sábado, agosto 23, 2008

VENTANAS ENCENDIDAS

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La carretera que atraviesa Corvel secciona al pueblo con su trazado recto y deja ocultos, a ambos lados, las calles frías de este remoto puerto de montaña donde sólo el humo de las chimeneas parece dar señales de vida.
Pero para nosotros era distinto, nacimos allí. Dimos los primeros pasos y los primeros gritos entre sus calles polvorientas, de espaldas al tumulto, en la plaza de piedra donde las madres y los niños, siempre escasos, se citaban en consolador centro de reunión. Crecimos al amparo del bosque de mata baja, duros y sórdidos, y entre las peñas abruptas de aquellos roquedos inventábamos juegos propios de una infancia como las demás. Era un juego como otro cualquiera, la vara de un avellano o la vieja cachava de fresno a modo de improvisado fusil servían para entablar controvertidas batallas en el paisaje aislado del páramo o en la vuelta de la esquina, junto a nuestras casas. Dan y yo crecimos así y fuimos los únicos que, desde las desvencijadas aulas de la antigua escuela llegamos también a compartir los barracones del campamento en el ejército.
Al entrar en Corvel, la primera casa que uno se encuentra es la de Dan. Puedes pasar cientos de veces delante del pueblo sin encontrar nada de particular en su cuadrado armazón, revocada de blanco, con sus dos enormes ventanas asomadas a la carretera infinita. Pero para quienes hemos vivido allí, las dos ventanas iluminadas representan no solo la llegada de la media tarde sino la íntima certeza de que estamos en casa, en Corvel, nuestro hogar. Más adelante, algunas de las misiones militares a las que fuimos destinados sirvieron para estrechar más aún nuestros lazos y, además, para perfeccionar aquella técnica nuestra que empezó como un cómplice juego infantil. Era una de nuestras estrategias preferidas... Mano abierta en alto y cuenta atrás, el pulgar dentro y el puño al pecho! Era la señal convenida para que la patrulla saltase por sorpresa sobre la trinchera sin cesar de ametrallar al enemigo desprevenido. Constituíamos una unidad de choque de primera línea, experta en abrir vías de avance a las tropas allá donde lo complicado de la situación lo impedía y Dan era todo un veterano en estas lides.
Fue hace algunos años en el oriente asiático, formábamos parte de la avanzadilla y, parapetados a lomos del refugio enemigo, debíamos eliminar el fuego artillero que martilleaba el único acceso a la pista de tierra, arteria principal que permitiría el aterrizaje de nuestras tropas. En el campamento enemigo los soldados se relajaron en el puesto al caer la tarde, se acercaba el momento idóneo para el ataque. Un silencio tenso precedió la espera hasta que, como oficial responsable, alcé el brazo en alto con los dedos extendidos... Tres, dos, uno y el pulgar al pecho! Como en otras ocasiones, Dan saltó con el arma en ristre sobre las cabezas de los distraídos soldados, pero su dedo no apretó el gatillo. Fueron tan sólo unas milésimas de segundo las que permaneció colgado en el aire con la mirada fija en el campamento, en las dos ventanas encendidas del puesto vigía que se cruzaron en su salto, pero suficientes para que su cuerpo cayera muerto, acribillado por el precioso tiempo de una duda. No lloré, no podemos hacerlo quienes cuajamos todas las lágrimas en un disparo, pero recuerdo su rostro plácido, su semblante feliz de niño. Yo sé con lo que se topó en aquel salto, Dan vio las ventanas de su casa de Corvel... Aún hoy no puedo evitar un estremecimiento al recordarlo.
Los años transcurridos y los méritos otorgados me llevaron a desempeñar mis funciones militares desde un despacho del ejército en la capital, no muy lejos de mi localidad natal, a donde suelo retornar con mi familia por vacaciones. Puedes seguir miles de veces la recta irregular que atraviesa el pueblo sin que nada te llame la atención... Pero cuando uno llega a Corvel, la primera casa con sus dos grandes ventanales iluminados te da la bienvenida y parece decirte que llegaste a casa...
¡FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS!

sábado, agosto 02, 2008

DEMASIADO DEPRISA


–¿Quieres hacer el favor de pararte quieto, Mike?... ¡Me estás poniendo nervioso!
Mike movía las piernas en el asiento de atrás, sin lograr encontrar acomodo; incluso Mollie, a su lado, se protegía con el codo de sus inquietos embistes.
–...¿Es que esta tartana no puede correr más deprisa? –gritó Mike, defendiéndose.
Llevaban toda la mañana dentro del vehículo, el espacio insuficiente y la fatiga hacían mella hasta en el más paciente. Tom, al volante, de carácter más templado, se giraba repetidamente con rápidas ojeadas hacia el asiento trasero, donde Mollie y Mike forcejeaban y discutían. Ella se recolocó la falda y se atusó la media melena rubia, al tiempo que recriminaba la intranquila actividad de su compañero de asiento...
–¡Si vuelves a pisarme te parto la cara!
En el asiento delantero, Willfred, el gordinflón, reía con estentóreas carcajadas, que acompañaba siempre con exagerados aspavientos al golpearse en las rodillas.
–¡Les hemos dado esquinazo, Tom, eres un campeón! –vociferaba entre una y otra risotada.
Mike debió de volver a las andadas, pues Mollie acabó por plantarle un sonoro bofetón, que no consiguió sino acrecentar las risas de Willfred.
–...Aprieta, Tom, ¡más rápido! –suplicó Mike, que se tapaba la mejilla enrojecida con el brazo.
–No, ahora no. Ahora toca esperar... –Tom sacó ese tono condescendiente que da la veteranía de erigirse en líder de la banda, lo que explicaba por qué era él quien manejaba el volante.
Desde la ventanilla, observaron la sucursal bancaria al otro lado de la calle. Era casi mediodía, y el ajetreo alcanzaba su punto álgido, el tráfico intenso inundaba la avenida central, y un continuo fluir de gentes se mezclaba con los ruidos y las luces intermitentes de los semáforos.
Mollie se fijó en el niño que surgió de la transversal, dispuesto a cruzar la calle en dirección al puesto de helados. En ese momento, el heladero recogía el carrito. Un vehículo apareció de súbito en la curva, cuando el semáforo aún no se había cerrado. Desde las ventanas, una pareja de ancianas se estremeció, mientras alertaban al chico... Mollie se tapó la boca con las dos manos, pero no pudo evitar se le escapara un grito.
–¿...Qué pasa? ¿por qué has tenido que chillar así ahora, eh? –increpaba Mike, molesto, intentando ponerse en pie, dentro del coche.
Willfred parecía haber tocado techo con sus carcajadas, y sólo emitía un resoplido entrecortado, del todo ininteligible. Tom devolvió la calma una vez más con su aplomo de jefe experimentado, sus palabras surtieron el efecto deseado, y todos regresaron concentrados a la realidad que les tenía allí reunidos:
–Mirad, ahí llega lo que estábamos esperando.
En la acera de enfrente acababa de aparcar una furgoneta blindada, como cada sábado último de mes, para recoger la recaudación del banco. Dos agentes uniformados se apearon en actitud alerta, vigilando hacia todos los lados, con movimientos mecánicos y rápidos. Uno de ellos portaba las sacas, mientras el otro no despegaba las manos del cinto. En actitud vigilante escrutaba entre los transeúntes como si pudieran adivinar quién podía convertirse en un peligro potencial.
–...¡Llegó el momento, muchachos! Estad preparados... –les conminó Tom.
–¿Tenéis todos las armas listas? –Will acababa de hacer la pregunta cuando Mike chilló histérico, desde atrás.
–¡No, ahora no! Vienen...
Tom pudo vislumbrar, desde el retrovisor, el automóvil de la policía que, lento, se acercaba hasta detenerse justo detrás de ellos. Las risas de Willfred se helaron y Mike parecía petrificado, inmóviles, cuando vieron descender del coche al policía y acercarse hasta ellos. El agente saludó, se asomó a la ventanilla y observó a los integrantes del grupo y el interior del coche...
–...¡Venga, chicos, ya está bien por hoy! Este no es sitio para jugar...
Casi al mismo tiempo llegaba la madre de Mollie, que desde el jardín había contemplado toda la maniobra.
–...Se lo tengo dicho mil veces, agente, pero no puede una descuidarse. ¡A casa, Mollie, sal de ahí!
Los cuatro chicos salieron asustados, serios, cruzando miradas de complicidad. Tom no dejaba de observar de soslayo al agente, que con los brazos en jarras, sonreía.
–Sí, señora, vendrán a retirarlo. Ya lleva aquí abandonado más de cinco meses.
Willfred infló los mofletes, intentando contener la risa, mientras Mike echaba a correr calle abajo, apresurado, por lo que pudiera acontecer. Mollie entró en la casa farfullando, delante de su madre, incómoda por su repentina aparición...
–...Vaya, mami, precisamente ahora que...
Tom se volvió hacia el policía con las manos en los bolsillos, encogiendo los hombros:
–¡No hemos hecho nada! Eso no anda.
¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !