sábado, marzo 29, 2008

LLEGO TARDE


-Llego tarde... Sí, bien, ¡hasta luego, cariño!
Acababa de hablar con ella cuando las primeras gaviotas de la tarde se posaban en la orilla. Las olas elevaban una tenue cortina de bruma entre los acantilados y dejaban su rastro iridiscente sobre la arena mojada. Era la misma playa en que se conocieron, donde transcurrieron sus cuatro veranos de noviazgo enamorado. Después de casados también siguió siendo aquel escenario el testigo de su amor, pero sólo durante el primer año, en los otros cuatro siguientes se hicieron mayores, se volvieron más serios de repente.
Sin embargo hoy no se bañaría como venía repitiéndolo con regularidad cada viernes noche desde hacía casi un año. Siempre había mantenido esa sana costumbre de rubricar con deporte la jornada semanal, primero en la piscina y, avanzada la primavera, en su playa preferida. A Nelly, sin embargo, aún no le había confesado que de nuevo frecuentaba la playa, ella seguía convencida de que acudía al polideportivo municipal. Desde que se trasladaron a Thöodar para estrenar aquella reciente urbanización algo comenzó a cambiar, empezó a sentirse incómodo dentro de aquel enorme chalet, como si tanta confortabilidad no compensara lo suficiente el sacrificio al que la cruel hipoteca le sometía. Así empezó a engañar a Nelly, con pequeñas mentiras, por ejemplo en el precio de la casa, la cantidad excesiva de dinero negro que hubo de entregar previo a la compra siempre fue un hecho oculto para su esposa. Por supuesto que también permaneció ajena a los favores cobrados por la secretaria de la Promotora. Monique era una secretaria especial, con un tipo más apropiado para modelo de pasarela que para dejarlo macerar tras el despacho de una oficina, no era extraño por tanto que crecieran los negocios de la inmobiliaria. Además sabía emplear cada uno de sus convincentes recursos a la perfección, desde el principio dominó y estableció las cláusulas pendientes de aquel nuevo contrato.
Llevaban viéndose y manteniendo aquella relación escondida durante todo ese tiempo, sin que su mujer tuviera siquiera la más leve sospecha. Hacía apenas una semana que Nelly le había descubierto restos de arena en los bolsillos del pantalón, también en los zapatos; a él no le quedó más remedio que traer a colación el recuerdo de la cercana playa de Thöodar y los inolvidables veranos disfrutados allí. Pero en el fondo le molestaba tener que mentir así. Se encontraba acosado, de un lado, por la extorsión sexual de la secretaria, ávida por satisfacer los beneficios de su tributo y, de otro, por el asedio moral que se infringía a sí mismo, que le removía las entrañas y hacía tambalear sus cimientos al no hallar escapatoria posible...
-A nadie le amarga un dulce... -pensó en un principio, pero a Nelly la amaba y aquella situación amenazaba con transformarse en una insoportable indigestión.
Aquella sería la última vez, había decidido poner fin a aquel chantaje consentido, así que esa tarde se citaron como un viernes más al borde del acantilado, sobre la playa. Llegó antes que ella y se cuidó mucho de dejar visible el automóvil en lo alto, luego se alejó un poco para esperar junto a los arbustos. Aquella lenta eternidad no le pareció tanto cuando escuchó a lo lejos el motor del coche que llegaba, como siempre había aparcado fuera, al otro lado de las dunas. La última luz del día se apagaba, difuminada entre la película de bruma que ascendía, espesa. Las siluetas del vehículo y de la chica se recortaban, oscuras, sobre el acantilado, contra el cielo del horizonte... Fue entonces cuando saltó de su escondite y, en apresurada carrera, arremetió desde atrás contra el cuerpo de la mujer. La empujó con un golpe sordo, con fuerza, contra sus espaldas desprevenidas. La noche le impidió verla caer por el acantilado, ni siquiera oyó las olas en su batir incesante, abajo sólo imperaba un silencio frío que le hizo estremecer...
Regresó a casa por la carretera vecinal sin lograr reponerse, era pronto aún para percibir el alivio de haberse desembarazado de Monique y su malévola tiranía. Ahora nada impediría la completa dedicación a su familia, lo había hecho por Nelly, por la felicidad de su amor naufragado, no habría nunca nada que explicar. Trató de inspirar hondo al volante para calmarse, sin conseguirlo. Las luces de Thöodar tiritaban, intermitentes, cuando entraba ya a la población, ni siquiera el escaso tráfico nocturno le devolvió la sensación de tranquila serenidad que ahora necesitaba. Estaba tan nervioso que hasta le pareció cruzarse con el coche de la secretaria cuando ya enfilaba la avenida de entrada a la urbanización. Aceleró mientras su inquietud iba en aumento y un largo escalofrío tomaba forma de mal presentimiento. Acabó por aparcar de cualquier manera, se apeó y entró en la casa como una exhalación sin dejar de gritar...
-...¡Nelly, Nelly! …¡Oh, Dios mío, Nelly, no, no!...
Notó el vibrador del teléfono móvil en el bolsillo de la americana...
-...¡Llego tarde, amor! -al otro lado la voz de Monique sonaba cadente, sin estridencias.

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viernes, marzo 28, 2008

UN ÁRBOL LLAMADO...


Entre los humedales se fue abriendo paso ahora más ligero, aunque bastante fatigado. Atrás quedó el peligro de la zona pantanosa y de los tramos que hubo de atravesar con el agua llegándole hasta el pecho. Sujetando el machete por encima de la cabeza, con los dientes apretados, avanzó con lentitud cada centímetro, tragándose el sudor que goteaba de su barba rala, hasta que por fin el lodo se tornó firme y pudo correr hacia el bosque. Un suspiro de esperanza pareció resucitar de sus sofocados jadeos cuando penetró en la espesura. Sin detenerse, continuó la desenfrenada carrera, apartando a golpe de machete la maraña de lianas que obstaculizaba su camino. Un camino improvisado sobre la marcha, inventado por el afilado cincel del único arma del que ahora podía fiarse. También atrás quedó el galopar tumultuoso y los ladridos salvajes de las fieras desbocadas, alentadas por los gritos no menos fieros de sus perseguidores.

Corrió y corrió hasta caerse, hasta que todo ápice de energía se esfumó, desgastado. Su rostro quedó hundido en el barro del suelo, entre las hojas, al pie del gran tronco, bajo el frondoso techo del bosque. Aquella zona de la costa oriental era conocida por la bravura de los piratas que la custodiaban y, por tanto, tan temida como evitada. Sin embargo, la galerna que le desarboló el palo mayor fue una más de las que frecuentemente se desataban en el área en aquella época del año, dejándole así a merced de las aristas rocosas de los arrecifes, sembrados indiscriminadamente por la mano del diablo. Advertido del riesgo, el inoportuno temporal vino a complicar el viaje inesperadamente.

Sin fuerzas para oponerse a los piratas que lo capturaron hubo de padecer un tortuoso cautiverio, interminable de no ser por el descuido igualmente inesperado de sus captores que, oportunamente, supo aprovechar. La persecución fue despiadada y, durante la carrera, habló consigo mismo repasando cada pregunta y respuesta, cada uno de los motivos que lo habían empujado tan lejos en el viaje de su vida.

Recordaba la voz de su amigo Pablo animándole con tono amable, apaciguando sus miedos. Pensándolo bien no conocía a nadie con aquel nombre, pero sí reconocía la voz familiar del amigo. Le hablaba del hogar y de las gentes que amaba en la otra tierra firme, de donde partió. Sí, se decidiría a volver, iba siendo hora de regresar. Ahora mismo no existía nada que más deseara y, llorando, se abrazó a su amigo, desconsolado. Así, abrazado, se despertó, con sus brazos alrededor del enorme tronco redondo, queriendo abarcar el ancho contorno del árbol que cobijó su sueño… Pablo, Pablo!, gimió aún levemente, mientras despertaba, incrédulo.

De vuelta a casa fue lo primero que hizo, según vino proponiéndoselo durante todo el trayecto. Llegó al pueblo dispuesto a dedicarse en exclusividad a cumplir aquella promesa. La antigua casa de piedra seguía en pie, aunque en ruinas y, así, recorrió cada rincón de infancia y los recuerdos que aún pervivían en los lugares que amó. Dejó que sus pasos le guiasen o, tal vez, fue el propio sendero que llevaba a la fuente el que lo guió… Por un instante dudó y se preguntó por dónde… ¡Por aquí, por aquí!, reconoció la voz, al final de la linde con el bosque. Se sentó allí, bajo el árbol grande, apoyado en el respaldo confortable de su grueso tronco y, extrayendo el libro del petate, leyó durante horas, ininterrumpidamente, hasta dormirse. Al despertar, se despidió… ¡Hasta mañana, Pablo!

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sábado, marzo 15, 2008

PERO NO MATARÁS



Hacía rato que se habían acabado las gasas, la enfermera le enjugó el sudor de la frente con un pañuelo de papel usado. El médico manipuló el costado del hombre y pidió más sutura…
- …La última caja, doctor. –apuntó la enfermera.
Cuando acabó la intervención se volvió hacia ella con tono de eficiencia:
-Vigila el drenaje y cámbiale el suero…
Apenas acabó de pronunciar estas palabras cuando un disparo certero hizo añicos el espejo colgado junto al gran ventanal, que también terminó por venirse abajo del todo en mil pedazos. La enfermera corrió de un salto tratando de salvar las dos botellas de suero que reposaban en la vitrina debajo del espejo, pero llegó demasiado tarde. El médico gritó tajante mientras se agachaba:
-¡Al suelo, no os mováis!
Una nueva racha de disparos se sucedió, esta vez más continuados. Llevaban cinco largos días sometidos al tortuoso asedio de un francotirador que, sin ningún escrúpulo, mantenía a raya los restos de aquel gabinete médico que fue incapaz de seguir a la población en su huída desesperada ante los tanques invasores. Las tropas enemigas no tardarían en llegar con su demoledor rastro de destrucción y, mientras, el francotirador constituía la avanzadilla que aseguraba el camino abierto con su tarea de limpieza mortal.
El doctor había conocido otras guerras, pero no establecía distinciones entre ellas; para él todas eran iguales, una oportunidad para demostrar que sólo triunfa la vida. El pasillo de aquel puesto abandonado era una muestra, plagado de enfermos y heridos que reclamaban la atención con sus lamentos. Sin embargo, nada se podía ya demostrar a los cuerpos de quienes no se quejaban, las balas se habían encargado de callarles para siempre.
El sacerdote del hospital se acercó hasta él a rastras y, desoyendo el gesto de detenerse, continuó aproximándose hasta la entrada de la puerta principal... El silbido de una bala asesina le advirtió de cuál era el límite. Afuera, al otro lado de la calle, una pareja de ancianos acompañada de dos niñas y de un joven muchacho se ocultaban de la lluvia de disparos entre las columnas de los soportales a la espera del momento favorable para cruzar a salvo hasta el puesto médico.
-Esa pobre gente no puede salir de ahí... -exclamó con impotencia.
El médico ya los había observado antes a través del sucio y destrozado ventanal, pero bastante tenía con tratar de solventar las heridas de los que llegaban a sus manos con aquella escasez de medios. Sí, a veces creía que se trataba de algún milagro, pero no podía permitirse tregua alguna...
-Hay que seguir, tráigame al siguiente, señorita...
La enfermera gateó por el suelo y se incorporó, aprovechando el breve descanso que el francotirador les otorgaba. Regresó al poco con una camilla donde un soldado extendía su pierna engangrenada; antes había chillado de dolor y, aunque ahora desvanecido, la chica consideró apropiado dedicarle a él la última jeringa de anestesia disponible.
De pronto, el sacerdote lanzó un grito desgarrador llevándose las manos a la cabeza, todavía tumbado en el suelo. El joven del edificio cercano había intentado cruzar la calle cuando un proyectil le alcanzó de lleno... Los niños chillaban histéricos, abrazados a la anciana, mientras el anciano intentaba ocultarles la vista del desagradable aspecto del muchacho muerto, hecho un ovillo sobre el reguero de sangre que brotaba bajo sus pies.
-...¡Dios! ¡Nunca podrán pasar...! -se lamentó el sacerdote, al tiempo que retrocediendo, se dirigió a las escaleras del pasillo.
El doctor venía escuchando desde hacía rato los quejidos lastimeros de una mujer que se había puesto de parto. Iba a ocuparse del muchacho de la gangrena en la pierna, pero enseguida comprobó que sufría una hemorragia interna y cambió de planes...
-¡Traéme a esa mujer, rápido! -exigió con determinación- ...¿Y el sacerdote, dónde anda, lo necesito aquí?...
-Lo ví en las escaleras que suben a la azotea... -acertó a explicar la enfermera reaccionando con rapidez. Acto seguido, la muchacha se concentró a fondo y consiguió calmar a la parturienta, le aseguraba que todo iba a salir bien, que ahora estaban con ella. La mujer siguió cada una de sus indicaciones al pie de la letra, aunque con el miedo clavado en el rostro mientras el doctor la exploraba. No pudo escuchar el resto de sus palabras porque otra repentina ráfaga de disparos se sucedió sin pausa, apretó los ojos y sólo se preocupó de respirar y empujar, respirar y empujar. Nadie podía oirse, el ruido de las balas se elevaba por encima de los gritos que provenían del pasillo y de la calle; uno de los impactos perforó la cabecera metálica de la camilla, pero el médico no tembló al sostener al recién nacido en sus brazos... El niño lloraba con fuerza, con exagerado estruendo ahora que los disparos habían cesado.
El doctor se giró hacia la puerta cuando la pareja de ancianos cruzaba la entrada con las niñas y, entregando la criatura a su madre, se dirigió al sacerdote que, cabizbajo, descendía de la azotea por las escaleras. Cuando el sacerdote posó el fusil en un rincón lateral del pasillo le preguntó sin poder dar crédito a la escena...
-¿Pero, ...¿qué ha hecho?
-¡Que Dios me perdone! -suplicó el sacerdote con el gesto hundido- ...Pero no matarás...
El doctor comprendió que por fin aquel francotirador no volvería a molestarles, que podrían seguir trabajando por la vida y pasó su brazo sobre los hombros de aquel hombre abatido en un intento por contener el dolor de su contradicción. Todos escucharon el llanto del recién nacido que inundaba la sala, que se extendía por cada rincón de los pasillos de aquel puesto en ruinas y que recorría cada una de las esquinas de las calles de la población con su música de esperanza. Incluso, por un instante, a algunos les pareció reconocer la canción de la vida que había decidido volver. Por fin podían escuchar el latido de su música en los corazones.

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sábado, marzo 01, 2008

LA CAJA DE ZAPATOS


Eran por fin una familia. Cuando el pequeño Jeremías subió a bordo del gran trasatlántico comenzó la historia de una recuperación largo tiempo esperada por sus tíos, ahora transformados en máximos responsables de su cuidado. Lorna y Mateo se habían ocupado del muchacho desde que perdió a sus padres en aquel desgraciado accidente de avión, cuando apenas aún tenía la edad para empezar a hablar y, por más que lo hubieron intentado, aquella malformación en el lenguaje persistía hasta el punto de que el niño era incapaz de articular palabra a sus seis años. Sin embargo los especialistas habían coincidido en valorar favorablemente la idea de que un viaje siempre podría actuar como resorte capaz de estimular al muchacho e inducirle a manejar esquemas nuevos en su educación, en un intento más por crearle la obligación de hablar. El proyecto fue cobrando forma lenta y gradualmente en el ánimo de sus tíos, quienes venían necesitando en los últimos años de unas vacaciones largas y algo diferentes, hasta que por fin pudo llevarse a efecto tal y como siempre habían deseado, junto al hijo que la vida les había negado. Lorna estaba ilusionada desde mucho antes del día del embarque, casi se había acostumbrado a los juegos silenciosos del muchacho en el hogar, su sola presencia le bastaba para acariciar la felicidad de compartirlo con el amor de Mateo.
La ruta que une Blins con el continente reunía todos los atractivos necesarios para enriquecer cualquier ansia de cultura, diversión o entretenimiento posibles. Las escalas estaban programadas para sucederse paulatinamente, sin prisas, con recaladas en puertos de algunas de las islas que permitían así la opción de ocio en tierra sin por ello dejar de disfrutar del mero placer de navegar. Para Mateo aquel niño era una bendición inesperada que el cielo le regaló y como un verdadero padre adolecía de todos los defectos que un primerizo puede llegar a cometer. Por eso defendió al muchacho cuando Lorna le increpó...
- Déjale, vino con esa caja desde que salimos de casa. No sé de dónde demonios la habrá sacado, del cumpleaños o tal vez de las navidades pasadas, pero al menos juega con ella... Déjale que juegue, ya se le pasará...
A Lorna parecía ofenderle que jugase tan fervientemente con una simple caja de zapatos en vez de hacerlo con los innumerables juguetes que con tanto cariño le regalaban. Pero a Mateo no le faltaba razón, el muchacho pasaba horas enteras con aquella caja e iba con ella debajo del brazo a todas partes, si tan importante era para él habría que respetarlo, a esas edades los niños suelen dar cambios abismales de un día a otro. Nadie había podido inmiscuirse en lo que pasaba por la cabeza del muchacho, sin duda debían quedar huellas ocultas tras la experiencia vivida, pero ante su muda respuesta se enfrentaban a la imposibilidad de conocer su alcance.
Los cuatro primeros días de viaje transcurrieron a bordo del buque, dedicados al disfrute de las novedades que ofrecían en cubierta y acompañados de un sol espléndido. La tarde anterior recalaron en el viejo puerto de Athluan, pudieron estirar las piernas, recorrer tiendas en busca de recuerdos y degustar una cena regional en las típicas tabernas marineras. Sin duda Jeremías se lo estaba pasando en grande, aunque ninguna expresión salía de sus labios no cesaba de curiosear a su alrededor. Al siguiente día enfilaban ya el estrecho de Utik, obligado paso hacia el sur del gran océano, dejando a un lado el grupo de islotes diseminados al que se habían propuesto bordear. Algunas nubes deshilachadas mancharon el horizonte, pero se agradeció la leve brisa que mecía las gorras y la mayor parte de la tripulación se tendió en las tumbonas de cubierta a merced del aire fresco. También Lorna, Mateo y Jeremías, los tres juntos, se dispusieron a obsequiarse con las ventajas de un merecido reposo. El muchacho, en medio de ambos, no soltó la caja de entre las manos ni cuando ella lo tapó con la manta.
Jeremías se había fijado boquiabierto en los islotes de pendientes acantilados y plagados de grutas, le pareció milagroso que aquellas enormes piedras flotasen entre el oleaje. El único milagro que él había conocido lo llevaba siempre consigo y, ahora que todos dormían, pensó que era el momento idóneo para dedicarle un breve vistazo y hacerlo también partícipe de todo aquel prodigio. Así que abrió la caja de zapatos y escuchó, dejó que el sonido creciera hasta que aquella música comenzó a extenderse en derredor, conquistando con su soniquete incesante cada rincón del aire...
El islote levantó un párpado, luego otro y, tras un amplio bostezo, anunció su brusca aparición desde el fondo marino. El tono áspero de su rocosa voz no dejaba lugar a dudas, estaba enfadado...
- ¡Quién demonios osa despertarme! ¡Apaga esa condenada música, muchacho! ¿Acaso quieres volverme más loco aún?...
Las duras palabras de la gran piedra tronaban, amenazadoras, conseguirían despertar a sus tíos y, en su preocupación, Jeremías gritó mientras agitaba los brazos asustado... Lorna y Mateo se abalanzaron sobre él, incapaces de aplacar los movimientos salvajes con que se debatía...
- ¡Ha sido una pesadilla! -le decía ella a Mateo, quien sujetaba al muchacho en un intento por calmarle.
- ¡Tranquilo, ya pasó! ¡Era un mal sueño, Jeremías!
El muchacho estaba despierto, se había puesto en pie y, asomado a la barandilla de cubierta, miraba las olas abajo... La caja de zapatos flotaba semihundida entre ellas, a sus tíos les dio tiempo a verla sumergirse.
- ¡No te preocupes sólo era una caja! -Lorna por fin agradeció desembarazarse de aquel estorbo.
- Tranquilo, hijo, ¡ya encontraremos otra! -le apaciguaba Mateo.
- No, otra igual que esa no...
Las primeras palabras del niño sonaron a música sobrenatural, aunque siempre las habían escuchado.

¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !