sábado, mayo 10, 2008

SILENCIO EN LA JUNGLA


Se agazapó sobre la roca, adaptando la palma de los pies a las aristas rugosas. Con la cabeza hundida entre las rodillas, acechó la superficie cristalina de la orilla. Cuando la sombra del pez zigzagueó entre las rocas, un movimiento certero de su brazo acertó a atravesarlo. En la vara puntiaguda, la pieza cobrada daba coletazos desesperados, mientras el salvaje recogía de la arena otra vara con cuatro pescados más, ya inertes, y se alejaba de la playa en busca de la zona arbolada en la que proveerse de algunas frutas.
Aún el sol no había alcanzado su punto más elevado, cuando sonó de nuevo la sirena… Al igual que en anteriores ocasiones, el salvaje ya sabía lo que aquello significaba. Paralizado, escuchó atento la estridente señal para, rápido y nervioso, dirigir sus pasos montaña arriba. Desde lo alto, observó la llegada del barco y al ruidoso grupo de turistas que alborotaban la pequeña cala con sus ropajes de llamativos colores. En su mirada neblinosa se apagó el brillo que antes le había mantenido ocupado y, a rastras, se adentró en la jungla en manifiesta actitud huidiza.
Una vez en la gruta, apenas dio cuenta de la pesca que obtuvo durante la jornada, preocupado por la reciente visita a la isla; le inquietaban los viajeros, aquellos extraños que, cada vez con más frecuencia, invadían el silencio que imperaba en la jungla. En los últimos tiempos había aprendido a valorar el significado de aquel preciado silencio. La jungla proporcionaba todo lo que podía necesitar: alimento, techo y cobijo. El no podría soportar aquellas telas que aprisionaban los cuerpos ni tampoco le hacía falta cargar con tan raros equipajes, aunque no siempre fue así…
Aquella noche durmió acosado por incesantes pesadillas que ahuyentaron la placidez del descanso. Soñó cuando, más joven, los trajes elegantes apretaban su cutis afeitado de ejecutivo prometedor. Entonces, la carrera hacia la cima se adivinaba libre de obstáculos, aunque no de competidores, pero la rotundidad de sus triunfos bastaba para merecer la tan disputada plaza de la Jefatura comercial. De hecho, aquel viaje en hidroavión a las islas no representaba sino un avance del premio principal, al que fueron invitados los mejores profesionales seleccionados. Sus expectativas eran inmejorables y excelentes sus resultados. Las únicas nubes que enturbiaron el horizonte de aquella decisiva reunión fueron las que cubrieron el atolón, durante la mañana previa al viaje de partida. Luego, a la tarde, se desencadenó una tormenta atroz que envolvió al indefenso aparato al poco de iniciar el despegue. A merced de los embravecidos elementos, el hidroavión volteó sin control hasta romperse como un juguete entre las olas que asediaban sin piedad aquel apartado conjuntos de islotes que, hasta entonces, sólo fueron un reclamo paradisíaco.
La tragedia superó con creces el alcance de las posibilidades con las que contaban los dispersos habitantes de aquellos tranquilos lugares. Cuando menguó el temporal, y pudieron acercarse a los restos del accidente, tan sólo hallaron enseres inservibles, hechos añicos y cadáveres diseminados por el océano. Muchas esperanzas de futuro acabaron allí sus días, incluso algún cadáver no apareció, pero no por ello las grandes empresas dejaron de crecer. Nadó, cegado por el oleaje, hasta alcanzar la costa y, extenuado, se desplomó junto a la cueva que luego iba a servirle de morada. Era un cualificado profesional y, por tanto, estaba preparado para el éxito: recorrió la geografía costera de su nueva prisión, aprendió a cazar y a pescar, y comenzó a descubrir el crudo sabor de sentirse vivo. Era un superviviente.
Al día siguiente, casi con talante obsesivo, volvió a vigilar los movimientos de aquel grupo de estrambóticos turistas, contemplaba sus risas, su lenguaje, sus bailes y fiestas en la orilla de la playa. Siempre ocurría así: las excursiones duraban un fin de semana, dos días completos en los que ni cazaba ni comía, concentrado únicamente en espiar las idas y venidas de aquellos molestos visitantes, en aguardar el ansiado momento de su regreso. Aquella segunda noche tampoco fue capaz de dormir en paz, soñó con gráficas y curvas de crecimiento, coloreadas según los potenciales, de acuerdo al índice de mercado, local o de área, soñó con parámetros y estadísticas comparativas que reptaban frías sobre su desnuda espalda y, cuando irrumpió el alba en la gruta, él ya estaba montaña arriba oteando las maniobras de la embarcación. Con el sonido de la sirena anunciando el fin del viaje, y la hora de la partida, su mirada recobró el destello brillante que lo convertía en un fuera de serie… Entonces podía cazar y dormir, ahora podía escuchar los susurros de la jungla que con tanto mimo le albergaba y, por fin, disfrutar del verdadero silencio del triunfo…


¡FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS!

6 comentarios:

MentesSueltas dijo...

Bellisimo... siempre el silencio nos ayuda a escucharnos.

Te abrazo.
MentesSueltas

alma dijo...

Musical silencio

EntreRenglones dijo...

...Cierto, MentesSueltas, tal vez sea ese un comienzo: atender a nuestro alrededor para atendernos... GRACIAS A TI:

EntreRenglones dijo...

...Sabía lo que se decía aquel músico cuando afirmó que "el silencio es el ruido más fuerte"...
SALUDO, ALMA:

BETTINA PERRONI dijo...

Preocupante la invación a zonas vírgenes. Siempre he pensado que el turismo mal canalizado, puede generar destrozos a hábitat completos.

En México existen muchas reservas protegidas con regulaciones estrictas para su conservación. Lamentablemente las mismas autoridades rompen esas reglan e impactan negativamente el entorno... celosos debemos ser y proteger nuestros patrimonios naturales que en verdad son paraiso que provee dones a los hombres... todo es cuestión de cuidarlos.

EntreRenglones dijo...

...Algo así le pasó al protagonista de nuestra historia, amiga Bettina: descubrió las excelencias de los paraísos naturales y decidió cuidarlo en persona... GRACIAS A TI: