miércoles, enero 09, 2008

UNA HISTORIA DE CINE

                               
Fue un encuentro casual, de los que diseña el destino en el espacio muerto de los cruces de camino. A Gina enseguida se le vino a la mente uno de aquellos guiones cinematográficos que Max, el viejo amigo de sus tiempos de actriz, solía esbozar en apenas dos minutos, con una facilidad tan pasmosa que hacía sospechar por igual de sus acaloradas promesas de triunfo.
-¡No puede ser, Gina, pellízcame, por favor! –Max no ocultaba su sorpresa.
Gina se le llevó al final de la barra, prefería evitar las cercanías del mostrador y el ajetreo de clientes que, tarde o temprano, acabarían por interrumpir o entrometerse en la conversación. La aparición de Max venía que ni pintada para cambiar impresiones con antiguos recuerdos y oxigenar las últimas experiencias, demasiado maltrechas; le vendría bien renovarse con un poco de aire fresco.
Se sentaron a la penumbra de una de las mesas bajas, mientras Max le explicaba con apresurado entusiasmo los motivos de su presencia en aquel lugar. Habían llegado al mediodía y mañana iban a rodar unos exteriores para su próxima película, unas tomas sueltas de fondo para el escenario de otro de sus éxitos asegurados, antes de proseguir viaje...
-…Ya sabes. –Max sonrió entre risitas cómplices- Si no sale uno a tomar una copa y conocer el ambiente nocturno de las ciudades por las que pasa…
Gina posó su mano sobre el brazo de Max, que sostenía la copa, en un gesto de amigable camaradería, sin dejar de prestar atención a las explicaciones de sus proyectos, llenos de nombres y lugares que nunca antes había oído. Pero atendía sin escucharle, ignoraba por qué sus palabras no atravesaban la muralla que se había levantado entre ambos, a pesar de encontrarse tan cerca. No podía quitarse de la cabeza la última cita del día anterior, aquel cliente borracho que le obligó a dormir toda la noche en el sofá. Apenas durmió, en vela, pendiente de acostarse junto a él de madrugada, semidesnuda, para que al despertar no hubiera dudas del trato pactado. Sí, aquel fue un dinero fácil comparado con otras ocasiones, menos afortunadas, desagradables o violentas incluso. Era un hotel de poca monta, a una manzana del local, donde ya la conocían. Allí tenía su habitación disponible para la ocasión, su propio negocio. Había días de mayor recaudación y noches de insomnio, a un precio imposible, pero a ella le bastaba con poco. No se podía improvisar cuando la supervivencia estaba en juego; el precio arriesgado podía tornarse caro. Había aprendido a elegir y decir no; tampoco iba a complicarse por un plato de mal gusto, así que practicaba el arte de seleccionar para ganarse el sustento con la menor dificultad posible. Era la primera vez en muchos años que se topaba con alguien cercano a su pasado. Sin embargo, Gina manifestó su alegría sin entregarse…
-…¿Y Alex? –la pregunta se le escapó de los labios.
Max dio vueltas a los hielos del vaso y, por unos instantes, pareció meditar en círculos.
-Supongo que era una pregunta inevitable. Lo siento, Gina, no quería…
-Ya no me importa, Max…
Antes de que la foto de Alex saliera en las portadas de las revistas, Gina trabajó duro junto al prometedor director, ambos sacaron tablas de tantos proyectos compartidos; era la ilusión lo que les impulsaba a esforzarse más allá del límite, no había boato entonces ni malsana ambición. También tuvieron tiempo de estrechar lazos.
-Sí, Gina, sigo con él. Hay mucho trabajo, sabes que no puede jugarse con eso… -Max parecía disculparse por el comportamiento de su jefe y amigo a la vez- No ha cambiado, ya le conoces, es mejor dejarle a sus anchas. Son muchos años trabajando juntos, Gina…
-Sí, mejor dejarle…
Gina se alegró de que su amigo no continuase; siempre resulta doloroso rememorar la trayectoria biográfica de un antiguo amor. Nadie podría explicarle nunca con palabras lo que ella misma sintió junto a él. Alex no era hombre que apresar contra las cuerdas ni que encerrar en un puño, pero tampoco servía para tejer un mañana, un ahora, un minuto de cumplida lealtad. El premio fue su primer festival internacional, una mención honorífica, a la que les acompañó el fruto en forma de nueva esperanza. El embarazo, sin embargo, impidió que ella representase el papel protagonista de la nueva película, como en anteriores ocasiones. Acudió a cada ensayo y contempló en vivo la transmutación de los actores, el esfuerzo de la primera actriz por adaptarse al molde que el director plasmaba con derroche en detalles y conceptos. Observó como espectadora privilegiada el discurrir de las escenas, el montaje de un argumento que cobraba vida al tiempo que desvelaba, entre sorpresa y engaño, la faz de una realidad distinta e insospechada. Luego, las complicaciones de un embarazo difícil ni siquiera le permitieron asistir al estreno. El éxito profesional y un aborto pusieron de manifiesto las incompatibilidades que les separaban. Fue a partir de entonces que Alex se hacía acompañar siempre de su chica protagonista, la actriz de turno de la película en cartel. Por lo visto, no había cambiado nada, pero después de su experiencia, a Gina nada podría hacerla cambiar tampoco de opinión; ni lo esperaba, además.
-¿…Y tú, Gina? Háblame de ti, niña, se te ve igual de preciosa…
Ambos rieron entre carcajadas y cumplidos.
-Casualidad, Max. Es una casualidad que nos hayamos encontrado. Vivimos a una hora de coche de aquí… -Gina se anticipó a la pregunta- Sí, me casé. Mi marido es publicista, me ayuda en la firma de joyas que represento, nada importante, pero da para seguir, sin el acoso de cámaras y fotógrafos y eso… –volvieron a reir, nerviosos.
Desde la penumbra del rincón Gina distinguió la figura del cliente de la noche pasada, esta vez demasiado sobrio. Hizo acopio de energías en un suspiro y continuó con la historia:
-…Hemos venido hoy a visitar a su hermana, la familia es de aquí; olvidó en su casa las llaves del coche y, mientras le esperaba, entré a los aseos. Llegará en breve, no podremos estarnos mucho, hay que regresar…
Por fin el cliente pareció reconocerla y Gina, sin perder detalle de la situación, se incorporó con diligencia de la mesa cuando hizo ademán de acercarse…
-…¡Ahí llega! No le hago esperar, Max, me alegro mucho de volver a verte. Suerte, Max, un beso.
-Un beso, Gina…
Gina se levantó y cruzó el pasillo del mostrador como una exhalación, rauda, en dirección a su cliente de quien se enganchó por el hombro para conducirle de nuevo a la salida…
-Hoy repetimos, monstruo. Invita la casa. –le susurró al hombre, que se dejó llevar sin rechistar.
Cuando Max se asomó a la calle les vio desaparecer al fondo de la primera manzana, bajo el parpadeo irónico de un rótulo de neón donde podía leerse: “Hotel La Platea”. Todavía no se había repuesto de lo inesperado del encuentro y tan repentino final…
-Siempre fuíste una buena actriz, niña. –pensó en voz alta, apurando la copa de un trago…


¡FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS!

miércoles, enero 02, 2008

EL PREMIO


    Aparentemente, resultaba fácil, sólo había que mentir. Y en verdad, fue relativamente sencillo poner fin y prescindir de las relaciones de aquellas personas, que ocupaban puestos de trabajo, ahora incómodos, para la Compañía, a raíz de la fusión reciente, sin importar ni entrar a considerar lo complicado de las vidas de quienes, hasta el día anterior, habían sacrificado las suyas para salir adelante. El provenía ya de otras guerras similares y, en ese sentido, su experiencia se había enriquecido con el ácido sabor de la inmisericorde ambición y con el demoledor poder de las opresoras armas que permitían ejecutar el daño. Sí, no es difícil acorralarle, tras casi tres horas de reunión y, una vez arrinconado por el acoso incesante, el propio subordinado es quien implora piadosa clemencia; o bien desata su primitivo instinto agresivo, al salir en pos de la natural defensa de su ser, y arremete en bruscos gestos de violencia incontrolada, que pueden utilizarse en su contra. Tal era la estrategia diseñada, y ya había tenido ocasión de comprobar que aquella trampa nunca fallaba.
La nueva Compañía se encontró de repente con un excesivo volumen de empleados y, si bien el número de productos y cifras igualmente dobló, tal ingente cantidad de personal, avalado por años de trabajo constante, resultaba caro para los propósitos de crecimiento, previstos por la nueva Directiva, más partidaria de ahorrar en indemnizaciones, aun a fuerza de manipular con provocaciones y amenazas para alcanzar el objetivo perseguido. Tal era su misión en la nueva empresa y en ello le iba su trabajo, así que había estudiado despiadadamente el modo y el momento preciso, para que su ataque sobre el empleado causase el impacto deseado.
Tampoco resultó difícil, después, añadir al informe que el empleado empuñó el bolígrafo, beligerante, contra el rostro del Gerente, y le propinó una desaforada colección de insultos. No hubo otro remedio ni reacción más apropiada que obligarle a abandonar la sala. Luego, a este hecho, añadió la falta grave de no asistencia a aquella otra reunión de trabajo, de la que ni siquiera hablaron. Fueron suficientes motivos para abrir un expediente disciplinario y, de este modo, hacer efectiva la sanción que interesaba a la empresa. Se había planificado desde altas esferas y no podía fallar. El empleado, despojado de sus armas más razonables, insatisfecho y desesperanzado, terminaba por sucumbir a la tensión acumulada. Y él era el ejecutor ideal, cumplir su tarea sin escrúpulos, permitiría abrir un hueco en la jungla o, tal vez, encumbrarle.
–¡Uno menos! –se dijo, y suspiró hondo, nervioso, pues tanta dedicación al desprecio no mantenía por mucho tiempo el alivio esperado. Gracias a estas medidas de limpieza, las redes comerciales se reciclaban, actualizándose, aunque nada garantizaba el límite a semejante desenfreno y, era sabido, que, sin subalternos a quien ordenar, ni siquiera su propio puesto tenía sentido.

   Siempre es duro comenzar de nuevo y más aún finalizar la obra sin pretenderlo, sin buscarlo ni haberlo siquiera imaginado. Sin embargo, para él, una vida nueva había comenzado. Obligado por los inesperados acontecimientos aún no había podido asimilar el amargo trago de su despido, injusto, brusco y premeditado. Arrastró sus pasos pesados en la noche lenta, sólo iluminada por las farolas que jalonaban el regreso a casa. Se desvistió, autómata, en un intento vano por despojarse de todo atisbo que recordase la azarosa situación recién atravesada. Lanzó el bolígrafo, el maldito bolígrafo sobre la mesa y, desnudo, se sentó con la cabeza entre los brazos, queriendo reflexionar, harto y sin conseguirlo. Su mujer y el pequeño hijo seguían siendo el todo, pero ahora también representaban lo único por lo que seguir y a lo que aferrarse. Ella le observó callada y lo dejó a solas, apartando al niño para que no ahuyentase al tiempo necesario, el instante de dar la bienvenida al nuevo camino hallado.
Con el rostro sumido entre las manos puso fin a aquella oscuridad y, recogiendo el bolígrafo, comenzó a escribir. Escribió toda la noche, sin pausa. Y al día siguiente, también, y al otro. De noche y de día, continuó escribiendo; durante tardes interminables, repasó con frenético ahínco, casi apasionado, lo escrito. Volvió sobre sus pasos para rectificar y consolidar arreglos nuevos, la palabra justa, la frase adecuada… Lo tituló "Caminos del Aire" y, al acabar, lo dejó descansar en el extremo de la mesa del comedor durante meses, condenado al polvo del olvido en la esquina del abandono. Fue ella quien lo rescató para mitigar la pena, fiel a su feliz idea.
Por eso, cuando se dio a conocer el ganador del Gran Certamen Literario su nombre brilló con luz propia. A partir de entonces, "Caminos del Aire" marcó un hito de referencia en la narrativa de actualidad y, aunque no era de los premios más remunerados, su categoría profesional lo consagraba entre los grandes. Al concluir la rueda de prensa esquivó los flases y autógrafos, abandonando el hotel por la puerta del personal. Junto al taxi que aguardaba, una pequeña gitana mendigaba…
–¡Toma, muchacha! –dijo y, tendiendo la mano, le regaló el bolígrafo.
El taxi arrancó suave, perdiéndose entre las hileras de farolas que abrían el camino a su paso.


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¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !