo al mismo tiempo que sonaba su teléfono móvil. Era la agente de la editorial que contactó la semana anterior. Desde la ventanilla del coche pudo reconocer a través del cristal del Café al jefe comercial y a la exuberante muchacha dispuestos a desayunar. La pareja de tórtolos pareció mirar al paso del vehículo, aunque distraídos en sus devaneos. La chica de la editorial le dio la alegría del día al confirmarle que habían leído los escritos que envió, y anunciarle que serían publicados bajo el título de "El Cazador de Cuentos". Era preciso que pasase por el despacho para firmar el contrato. Se sentía feliz, aunque el triunfo, para él, también era el mero hecho de escribir. Si bien aquel logro no le retiraría del actual trabajo, al menos se lo hacía más soportable.
Por unos instantes extasiado, volvió de nuevo a la realidad, a pensar en el caso de su cliente. Sí, lo más curioso es que le había contratado una empresa de fontanería a causa de una deuda pendiente. Quizás significaba algo que el dueño de la fontanería fuera un antiguo empleado del jefe de la multinacional, pero en cualquier caso las cuentas pendientes se terminan zanjando… Y con la prueba de aquellas fotos en la mano el caso estaba cerrado.
Durante todo el trayecto de regreso se regocijó. Y repitió el nombre, soñando en cada letra, en el solemne tono que les imprimía… ¡El Cazador de Cuentos! –suspiró.

http://leetamargo.wordpress.com
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viernes, abril 11, 2008

M A L E N T E N D I D O



No era de extrañar que al doctor Edouard le resultase más atractivo el suave clima de la costa, sobre todo después de pasar el resto del año enclaustrado en el rutinario bullicio de la capital. El trayecto que separa ambos destinos es casi de cinco horas de viaje para aquel tren de alta velocidad de las que llevaba sentado ya más de la mitad, entregado a una callada concentración. Tan ensimismado andaba en sus hondas cavilaciones que aún seguía con la gabardina puesta, los últimos meses de trabajo habían requerido de especial dedicación y ahora se cobraban el exceso de la factura. Para un psiquiatra de prestigio, además, esto significaba poner en marcha los mecanismos de acción que cada día ensayaba con sus pacientes, aunque era el primero en reconocer lo dificultoso de predicar en el ejemplo.
Primero fue la señora Douglas, un caso típico de manía persecutoria, ya había resuelto antes situaciones si cabe más complejas, aunque no en una paciente tan adinerada. Luego llegó la viuda de Lenotre, dueña de una gran cadena de supermercados, pero condenada a una artritis feroz que le deformaba los huesos, una anciana prematura poseída por fantasmas del pasado, oscuras huellas de una juventud marcada por la miseria y la promiscuidad. En estos casos los tratamientos farmacológicos constituían el remedio idóneo. La enferma delegaba su voluntad en el medicamento, aliviada así de mayores responsabilidades. Pero el caso de Lisa Rivère, el último que le había ocupado, al mismo tiempo que le había entusiasmado como profesional le había sumido en una especie de controversia cruel consigo mismo. Le atrajo el desenfado de su juventud, su influenciable capacidad de dejarse impresionar. Todos los desamores de Lisa se fundamentaban en el egocéntrico interés que motivó a sus pretendientes. Cuando se casó con el barón Bigongiari creyó que con el tiempo superaría cualquier diferencia derivada de edades tan distantes, pero hasta el viejo barón se permitió la licencia de marcharse con la primera que aceptó tontear a sus requerimientos. No existía fortuna en el mundo entero capaz de otorgar la dicha que la elegante señora Rivère ansiaba, a pesar de que sus cuentas bancarias precisamente gozaban de la mejor salud. No, sus penas no tenían precio, no se trataba de eso... El profesor Edouard la atendía con pulcritud, sí, la escuchaba y, atento, inquiría sobre algún detalle para ella imperceptible, siempre con unos modales exquisitos. La señora Lisa necesitaba que alguien le prestara atención y si había de pagar para ello lo haría con uno de los mejores especialistas de la ciudad.
Al doctor Edouard no se le escapaba esta clara predisposición de su paciente, pero con la maestría propia de un malabarista circense sabía dónde encauzar sus temores, dónde ayudarle a descargar sus tensiones y dónde invertir las cuantiosas primas de sus consultas. Conocedor del terreno, jugaba con fuego, pero hábil en la suerte de inventarse salidas, conseguía imprimir confianza y ganarse la credibilidad del cliente.
Era mediodía y hacía calor. Se levantó del asiento para quitarse la gabardina y, doblándola sobre sus rodillas, volvió a sentarse. Sin embargo, con Lisa le ocurrió algo que nunca antes había sucedido en toda en su carrera. Tal vez fue por eso, porque también era joven y bella o tal vez porque desde que se divorció de su esposa no solo había sido incapaz de estar con otra mujer sino que incluso le había resultado imposible confiarse a alguna. Se refugió en el trabajo, desmedido, casi disfrazado tras una máscara de profesional riguroso, enmascaró sus necesidades, sus apetencias, hasta el más leve atisbo de afecto. Por eso la relación que surgió entre ambos le asustó tanto. Lisa se entregaba, impredecible e insegura, sostenida tan sólo por sus peroratas de estudiado efecto y eso a él le vaciaba, le provocaba un obsesivo acúmulo de sentimientos encontrados que, después de cada sesión, al finalizar cada relación, le recordaban con crudeza la fragilidad de su disfraz. Por ello se vió obligado a poner fin a la perjudicial tensión de aquella encrucijada.
Los viernes eran el único día de la semana que no había consulta de tarde, siempre tenía a mano la excusa de la ingente cantidad de informes que actualizar. Además, el fin de semana era suyo, viajaría al apartamento de la costa para renovar aires... A través de la puerta del compartimento divisó una pareja de policías y entonces cayó en la cuenta de que aún llevaba el abrecartas de metacrilato en el bolsillo de la gabardina. Se incorporó despacio y abandonó el vagón por la otra salida. Abrió con urgencia la ventanilla y tiró el puntiagudo abrecartas, la gabardina delataba manchas de sangre... Sintió tras de sí la puerta que se abría, los gendarmes llegaban y no podía articular palabra... Ya la habrían descubierto, acribillada, acuchillada en un charco de sangre en el pasillo de su casa, entre las ropas que esparció por el suelo en un intento de simular un atraco desesperado. Un nudo le aprisionaba la garganta, sudaba, lo sentía, ahora iba a decir sólo que lo sentía. Por eso cuando oyó atrás la voz del policía...
-¿...Me permite, señor?
-Lo siento...
Se giró lento, impávido, dejando caer a sus pies la gabardina ensangrentada. El policía entró al servicio y el otro compañero le conminó en tono amble...
-Gracias, ¡tenga cuidado!...
El doctor Edouard se agachó a recoger la gabardina y, componiéndose el rostro, regresó a su asiento...

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sábado, marzo 29, 2008

LLEGO TARDE


-Llego tarde... Sí, bien, ¡hasta luego, cariño!
Acababa de hablar con ella cuando las primeras gaviotas de la tarde se posaban en la orilla. Las olas elevaban una tenue cortina de bruma entre los acantilados y dejaban su rastro iridiscente sobre la arena mojada. Era la misma playa en que se conocieron, donde transcurrieron sus cuatro veranos de noviazgo enamorado. Después de casados también siguió siendo aquel escenario el testigo de su amor, pero sólo durante el primer año, en los otros cuatro siguientes se hicieron mayores, se volvieron más serios de repente.
Sin embargo hoy no se bañaría como venía repitiéndolo con regularidad cada viernes noche desde hacía casi un año. Siempre había mantenido esa sana costumbre de rubricar con deporte la jornada semanal, primero en la piscina y, avanzada la primavera, en su playa preferida. A Nelly, sin embargo, aún no le había confesado que de nuevo frecuentaba la playa, ella seguía convencida de que acudía al polideportivo municipal. Desde que se trasladaron a Thöodar para estrenar aquella reciente urbanización algo comenzó a cambiar, empezó a sentirse incómodo dentro de aquel enorme chalet, como si tanta confortabilidad no compensara lo suficiente el sacrificio al que la cruel hipoteca le sometía. Así empezó a engañar a Nelly, con pequeñas mentiras, por ejemplo en el precio de la casa, la cantidad excesiva de dinero negro que hubo de entregar previo a la compra siempre fue un hecho oculto para su esposa. Por supuesto que también permaneció ajena a los favores cobrados por la secretaria de la Promotora. Monique era una secretaria especial, con un tipo más apropiado para modelo de pasarela que para dejarlo macerar tras el despacho de una oficina, no era extraño por tanto que crecieran los negocios de la inmobiliaria. Además sabía emplear cada uno de sus convincentes recursos a la perfección, desde el principio dominó y estableció las cláusulas pendientes de aquel nuevo contrato.
Llevaban viéndose y manteniendo aquella relación escondida durante todo ese tiempo, sin que su mujer tuviera siquiera la más leve sospecha. Hacía apenas una semana que Nelly le había descubierto restos de arena en los bolsillos del pantalón, también en los zapatos; a él no le quedó más remedio que traer a colación el recuerdo de la cercana playa de Thöodar y los inolvidables veranos disfrutados allí. Pero en el fondo le molestaba tener que mentir así. Se encontraba acosado, de un lado, por la extorsión sexual de la secretaria, ávida por satisfacer los beneficios de su tributo y, de otro, por el asedio moral que se infringía a sí mismo, que le removía las entrañas y hacía tambalear sus cimientos al no hallar escapatoria posible...
-A nadie le amarga un dulce... -pensó en un principio, pero a Nelly la amaba y aquella situación amenazaba con transformarse en una insoportable indigestión.
Aquella sería la última vez, había decidido poner fin a aquel chantaje consentido, así que esa tarde se citaron como un viernes más al borde del acantilado, sobre la playa. Llegó antes que ella y se cuidó mucho de dejar visible el automóvil en lo alto, luego se alejó un poco para esperar junto a los arbustos. Aquella lenta eternidad no le pareció tanto cuando escuchó a lo lejos el motor del coche que llegaba, como siempre había aparcado fuera, al otro lado de las dunas. La última luz del día se apagaba, difuminada entre la película de bruma que ascendía, espesa. Las siluetas del vehículo y de la chica se recortaban, oscuras, sobre el acantilado, contra el cielo del horizonte... Fue entonces cuando saltó de su escondite y, en apresurada carrera, arremetió desde atrás contra el cuerpo de la mujer. La empujó con un golpe sordo, con fuerza, contra sus espaldas desprevenidas. La noche le impidió verla caer por el acantilado, ni siquiera oyó las olas en su batir incesante, abajo sólo imperaba un silencio frío que le hizo estremecer...
Regresó a casa por la carretera vecinal sin lograr reponerse, era pronto aún para percibir el alivio de haberse desembarazado de Monique y su malévola tiranía. Ahora nada impediría la completa dedicación a su familia, lo había hecho por Nelly, por la felicidad de su amor naufragado, no habría nunca nada que explicar. Trató de inspirar hondo al volante para calmarse, sin conseguirlo. Las luces de Thöodar tiritaban, intermitentes, cuando entraba ya a la población, ni siquiera el escaso tráfico nocturno le devolvió la sensación de tranquila serenidad que ahora necesitaba. Estaba tan nervioso que hasta le pareció cruzarse con el coche de la secretaria cuando ya enfilaba la avenida de entrada a la urbanización. Aceleró mientras su inquietud iba en aumento y un largo escalofrío tomaba forma de mal presentimiento. Acabó por aparcar de cualquier manera, se apeó y entró en la casa como una exhalación sin dejar de gritar...
-...¡Nelly, Nelly! …¡Oh, Dios mío, Nelly, no, no!...
Notó el vibrador del teléfono móvil en el bolsillo de la americana...
-...¡Llego tarde, amor! -al otro lado la voz de Monique sonaba cadente, sin estridencias.

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viernes, marzo 28, 2008

UN ÁRBOL LLAMADO...


Entre los humedales se fue abriendo paso ahora más ligero, aunque bastante fatigado. Atrás quedó el peligro de la zona pantanosa y de los tramos que hubo de atravesar con el agua llegándole hasta el pecho. Sujetando el machete por encima de la cabeza, con los dientes apretados, avanzó con lentitud cada centímetro, tragándose el sudor que goteaba de su barba rala, hasta que por fin el lodo se tornó firme y pudo correr hacia el bosque. Un suspiro de esperanza pareció resucitar de sus sofocados jadeos cuando penetró en la espesura. Sin detenerse, continuó la desenfrenada carrera, apartando a golpe de machete la maraña de lianas que obstaculizaba su camino. Un camino improvisado sobre la marcha, inventado por el afilado cincel del único arma del que ahora podía fiarse. También atrás quedó el galopar tumultuoso y los ladridos salvajes de las fieras desbocadas, alentadas por los gritos no menos fieros de sus perseguidores.

Corrió y corrió hasta caerse, hasta que todo ápice de energía se esfumó, desgastado. Su rostro quedó hundido en el barro del suelo, entre las hojas, al pie del gran tronco, bajo el frondoso techo del bosque. Aquella zona de la costa oriental era conocida por la bravura de los piratas que la custodiaban y, por tanto, tan temida como evitada. Sin embargo, la galerna que le desarboló el palo mayor fue una más de las que frecuentemente se desataban en el área en aquella época del año, dejándole así a merced de las aristas rocosas de los arrecifes, sembrados indiscriminadamente por la mano del diablo. Advertido del riesgo, el inoportuno temporal vino a complicar el viaje inesperadamente.

Sin fuerzas para oponerse a los piratas que lo capturaron hubo de padecer un tortuoso cautiverio, interminable de no ser por el descuido igualmente inesperado de sus captores que, oportunamente, supo aprovechar. La persecución fue despiadada y, durante la carrera, habló consigo mismo repasando cada pregunta y respuesta, cada uno de los motivos que lo habían empujado tan lejos en el viaje de su vida.

Recordaba la voz de su amigo Pablo animándole con tono amable, apaciguando sus miedos. Pensándolo bien no conocía a nadie con aquel nombre, pero sí reconocía la voz familiar del amigo. Le hablaba del hogar y de las gentes que amaba en la otra tierra firme, de donde partió. Sí, se decidiría a volver, iba siendo hora de regresar. Ahora mismo no existía nada que más deseara y, llorando, se abrazó a su amigo, desconsolado. Así, abrazado, se despertó, con sus brazos alrededor del enorme tronco redondo, queriendo abarcar el ancho contorno del árbol que cobijó su sueño… Pablo, Pablo!, gimió aún levemente, mientras despertaba, incrédulo.

De vuelta a casa fue lo primero que hizo, según vino proponiéndoselo durante todo el trayecto. Llegó al pueblo dispuesto a dedicarse en exclusividad a cumplir aquella promesa. La antigua casa de piedra seguía en pie, aunque en ruinas y, así, recorrió cada rincón de infancia y los recuerdos que aún pervivían en los lugares que amó. Dejó que sus pasos le guiasen o, tal vez, fue el propio sendero que llevaba a la fuente el que lo guió… Por un instante dudó y se preguntó por dónde… ¡Por aquí, por aquí!, reconoció la voz, al final de la linde con el bosque. Se sentó allí, bajo el árbol grande, apoyado en el respaldo confortable de su grueso tronco y, extrayendo el libro del petate, leyó durante horas, ininterrumpidamente, hasta dormirse. Al despertar, se despidió… ¡Hasta mañana, Pablo!

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sábado, marzo 15, 2008

PERO NO MATARÁS



Hacía rato que se habían acabado las gasas, la enfermera le enjugó el sudor de la frente con un pañuelo de papel usado. El médico manipuló el costado del hombre y pidió más sutura…
- …La última caja, doctor. –apuntó la enfermera.
Cuando acabó la intervención se volvió hacia ella con tono de eficiencia:
-Vigila el drenaje y cámbiale el suero…
Apenas acabó de pronunciar estas palabras cuando un disparo certero hizo añicos el espejo colgado junto al gran ventanal, que también terminó por venirse abajo del todo en mil pedazos. La enfermera corrió de un salto tratando de salvar las dos botellas de suero que reposaban en la vitrina debajo del espejo, pero llegó demasiado tarde. El médico gritó tajante mientras se agachaba:
-¡Al suelo, no os mováis!
Una nueva racha de disparos se sucedió, esta vez más continuados. Llevaban cinco largos días sometidos al tortuoso asedio de un francotirador que, sin ningún escrúpulo, mantenía a raya los restos de aquel gabinete médico que fue incapaz de seguir a la población en su huída desesperada ante los tanques invasores. Las tropas enemigas no tardarían en llegar con su demoledor rastro de destrucción y, mientras, el francotirador constituía la avanzadilla que aseguraba el camino abierto con su tarea de limpieza mortal.
El doctor había conocido otras guerras, pero no establecía distinciones entre ellas; para él todas eran iguales, una oportunidad para demostrar que sólo triunfa la vida. El pasillo de aquel puesto abandonado era una muestra, plagado de enfermos y heridos que reclamaban la atención con sus lamentos. Sin embargo, nada se podía ya demostrar a los cuerpos de quienes no se quejaban, las balas se habían encargado de callarles para siempre.
El sacerdote del hospital se acercó hasta él a rastras y, desoyendo el gesto de detenerse, continuó aproximándose hasta la entrada de la puerta principal... El silbido de una bala asesina le advirtió de cuál era el límite. Afuera, al otro lado de la calle, una pareja de ancianos acompañada de dos niñas y de un joven muchacho se ocultaban de la lluvia de disparos entre las columnas de los soportales a la espera del momento favorable para cruzar a salvo hasta el puesto médico.
-Esa pobre gente no puede salir de ahí... -exclamó con impotencia.
El médico ya los había observado antes a través del sucio y destrozado ventanal, pero bastante tenía con tratar de solventar las heridas de los que llegaban a sus manos con aquella escasez de medios. Sí, a veces creía que se trataba de algún milagro, pero no podía permitirse tregua alguna...
-Hay que seguir, tráigame al siguiente, señorita...
La enfermera gateó por el suelo y se incorporó, aprovechando el breve descanso que el francotirador les otorgaba. Regresó al poco con una camilla donde un soldado extendía su pierna engangrenada; antes había chillado de dolor y, aunque ahora desvanecido, la chica consideró apropiado dedicarle a él la última jeringa de anestesia disponible.
De pronto, el sacerdote lanzó un grito desgarrador llevándose las manos a la cabeza, todavía tumbado en el suelo. El joven del edificio cercano había intentado cruzar la calle cuando un proyectil le alcanzó de lleno... Los niños chillaban histéricos, abrazados a la anciana, mientras el anciano intentaba ocultarles la vista del desagradable aspecto del muchacho muerto, hecho un ovillo sobre el reguero de sangre que brotaba bajo sus pies.
-...¡Dios! ¡Nunca podrán pasar...! -se lamentó el sacerdote, al tiempo que retrocediendo, se dirigió a las escaleras del pasillo.
El doctor venía escuchando desde hacía rato los quejidos lastimeros de una mujer que se había puesto de parto. Iba a ocuparse del muchacho de la gangrena en la pierna, pero enseguida comprobó que sufría una hemorragia interna y cambió de planes...
-¡Traéme a esa mujer, rápido! -exigió con determinación- ...¿Y el sacerdote, dónde anda, lo necesito aquí?...
-Lo ví en las escaleras que suben a la azotea... -acertó a explicar la enfermera reaccionando con rapidez. Acto seguido, la muchacha se concentró a fondo y consiguió calmar a la parturienta, le aseguraba que todo iba a salir bien, que ahora estaban con ella. La mujer siguió cada una de sus indicaciones al pie de la letra, aunque con el miedo clavado en el rostro mientras el doctor la exploraba. No pudo escuchar el resto de sus palabras porque otra repentina ráfaga de disparos se sucedió sin pausa, apretó los ojos y sólo se preocupó de respirar y empujar, respirar y empujar. Nadie podía oirse, el ruido de las balas se elevaba por encima de los gritos que provenían del pasillo y de la calle; uno de los impactos perforó la cabecera metálica de la camilla, pero el médico no tembló al sostener al recién nacido en sus brazos... El niño lloraba con fuerza, con exagerado estruendo ahora que los disparos habían cesado.
El doctor se giró hacia la puerta cuando la pareja de ancianos cruzaba la entrada con las niñas y, entregando la criatura a su madre, se dirigió al sacerdote que, cabizbajo, descendía de la azotea por las escaleras. Cuando el sacerdote posó el fusil en un rincón lateral del pasillo le preguntó sin poder dar crédito a la escena...
-¿Pero, ...¿qué ha hecho?
-¡Que Dios me perdone! -suplicó el sacerdote con el gesto hundido- ...Pero no matarás...
El doctor comprendió que por fin aquel francotirador no volvería a molestarles, que podrían seguir trabajando por la vida y pasó su brazo sobre los hombros de aquel hombre abatido en un intento por contener el dolor de su contradicción. Todos escucharon el llanto del recién nacido que inundaba la sala, que se extendía por cada rincón de los pasillos de aquel puesto en ruinas y que recorría cada una de las esquinas de las calles de la población con su música de esperanza. Incluso, por un instante, a algunos les pareció reconocer la canción de la vida que había decidido volver. Por fin podían escuchar el latido de su música en los corazones.

¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !