sábado, febrero 16, 2008

CAMBIO DE AIRES



Fue una mala caída. Su madre ya le había advertido más de cien veces que tuviera cuidado con los árboles y, precisamente, había tenido que ocurrir ese día y allí, en la arboleda que rodea el internado del colegio Saint Paul. Ahora su madre y la familia quedaban lejos y, desde luego, que aquel verano se presentaba con un comienzo poco o nada halagüeño.
El profesor Tycho, un viejo catedrático casi a punto de jubilarse, más ocupado en pasear los libros que en dar clases que despertasen el de por sí distraído interés de algún alumno, fue quien se hizo cargo de su convalecencia. El profesor vivía en un ático de la barriada nueva, frente al colegio, aunque desde su amplia balconada se podía contemplar la parte sur de la ciudad e, incluso, el puente que cruza el río Delaware. Al menos, aquella panorámica compensaría la monotonía de la claustrofobia, que preveía para todo el tiempo que durase su obligada estancia allí. Sin embargo, enseguida comenzó a cambiar su concepto del profesor Tycho, apenas le hubo tratado un poco o, mejor dicho, en cuanto se dejó tratar. Bajo aquella apariencia de viejo serio y malhumorado se hallaba una vitalidad jovial y un espíritu simpático, desbordante de ternura. La primera sorpresa fue al deshacerse de sus hábitos de profesor al llegar a la casa; sin la toga y el sombrero de borla, hasta el semblante del señor Tycho parecía sufrir una transformación. Sus bigotes canosos le daban un aspecto cómico, no resultaba difícil imaginárselo en sus años mozos preparando alguna que otra travesura. Su fama de hombre metódico y riguroso le había servido para espolear su conocimiento más allá de los libros o las aulas y, gratamente, sorprendía verle manejar los utensilios de cocina con la maestría de un experto, al mismo tiempo que cantaba La Traviatta o declamaba sus versos griegos preferidos. Para todo pedía consejo o consentimiento, ya fuera para el menú del día o para la lectura de la tarde, incluso, dejaba elegir qué tipo de música escucharían para aquel u otro momento. Era innegable que le sentaba bien sentirse ocupado en alguien, debió de haberse encontrado demasiado sólo anteriormente, pero, ahora, en compañía, recuperó con rapidez los resortes que mueven la convivencia. Aprovechaba para volcar toda la responsabilidad de la que era capaz, cada vez que revisaba la cura; la herida pronto adquirió forma de cicatriz gracias a sus desvelos y ya había conseguido aventurar unos primeros pasos, titubeantes, cuando el profesor marchaba en las mañanas a sus quehaceres en el colegio. Así, los avances fueron notables y, en menos tiempo del previsto, se sintió con fuerzas y ánimo para continuar por sí solo su interrumpida andadura.
A medida que se iba aproximando el tan ansiado instante de su salida, también, por desgracia, empezaba a lamentar el inevitable hecho que ambos debían de afrontar. Sin duda el señor Tycho lo extrañaría todavía más que él; se había preocupado en hacer agradable su permanencia en la casa, y ahora resultaba más que probable que aún padeciese más esa sensación de abandono después de su ausencia. Aquella noche era la última, preveía que al día siguiente sería ya capaz de saltar, además no había parado quieto en toda la mañana, mientras el profesor asistió a la ceremonia festiva de la clausura del curso.
El señor Tycho llegó con gesto preocupado por la tardanza, repartiendo disculpas, pero sin poder ocultar su ilusión casi infantil de felicidad... Esa noche celebraron la fiesta a su modo, su despedida particular; había traído el postre que sobró del colegio, y que había pedido a tal efecto a la encargada de la cocina que, algo extrañada por la caprichosa osadía del viejo profesor, se lo preparó y envolvió con mimo. Durante la cena, el señor Tycho cantó y lloró de risa al recordar los primeros chistes de estudiante y alguna de las traviesas novatadas, de las que fue objeto al llegar a la universidad. Luego, como no podía faltar, declamó a Platón y a Aristóteles, se deleitó con algunos pasajes de La Odisea y de La Guerra de las Galias, conjeturando hipótesis acerca de la indolencia de la vida en aquel tiempo. A veces se quedaba solo, perdido en la pura elucubración y hasta se reía de sus propias ocurrencias... No cabía duda de que disfrutaba, se lo estaba pasando en grande. Sí, era un hombre excepcional, no podía tener queja del trato dispensado. A pocas personas había llegado a conocer tan de cerca y tan bien, gracias a aquellas circunstancias especiales.
A la mañana siguiente, puntual como de costumbre, el profesor marchó pronto al colegio. Salió sin meter ruido, con cuidado de no despertarle. Pero él llevaba en vela largo rato, desde que el alba se anunció en las rendijas de la ventana. Había llegado el momento de su partida, pero, antes, echó una rápida ojeada al lugar que hasta entonces había sido su refugio. Luego se acercó a la balconada y saltó... Los primeros aleteos sobre los tejados le supieron a gloria, estaba en plena forma. Remontó cielo arriba, siguiendo el curso del río, contento. A su madre, además, iba a parecerle mentira todo lo que había aprendido con aquella experiencia.


¡FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS!

sábado, febrero 02, 2008

EN DIRECCIÓN CONTRARIA


Volvieron a discutir, no podía ser de otro modo. Durante los últimos años de su matrimonio las discusiones habían sido la tónica general. A Gonzalo parecía encendérsele un pilotito automático de color rojo cada vez que se adentraba en el farragoso terreno al que Virginia sabía conducirle con habilidad; había aprendido a reconocer –a fuerza de tropezar con el mismo obstáculo- aquella señal de peligro que le avisaba de la imperiosa necesidad de poner punto final a la situación. La experiencia le había demostrado que intentar avanzar en estas condiciones suponía un riesgo innecesario, además de desagradable.
Primero fue el amor lo que se resquebrajó. Las ausencias de Virginia so pretexto de cenas de negocio o con las compañeras de trabajo comenzaron como una insidiosa premonición. Luego, la sospecha tomó cuerpo, el distanciamiento se tornó insalvable y nada había que Gonzalo pudiera hacer para cambiarlo. Virginia se le escapó de entre las manos, igual que el amor y, con ella, el matrimonio, el piso…
Se habían citado aquella tarde para ultimar los detalles finales de la venta del piso. Gonzalo le confirmó que el interés de la pareja compradora se había materializado y hecho efectivo. Firmarían el lunes próximo ante el notario y dividirían el pago en mitades iguales con destino a cuentas bancarias distintas. Virginia tenía prisa por acabar la conversación, había quedado con Ignacio, su amor actual, para pasar el fin de semana esquiando, con habitaciones reservadas en un albergue de montaña. La tarde del viernes se echaba encima y tendrían que evitar la hora punta de salida de la ciudad si querían llegar a disfrutar de su destino cuanto antes, así que al final accedió a pagar a medias también el porcentaje correspondiente a la agencia inmobiliaria. Se había negado en un principio solo por el hecho de no ponerlo fácil y discutir; sabía que a Gonzalo se le derrotaba nada más empezar con un buen portazo en medio de las narices. No dejaba de resultarle un tanto cómico el gesto de abatimiento que le embargaba y, aunque tal vez pudiera parecer un juego cruel, había descubierto que los hombres en general dejaban de ser unos superhéroes en cuanto se les acorralaba entre la espada y la pared. Disfrutaba ciertamente de esos breves instantes de duda y desconcierto, donde su inestabilidad quedaba patente; de alguna manera le hacía sentirse más segura y fuerte.
Sin embargo con Ignacio no se había atrevido a llevar su estratagema hasta ese límite. De un lado, prefería evitar las consecuencias, la sensación de ese efecto desolador; y de otro, tampoco deseaba arriesgar demasiado con su actual acompañante y, a la vez, director de la Compañía. Desde que vino a ocupar el puesto ella se convirtió en la secretaria perfecta y en una ayuda inestimable que enseguida se aprestó a rentabilizar. Al menos se trataba de un proyecto de futuro más consolidado y prometedor que el que auguraba su vida con Gonzalo, a base de trabajo, convivencia y sacrificios. Al fin y al cabo el amor hallaría por sí solo su sitio rodeado de comodidades.
Cuando Gonzalo comenzó a recordar en voz alta, sin disimular el tono de reproche, los esfuerzos y penurias que les llevó la adquisición de aquella vivienda donde comenzaron los primeros tiempos de su relación matrimonial, Virginia se incorporó del asiento:
-…Entonces hasta el lunes, Gonzalo, allí estaré para firmar. –concluyó, mientras recogía el bolso y se abotonaba el abrigo.
-Está bien, adiós…
Gonzalo la observó salir de la cafetería y casi estuvo a punto de pronunciar su nombre, que refrenó con un suspiro resignado. Desde la separación, Gonzalo se había trasladado a un discreto apartamento alquilado en pleno centro urbano, pero le desalentaba el panorama de enfrentarse a la soledad gris de todo un fin de semana por delante, así que decidió acercarse hasta la casa de su madre en las afueras; le sentaría bien la compañía y el sosiego de una población pequeña en mitad del campo.
A Virginia le resultó imposible esquivar el tumulto del tráfico en la hora punta. Cuando llegó a la casa en la zona residencial, Ignacio ya le aguardaba impaciente…
-Creí que nunca ibas a llegar, cariño. Está todo listo, ¿vamos?
-…No se te ocurra salir por el centro, está de locura…
-Iremos hasta la circunvalación, por sentido contrario –aclaró Ignacio, mientras cargaba las maletas-. Daremos un rodeo más largo, pero más fluído. No perdamos tiempo…
Un cielo metalizado se tiñó de gris y las primeras gotas cayeron sobre el parabrisas del todoterreno de color caqui en el que enfilaron la autovía de salida hacia la circunvalación. Ignacio se afanaba por recuperar los minutos perdidos y aceleraba a pesar de la cortina de lluvia que empañaba la carretera y dificultaba la visibilidad. Las ruedas chapotearon con un giro extraño en la curva y, casi sobre la mediana, Virginia se inquietó:
-No tan rápido, cari…
Cuando el centro se desatascó a Gonzalo no le resultó costoso dejar a un lado la circunvalación. A pesar del retraso, ahora avanzaba solo por la carretera, más descongestionada que el carril de encima donde, en sentido contrario, circulaban ávidos por alcanzar las afueras. La lluvia le obligó a aminorar la velocidad. Apagó la radio y apretó el encendedor, mientras sacaba un cigarrillo de la guantera. Al levantar la vista, mientras lo prendía, apenas tuvo tiempo de distinguir enfrente el todoterreno caqui que, arrollando aire y agua, volaba en tirabuzones mortales contra él…


¡FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS!