sábado, noviembre 08, 2008

CAPRICHO DEL DESTINO



Desde cubierta la costa descubría la belleza de su misterio oculto y, en la orilla, se arremolinaban gentes en inquieto ajetreo, asustados ante la visión de tan magnífico navío, nada igual para ellos contemplado antes. Unos recogían las sencillas canoas con avidez, tal vez temerosos de perderlas, otros corrían a esconderse tras la vegetación frondosa, hombres y mujeres ataviados de colores chillones, empujaban a los niños hacia la espesura, mientras algunos señalaban con gestos de asombro el paso de la nave, impávidos, sin ocultar sus cuerpos desnudos.
En la popa, un grupo de escoceses comenzó a hacer gestos obscenos mientras vociferaban, entre carcajadas. Los españoles contemplaban el espectáculo que se abría ante sus ojos, les habían prometido riquezas y toda suerte de bienaventuranzas en un nuevo mundo que nada tenía que ver con el paraíso, según iban descubriendo cada día a fuerza de dura lucha. Llevaban varios meses desde que embarcaron en que habían conocido en propia carne el hambre y la enfermedad, la furia de los elementos y la crueldad de los indígenas en claro intento de defenderse de los que consideraban sus invasores. Así y todo, la esperanza de realizar su sueño en una tierra sin explotar donde podrían erigirse en propietarios y construir su proyecto de vida era acicate suficiente para seguir adelante, a pesar de las contrariedades que se iban encontrando. No todo era como se lo habían prometido, costaba avanzar camino cada jornada, pero esa fe les mantenía, además, ya no había vuelta atrás. Aquellos momentos en que podían permitirse divagar con los pormenores de su sueño constituían un remanso y el único consuelo con que afrontar la incierta misión del día siguiente.
-Dicen que vive con ellos en su tribu, dentro de la selva... -dijo el joven soldado sin quitar la vista de las mujeres que en la playa dudaban entre ocultarse o permanecer.
-Yo también lo oí en Cuba. Por lo visto se ha convertido en su jefe, va vestido como ellos y habla su idioma -le contestó su compañero, un corpulento extremeño de mandíbula cuadrada-. Creo, además, que tiene un harén entero de nativas vírgenes a su disposición, ¡para elegir a placer...!
Ese tipo de leyendas era precisamente lo que se extendía rápido y calaba hondo en sus mentes castigadas. No hacía demasiado tiempo sabían del regalo que recibió Cortés de los indígenas, aquellas veinte jóvenes indias que, en un detalle de auténtico estratega militar, cedió a sus principales lugartenientes. Resultaba imposible no desear algo así, aunque si algún día conseguían tener su propia hacienda una de aquellas indias podría ser una buena madre, eran fogosas y trabajadoras.
Un soldado francés gritó algo ininteligible y todos rieron con estrépito. Eran demasiados días de navegación y los hombres no podían remediar tanta carencia, así que aquel paseo costero era un pequeño desahogo con el que se contentaban antes de entrar de lleno en el fragor de la batalla.

Lejos de allí, hacia el interior de la selva, los poblados seguían intentando armonizar sus hábitos cotidianos con los rumores del empuje colonizador que, además de inquietarles, alteraba al mismo tiempo las guerras con los otros poblados vecinos. En una de las incursiones que hicieron contra los demonios extranjeros consiguieron hacerse con algunos prisioneros, eran unos expertos en esa estratagema, después los sacrificaban fieles a su costumbre... Aquel castellano contempló entre vómitos de repugnancia cómo uno a uno sus compañeros fueron torturados sin escrúpulos y sus entrañas ofrecidas al viento. Aún hoy no sabía qué es lo que le mantenía vivo entre aquellos salvajes, tal vez fue Dios que así lo quiso o tal vez el capricho de aquella hija del sumo sacerdote que volcaba en él todas sus apetencias sexuales, o quizás se lo debía a su cabello rubio. Lo cierto es que se lo pedía a Dios, rezaba hasta en náthual y, gracias a su facilidad para los idiomas, algo debió de decir que sentenció al menos temporalmente su final inmediato. Habían pasado ya dos años desde que fue capturado, lo anotaba en la corteza de los árboles que circundaban la tribu, cada siete días ponía una cruz, era demasiado tiempo sin porvenir. Pero no lo había desaprovechado, aprendió la lengua que hablaban y se hacía entender, no con todos pues no era bien aceptado por la mayoría, pero las influencias de la joven nativa se hacían notar. Su instinto le obligó a integrarse y, mientras se lo permitieran, adoptó también sus diminutas ropas, mientras entonaba sus cánticos rituales. Adornaba su frente con sus pinturas, que ella, enamorada, se deleitaba en trazar al tiempo que repetía su nombre:
-Aloonso, Alonso...
Aquella tarde, sin embargo, un taimado guerrero entró a la cabaña y lo sacó en volandas, aprovechando la ausencia de su amada india. Un grupo de secuaces le acompañaba en jalearle, deseosos de acabar con aquella anómala situación. Casi le tenían tendido sobre la piedra del altar en lo alto de la gran pirámide cuando la hija del sumo sacerdote se abalanzó sobre él, cubriendo su cuerpo para protegerle. El murmullo de las gentes que observaban se apagó cuando el sacerdote les dio la espalda, frente al Chac del Este y se alejó en silencio.
Esa noche en la cabaña, DosPlumasDeJaguar le amó como tesoro de niña, con pasión de mujer y celo de madre, y se dejó amar... No era la primera vez que ocurría, había sido salvado de aquella muerte atroz que se llevó a sus colegas en varias ocasiones, demasiadas para llamar a aquello vida. Aquella tortura de no saber si otro día llegaría, sin saber cuánto más podría sobrevivir así, a merced del destino, esclavo de un capricho de amor...




¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !