sábado, diciembre 26, 2009

LEYENDA DE TIERRA NEGRA

View more presentations from leetamargo.

Una vez arriba, desde la cima, El Montañés pudo contemplar entre halos de niebla la emblemática Shamphuroa, una de las siete ciudades sagradas, la dedicada al Trueno y consagrada a la enigmática diosa. Entre ambos mediaba una barrera insalvable que la naturaleza dispuso a modo de frontera protectora, les separaba el sobrecogedor cañón de Troujjon, tan profundo que nadie nunca escuchó la caída de una piedra troujja, de reputada dureza. El Montañés se había propuesto esquivar la garganta sin fondo, así que escogió bordearla, aunque ello significase atravesar el bosque de la Tierra Negra, tan espeso como dos noches a caballo, pero no existía otra alternativa. Cuentan que las temibles tribus que habitan el bosque se convierten en árboles cuando llega la oscuridad, pero El Montañés hizo oídos sordos a estas palabrerías y descendió, lomo abajo, a su encuentro. El día acababa de comenzar y no tenía tiempo que perder. Antes, a la entrada de la espesura, desmontó junto al riachuelo para que la yegua bebiera. Luego, se despojó de su vestimenta y, desnudo, embadurnó su cuerpo entero y el de la yegua con una mezcla de barro fresco y musgo. Arrancó dos manojos de muérdago que se colgó al cuello y, una vez guardó las ropas en la alforja, emprendió la marcha hacia el interior del bosque...
Desde un principio imprimió un ligero trote a su montura con la intención de extenderse el menor tiempo posible en tan sórdida travesía, prefería no tentar a la suerte y evitar comprobar lo que había de cierto en aquellas diabólicas supersticiones. Agradeció al menos no sufrir los fragores del tórrido sol que caía sobre la zona en esas fechas de bonanza, pero pronto la máscara de barro que les cubría comenzó a agrietarse y, una vez seca, desprendía un cierto olor desagradable, que resultaba incómodo de soportar. Después de haber cabalgado durante toda la mañana comenzó a disgustarle el continuo reino de sombras y humedales que pisaba. Sin desmontar, echó mano de las bayas frescas que guardaba en la alforja y, desafiando al descanso, aprovechó a reponer fuerzas sin dejar de avanzar. A ratos, se inclinaba sobre la montura para zafarse de las ramas bajas que como garras se enredaban y entorpecían la marcha; en otros, el sendero se abría a golpe de machete. A medida que se internaba la vegetación se iba espesando y, así, la tarde instauraba su oscuro dominio de sombras casi de improviso. Supo que le quedaba poco cuando el vuelo raso de un mochuelo amenazó con chocar contra su rostro y, sobre todo, cuando pudo observar el fondo blanco de unos ojos que le vigilaban desde la corteza de un tronco. Entonces arremetió a fondo contra la yegua y espoleó hasta el límite la intensidad de la carrera en una frenética huída hacia la salida del bosque que, ahora, se había transformado en una jauría de árboles salvajes que le perseguían enloquecidos. Una nube de dardos caía a su paso clavándose en la capa de barro endurecido a modo de escudo. El Montañés frotó la yesca sobre el muérdago y, a galope tendido, arrastró las matas incendiadas durante una distancia lo suficiente precisa para extender las llamas a su alrededor. Los árboles bramaban mientras el fuego crecía e iluminaba los rostros de terror de los que ahogaban sus espasmos de muerte entre una nube de polvo y humo. En el último tramo, ayudado por la visibilidad del claro, pudo comprobar que los golpes de machete partían obstáculos y ramas como cabezas y brazos sangrantes, tal era la avalancha de atacantes que se cernían hasta que de un salto veloz, por fin, la yegua cobriza abandonó la frontera frondosa de lo que antes había sido un silencioso bosque.
Atrás quedaba ya la Tierra Negra, pero El Montañés no giró la vista atrás para otear la columna de humo que se elevaba sinuosa. Aún siguió camino adelante, impasible al peligro que acababa de desaparecer tras sus espaldas. Hombre y caballo sin denuedo, continuaron así hasta poco antes de que un nuevo alba pidiera permiso a la hermosa ciudad de Samphuroa para rendir el tributo de su luz a los pies de su diosa sagrada. Para entonces El Montañés ya se había recuperado de la cabalgada, después de un baño y ligero descanso a las puertas de la entrada amurallada y, mezclado entre las gentes del mercado de la ciudad, escrutaba las almenas de las torres altas en busca de una señal propicia que le indicara el tejado bajo que cobijarse en las noches sucesivas.
¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

martes, diciembre 08, 2009

ENTRE SOMBRAS

View more presentations from leetamargo.

Era otra sombra más que, al amparo de la oscuridad, se abría paso entre los tejados de la ciudad dormida. Una media luna menguante rasgaba el cielo, pero nadie observó las sombras que se proyectaron en los edificios próximos ni oyó resbalar los pasos sobre las cúpulas doradas de Nathamyâe. En otro tiempo fue capital del imperio, aunque hoy sólo la presencia del palacio imperial recordaba la solemnidad de su pasado glorioso. Sus dependencias guardaban otro vestigio de no menos valor, la hija única del emperador dormía plácida en la sala alta de la torre, custodiada por la guardia que su padre destinó a tal misión.
La antigua capital ocupaba un enclave privilegiado y, desde su otero estratégico, dominaba el estrecho de Isla Dhizdo, paso obligado al puerto de El Piergel y otras ciudades costeras. Allí, es frecuente en esta época el viento del sur que trae el calor que las dunas del desierto almacenaron durante el día y, desde lo alto de la torre, puede avistarse la costa cercana, al tiempo que se deja notar la brisa suave que inunda la estancia donde descansa la princesa, rendida, tranquila y ajena a las sombras que cruzan la noche.
Una de esas sombras se descuelga por la cornisa y, sigilosa, se adentra por la ventana en la habitación. Un brillo metálico delata el arma que empuña y, por breves instantes, cobra forma humana confundida entre los visillos. En la noche cálida la brisa costera mece los visillos transparentes que se adhieren al cuerpo del hombre que empuña la daga y de la otra sombra que, momentos atrás, acechaba oculta. Tampoco se oyó ni un grito, sólo el deslizante filo entre los visillos y el hombre de la daga cayó desplomado torre abajo. El estrépito del arma no desveló el sueño en Palacio y, con el mismo sigilo que llegó, la primera sombra desapareció sobre las azoteas antes de que el alba despuntara vigilante.
Ya entraba la claridad del día entre los visillos salpicados de sangre cuando las voces, desde la calle, sacaron del sueño a la princesa. Se incorporó y, asustada por las manchas, apartó los visillos para asomarse y contemplar la fuente de tanto escándalo. Abajo, la guardia imperial se cernía sobre el cadáver inerte del fallido asesino. Al rato, otra sección de oficiales irrumpió en las dependencias de la princesa, aliviados al comprobar que no había peligro. Fue entonces cuando la joven reparó en el objeto posado sobre la mesa, junto a la cabecera de su dormitorio, lo sujetó entre sus manos y con curioso detenimiento observó al protagonista del que tanto había escuchado hablar a su padre... El cáliz sagrado de Rankha de nuevo regresaba a Palacio y con él las bendiciones de su significado secreto. Sin duda, vientos nuevos se unían a la suerte del imperio en inmejorable presagio. Por fin las mujeres volverían a reinar y ella podría ocupar el trono de su padre, el Emperador.
Entre las gentes de Nathamyâe se divulgó rápido el rumor del atentado y, también, la sucesión al trono de su nueva emperatriz. Para entonces, los guardias de Palacio controlaban las calles, extremando las medidas de seguridad, en previsión de posibles focos insurrectos... Pero El Montañés ya estaba de nuevo a bordo del bajel, la promesa quedaba cumplida, aunque su viaje no terminaba ahí. Mañana continuaría rumbo entre las islas, por fin sin obstáculos hacia el continente. El Montañés aprovechó la espera para descansar. Mientras, se dejaban caer las primeras sombras de la tarde.
¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

domingo, noviembre 08, 2009

HORIZONTE DE ARENA

View more presentations from leetamargo.

Habría reconocido aquella figura envuelta en la capa en el último confín del mundo. No era la primera vez que se topaba con el canoso barbudo y sus inconfundibles cadenas doradas cruzándole el pecho, como tampoco era aquella la única tempestad de arena en mitad del desierto. El Montañés ya presintió algo antes de desatarse el airado vendaval, tal vez por los sospechosos movimientos de uno de los guías de adelante hacia atrás de la caravana y que después desapareciera al galope sobre el corcel fresco que condujo de las riendas durante todo el trayecto. El resto de los mercaderes intercambiaron miradas desconfiadas entre sí, aquello era lo que parecía y la emboscada estaba ya pergeñada. Pero ni los propios bandidos contaron con el caprichoso hado del desierto. El cielo oscureció al tiempo que un repentino viento sacudía las túnicas de los hombres que, cubriéndose el rostro, se apresuraron a parapetarse tras el cargamento de los camellos. El Montañés escogió una pronunciada duna, algo alejada del grupo y, tumbado boca abajo, aguardó a que la tormenta le pasara por encima. Le resultaba imposible ver ni oir, sólo sintió los cascos de los animales golpear en el suelo. Cuando logró asomar la cabeza al frente fue cuando pudo observar cómo los malhechores, dirigidos por el barbudo de la capa, se hacían con el botín de la caravana y, también, comprobó cómo acabaron con la vida de los sobrevivientes, rematándolos sin escrúpulos. Ya conocía los modos de aquella banda de salteadores, su perplejidad vino al divisar entre la espesa niebla de arena la silueta recortada de los otros jinetes, inmóviles, escrutando las intenciones últimas del pillaje. Luego, cuando los ladrones pusieron fin a su faena y decidieron marchar, el otro grupo de jinetes fantasmas desapareció también, sigiloso, tras la duna... Algo en el lento y grácil cabalgar de aquellas monturas trajo a la mente de El Montañés el recuerdo de las leyendas, sí, otra vez las diosas del desierto surgían en su camino.
Se arrastró hasta el lugar del asalto, entre los cuerpos semienterrados, atraído por los gemidos de uno de ellos, malherido. La daga le había atravesado el omóplato de parte a parte, pero sin conseguir matarlo. El Montañés le envolvió con las ropas de otro cadáver y taponó la herida. Luego, le izó del otro hombro y le obligó a caminar en dirección a la duna que había servido de otero a los jinetes fantasmas. Se dejaron caer por la pendiente suave y larga y, a duras penas, aún remontaron otra duna más elevada. Entonces, desde lo alto, vislumbraron las copas verdes del oasis, semejaban torres fortificadas de un paraíso perdido en la arena. Y no era un espejismo porque ambos lo vieron y porque el herido pareció recobrar fuerzas acelerando el paso hacia el vergel.
Antes de alcanzar sus orillas las gentes del oasis salieron al encuentro. Se llevaron en palio al guía herido y agasajaron a El Montañés con comida y vestimenta limpia. Los efluvios del aguardiente, después, le ayudaron a descansar. A la mañana siguiente, El Montañés pudo disfrutar del primer baño en varios meses. Luego, le condujeron a la amplia sala donde, sentado, esperaba el hombre que rescató de la caravana. Su aspecto aseado y bien atendido le hacía parecer otro. Les dejaron a solas y conversaron durante horas, de modo que El Montañés pudo conocer algunos detalles importantes para entender el significado de los acontecimientos más recientes.
La historia del guía desveló la identidad del misterioso barbudo de la capa, jefe de la Guardia de Omar Muhar, primo hermano del Califa y heredero legítimo, según sostenían con violenta insistencia sus seguidores. El Montañés escuchaba con atención los detalles, sólo interrumpidos por la sirvienta que, en silencioso respeto, entraba para ofrecerles infusiones o aguardiente. El Montañés aceptó la taza que le ofreció la mujer... Sus rasgos estilizados quedaron visibles al destaparse el velo mientras vertía el líquido. Cuando la bella mujer le tendió el brazo a El Montañés tampoco le pasó desapercibida la sensual firmeza de su mano, que apretó al tiempo que le preguntaba el nombre...
-Yaira, me llamo Yaira... -musitó ella, apartando los ojos de su mirada intrigante.
A El Montañés no le quedó otro remedio que seguir atendiendo las explicaciones del amigo guía que, en señal de agradecimiento por haberle salvado la vida, le invitó a salir de la tienda para recoger el regalo al que tenía prohibido rehusar: un camello descansaba afuera, atado a la vegetación, era suficiente para llegar hasta El Pierjel y para, después de venderlo, comprar el pasaje rumbo al Continente.
Cuando tuvo que abandonar el campamento, El Montañés se despidió con un último vistazo sobre los muchachos que se agolpaban bajo las palmeras, junto a las tiendas donde descansaban los hombres y, a la sombra, algunas mujeres parecían también despedirse en silencio... Distinguió entre ellas a Yaira, que agrupaba a los niños, sin perderle de vista. Como buen beduino, su guía amigo le engañó con el regalo: no era rápido sino un viejo camello, pero no le mintió en los dos días que le separaban del afamado puerto de El Pierjel.
Era por la tarde cuando la embarcación zarpaba. Desde cubierta, El Montañés aún pudo observar al grupo de jinetes que irrumpió con estruendo en el puerto y las cadenas de oro que el cabecilla lucía en el pecho. Se alegró por fin de dejar atrás el bullicioso ajetreo de aquel puerto atestado de gentes y pertrechos y, cuando la noche entraba, se recostó en popa. Por unos instantes, imaginó a Yaira despojada del velo, desnudo el torso a lomos de su montura, empuñando firme el arma a galope, entre dunas, hacia un horizonte de arena...
¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

domingo, octubre 25, 2009

EN EL TEMPLO

View more presentations from leetamargo.

Desde que El Montañés llegó a la costa pudo comprobar que las aguas verdes del Mar Menor escondían más secretos de lo que a simple vista pudieran ofrecer. Observó también la estrecha senda de arena que las olas descubrían al apartarse y que comunicaba con el Palacio de Morjor, horadado en las entrañas del islote del mismo nombre.
Aprovechó para reponer fuerzas y aguardó confundido entre las rocas del acantilado como otra sombra más, recortado entre los rojos y amarillos del crepúsculo. Aquella era la noche. Por eso, cuando el mar retrocedió, El Montañés avanzó a pie por la orilla de aquella lengua de arena, para no dejar huella. Ya en la entrada se topó con el guardián, sorprendido en el primer sueño. Cuando el amanecer llegase lo encontraría así, dormido para siempre en la herida abierta de su cuello. El Montañés cruzó los amplios corredores con la daga del guardián. A través del enrejado pudo observar a las vírgenes en inquieto revuelo, nerviosas, quizás por las novedades que se presentían. Algunas aún sin velo acercaban su hermoso rostro al enrejado, curiosas. Del fondo del pasillo, apresurado, surgió el otro guardián que custodiaba la puerta del santuario, pero antes de que desenvainara, la daga de El Montañés silbó una canción de muerte al clavarse en su pecho. No había tiempo que perder, así que exploró cada rincón del recinto hasta dar con lo que andaba buscando, justo sobre el altar. Luego, empuñando el vaso sagrado de Rankha, abandonó el Palacio por el pasillo de arena que se abría entre las olas.
Se dirigía al lugar donde le aguardaba su montura cuando algo hizo que se agazapara, inmóvil. Siempre ataba a su yegua con media vuelta, estaba enseñada a soltarse ella misma en caso de peligro, por lo que aquel resoplido impotente sólo auguraba imprevistos. No tardó en distinguir al grupo de soldados del relevo de la guardia, apostados a la espera entre los árboles. Con sigilo, se arrastró en dirección al acantilado para ocultarse. Desde allí, podía observar el trajín de caballería que atravesaba el pasaje de arena hacia el islote del Palacio; habían dado ya la señal de alerta. Especialmente se fijó en aquel jinete de capa larga y turbante malva, parecía algo más que un cabecilla. Dos cadenas doradas le pendían del pecho y sus gestos eran enérgicos al impartir las órdenes.
A El Montañés le dio la impresión de que ocurría algo más que la precipitada organización de su captura, sobre todo, cuando el grueso de los jinetes marchó en su busca y el otro grupo que lideraba el de la capa permaneció en el islote. Enseguida obtuvo la respuesta. No era de extrañar que para un grupo de desalmados también resultaba tentador el bello tesoro que guardaban las paredes del Templo sagrado... Iban sacando a las vírgenes ultrajadas, después de satisfechos los instintos de su apetito más primitivo y, una a una, eran degolladas a la entrada del templo antes de caer al mar. La oportunidad era propicia para posteriormente echar la culpa al extranjero y proclamar la guerra a los profanadores.
Supo que la diversión había terminado cuando los gritos cesaron y salió el jefecillo con su melena cana al aire, sin turbante. Antes de que comenzaran a explorar cada rincón de entre las rocas El Montañés debía abandonar aquel acantilado. Entonces se acordó de que El Pierjel no quedaba lejos y que de su puerto partían de continuo bajeles con destino a los mercados del Este, donde no le resultaría difícil intercambiar el tesoro de Morjor por otros bienes más útiles. Apretó el vaso de oro bajo el cinturón y echó a nadar. Pero antes, de un último vistazo, se despidió de la triste belleza del islote sagrado... Los cuerpos de las vírgenes flotaban desnudos, tiñendo de sangre las olas que circundaban el templo.
¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

jueves, octubre 08, 2009

LA TRAVESIA

View more presentations from leetamargo.

Se abalanzó sobre la yegua impulsado por un resorte automático, aunque era demasiado tarde y ya habían dado buena cuenta de ella. Los indios Urumhara eran expertos olfateadores de caminos, pero no aquellos piratas de bosques. No es El Montañés hombre que se arredre frente a enemigo alguno y tampoco nadie pudo vanagloriarse nunca de haberle encontrado desprevenido, siempre alerta, incluso durante el sueño. Lo habían hallado de casualidad. Les delató el resoplar de su respiración nerviosa mientras se emboscaban...
Prefirió huir hacia la espesura en vez de hacer frente a un número desconocido de asaltantes. Podían ser torpes, pero no estúpidos cuando empuñaban un arma. La noche estaba cerrada y alzando el fusil como el machete más certero, se abrió paso en la oscuridad, rápido, corriendo entre los árboles, hacia el río. Los disparos silbaban a su alrededor sin acertar y, de un salto, se zambulló en las aguas gélidas del Athur, caudaloso en ese tramo, pero peligroso y veloz cuando desemboca más abajo en los rápidos rocosos.
Era cuestión de tiempo, por eso escogió nadar contra corriente. Distinguió, entre bocanadas de agua, las sombras de sus monturas recorrer la orilla escrutando la corriente para dirigirse río abajo, explorando cada palmo.
Avanzar río arriba resultaba lento y penoso, apenas se ganaban algunos metros y había que tener agallas para mantenerse el tiempo suficiente y que sus perseguidores optasen por emprender la búsqueda en la lógica dirección del río hacia adelante. Con la cabeza sumergida en el agua los cascos de los caballos suenan igual que truenos, trepidantes. Corriente arriba, se asomó en la margen opuesta, después de comprobar la ausencia de amenaza. Exhausto y mojado, con el fusil colgado a la espalda, caminó monte arriba el resto de la noche, sin descanso, hasta que el frío nocturno le atenazó los músculos e impidió a sus piernas dar un paso más.
Cuando despertó el sol estaba en lo alto. Se desembarazó del forraje de helechos que, a modo de abrigo, le dieron cobijo y, en pie, pudo vislumbrar al fondo los montes Betsales, una hilera montañosa de diminutas cumbres redondeadas, que dibujaban la línea limpia de la frontera con el noroeste. Más allá, también limpio y cruel, el desierto. No había otra salida.
Afrontó su suerte con la decisión firme que siempre imprimía a sus actos, aún a sabiendas de que cada paso que daba desierto adentro significaba acercarse a un final seguro. Por eso se tendió, inerte, sediento y sin agua, castigado más allá del límite sobrehumano, dispuesto a que el fin salvador llegara pronto. Hasta sus ropas acartonadas por el calor le hacían daño y así, boca arriba, encaró la claridad inmensa que se adueñaba de todo, a la espera que lo hiciera también de su vida sin escapatoria...
Ya debía estar muerto, pensó, al contemplar sobre sí los rostros de aquellas mujeres que le observaban. Quizás se encontrara ya en el paraíso que tanto le prometieron, porque le parecieron tremendamente hermosas, de una belleza exuberante y salvaje. Sus rasgos eran suaves, angelicales, pero firmes cuando sus delicados brazos lo voltearon para darle de beber aquella pócima o tal vez fuera agua. Soñó con ellas, con sus hermosos cuerpos. Si no estuviera muerto habría jurado que las amó, sobre todo a aquella joven sonriente de lacio cabello negro, tan brillante como los hilos de plata que lava la luna en el espejo oscuro del río...
Esta vez le despertó una bocanada de aire fresco. La cegadora claridad de antes dejó paso a un cielo azul diáfano. Le sorprendió la energía con que se puso en pie y, atónito, contempló las laderas suaves que dan entrada a Ka-Al-Andhul, la primera ciudad habitada una vez traspasado el Desierto Gran Negro.
Los ladridos de los perros anunciaron su llegada al entrar en las polvorientas calles y las gentes comenzaban a arremolinarse en torno suyo con el rostro incrédulo, pues a la puerta de la ciudad se accede desde la llanura y nunca nadie antes logró atravesar el desierto desde el oeste y sobrevivir. Fue el venerable Thamir quien lo rescató de la muchedumbre que palpaba su fusil y lo zarandeaba para cerciorarse de que realmente estaba vivo. El anciano lo llevó a su tienda y lo invitó a descansar...
-Se puede vencer al frío y al calor, pero no a los guardianes de las arenas... - mascullaba mientras le ofrecía el amargo té con el que comercian los viajeros del desierto.
-A menos que...
Quizás fue la respuesta del anciano desvanecida en el aire o quizás el primer trago que templaba su estómago en muchas jornadas, lo cierto es que una sacudida hizo estremecerle hasta el entendimiento. Por unos instantes, resucitó vívida la imagen de las hermosas guerreras del desierto, esbeltas a lomos de sus camellos, sonrientes y ágiles, mientras se alejaban a galope y se perdían en la árida atmósfera de arena donde el sol extendía sus dominios. Al igual, con el segundo sorbo de té, se desvaneció el hechizo de su recuerdo y, a cambio, una sombra de duda empañó su mente ahora confusa... Quizás las diosas del desierto sólo existieran en un sueño, quizás fueran eso, un espejismo, un deseo...
Afuera, en la plaza, los camellos descansaban en círculo, impasibles, a la espera de la próxima caravana que reanudara su marcha itinerante hacia otros horizontes de luz...
¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

jueves, septiembre 24, 2009

EPISODIO EN RIO CUERVOS


En Río Cuervos se acaba el camino. Hubo un tiempo en que la gente habitó sus orillas, pero hoy tan sólo es un pueblo fantasma, refugio de alimañas o malhechores de paso. El Montañés conocía bien cada recoveco de aquel sitio que ahora evocaba en especial, quizás debido al duro contraste que representaba atravesar el árido terreno que separa Rocas Negras de La Peña. Le llevó varios días dar con la pista que llegaba hasta aquel maldito lugar donde, en otro tiempo, se ajusticiaba a los ladrones o a los condenados por crímenes. Ahora, sin embargo, tan apartado como olvidado era, por el contrario, el lugar aprovechado por los forajidos para poner término a la venganza justiciera de sus depravados desmanes.
El Montañés no dejó que el sudor empañara sus pensamientos. Aquel desierto pedregoso no permitía tregua ninguna durante el día y hasta la yegua presintió los extraños augurios, al recular, inquieta, negándose a avanzar frente a La Peña. El Montañés se apeó y continuó a pie, subiendo a la roca entre los guijarros sueltos mientras apartaba a patadas los atrevidos crótalos que el asfixiante sol sacaba de su escondrijo. El polvo rojo que levantaban sus botas le teñía la barba y las ropas hasta impregnarle también la saliva, pero El Montañés no malgastaba esfuerzos en sacudirse ni siquiera en masticarla. Se ayudó de las manos en el último tramo en su ascensión entre las rocas y, ya arriba, encontró el árbol. Con aquel calor implacable no puede explicarse cómo es capaz de crecer allí un árbol y, ciertamente, se sostenía en el hueco perforado de la tierra agrietada, apoyado en el cerco de un montón de piedras dispuestas a tal fin. La sombra del cuerpo que pendía de su única rama, seca y curva, permanecía también quieta, consciente de su efímera presencia.
El Montañés descolgó aquel cuerpo muerto y lo liberó del humillante abandono y, calculando cada gesto, lo cargó a sus espaldas dispuesto a emprender sin demora el descenso. Abajo, depositó el cadáver de su viejo amigo a lomos de su montura cobriza y los tres reanudaron de nuevo la marcha de regreso. Por el camino, la vida salía al paso en la mente de El Montañés al recordar la amistad de una sempiterna infancia a orillas del Río Cuervos. No, no se lo merecía ni iba a permitir un final así...
Hay pocos lugares que no conozca El Montañés y pocos a quien contárselos. Nadie puede explicarse el montón de piedras apiladas, presididas por una cruz, que descansa en la margen alta del río. Tampoco nadie se explica los cinco cuerpos abandonados entre el lodo de la otra orilla, cada uno con un tiro en la frente, como la firma inequívoca del castigo que corresponde a cada forajido.
Pocos caminos conducen a Río Cuervos, ahora libre de malhechores. Más allá, un jinete cruza el cauce en su parte más estrecha hacia los llanos, semioculto entre las altas hierbas, hasta donde el rastro se pierde...
¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

viernes, septiembre 11, 2009

OJOS DE GATO

View more presentations from leetamargo.

Era la única mesa ocupada, al fondo entre las columnas. Y la única a la que se podía oir en toda la Cantina. Los cuatro hombres vociferaban transformando la partida en un espectáculo de insultos y juramentos malsonantes. El más bravucón golpeaba con el codo en la mesa cada vez que perdía, desordenando las fichas sobre el tapete con lo que, de nuevo, aumentaba el griterío. Era un hombre corpulento, de anchas espaldas y larga cabellera. Su gran vozarrón, ronco y grave, revelaba que era quien mandaba en el grupo. Detrás suyo, sentada en la silla con las rodillas juntas y los brazos caídos a cada lado, la pequeña niña contemplaba el juego con un semblante triste, casi alicaído. Su mirada rasgada, tez pálida y cabello azabache hablaban que venía de muy lejos.
A El Montañés le llamó la atención la hermética rigidez de la niña en medio de aquel alboroto. En plena bronca del vocerío, el bravucón se volvía hacia atrás de vez en cuando para comprobar que la niña seguía allí sin moverse. El Montañés apuró el vaso de un trago y ni un sólo pelo de su barba salvaje se perturbó cuando la voz del bravucón se dirigió a él, increpándole para que acercara la botella. El Montañés no era hombre de muchas palabras y tampoco había llegado hasta allí para obedecer los caprichos de ningún truhán ni para reir sus bufonadas, así que siguió de espaldas a la mesa. Los pocos clientes que quedaban en la Cantina casi salieron al tiempo, como si todos se hubieran puesto de acuerdo. El bravucón preguntó de nuevo y, sin dejar de gritar en tono agresivo, se levantó de su asiento para dirigirse al forastero de la barra que tan indiferente le ignoraba. Cuando extendía su mano para alcanzar el hombro de El Montañés, éste se revolvió con la celeridad del rayo y, de un tajo, le seccionó el antebrazo. El rostro de estupor del aguerrido fortachón quedó firmado por el otro filo del machete con una rúbrica de sangre en su cuello velludo. No había acabado aún de desmoronarse como una pesada torre cuando el silbante vuelo del machete cruzó la cantina para clavarse en el pecho del lugarteniente que ya se incorporaba a la pelea. De los otros dos, uno cayó con el primer disparo; y el otro, al intentar correr hacia la puerta para huir.
El Montañés cogió de la mano a la niña que, sin oponerse, subió con él a la grupa de la yegua. Ya caía la tarde sobre el cerro cuando soltó a la niña a la entrada de la aldea. Cuando ella echó a correr parecía conocer hacia dónde se dirigía... También parecía conocerla la anciana que, con los brazos abiertos, corría hacia ella. El Montañés aún pudo entender su nombre, a pesar de que ya se encaminaba hacia las afueras del pueblo. En el lenguaje nativo de los Runya su nombre quiere decir “Ojos de Gato”.
El cielo se tiñó de rojos y púrpuras y aún se dejó escuchar el sonido vivo del bosque, antes de que la noche cayera a plomo sobre el llano. Con un fuego lento engañó la soledad de las primeras estrellas. Luego, envuelto en su jarapa de piel, junto al fusil, observó el halo de luna con los ojos cerrados.
...El río maullaba silencios y la noche se mecía con una nana de olvidos.
¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

viernes, agosto 07, 2009

CAZA EN LA MONTAÑA


Le llamaban El Montañés porque no era de allí. Vino del otro lado de Sierra Alta, incluso dicen que de más allá del llano que precede al gran desierto, el que llaman el Negro por su larga espesura.
A pesar de haber cabalgado toda la noche entera no acusaba su rostro ningún atisbo de cansancio, casi podría afirmarse que su rostro rara vez reflejaba algún gesto descifrable. Hombre tosco y rudo, siempre vagabundeaba en solitario y los pocos que llegaron a encontrarse con él únicamente prefirieron mantener las distancias en previsión de desenlaces desagradables.
Ascendió entre las peñas a lomos de su yegua cobriza. Cuando alcanzó mayor altura hubo de continuar el ascenso a pie sin soltar las riendas de su montura. En el otro antebrazo reposaba el fusil. El sol castigaba a plomo todo ser viviente, planta o alimaña, que habitase aquel lugar, pero él parecía conocer con certeza hacia dónde debía encaminar sus pasos. Se apostó en la ancha y gruesa roca, apoyado en la hendidura hueca que le permitía, cómodo, manejar el arma con soltura. Entre los matorrales ató al caballo, liberado de los pesados fardos de pieles y, de nuevo, volvió a parapetarse en la roca, dispuesto a hacer frente a una larga espera.
El buitre leonado surgió de lo alto del risco cercano, planeando con su vuelo lento y pesado. Su silueta oscura cruzó el limpio azul del cielo con sus alas extendidas, describiendo amplios círculos en su descenso, hasta que casi estuvo a la altura del vigilante fusil de El Montañés. En el punto de mira... el cerro entre los riscos, mientras el ave de rapiña descendía y, al fondo del cañón, donde el horizonte se confundía con la pista de arena, un carromato tirado por dos mulos avanzaba rápido a juzgar por la densa polvareda que elevaba en su carrera. El Montañés afianzó el codo en la roca, enarcó la ceja y, concentrado, apuntó con determinación, con la misma determinación con que su dedo inmisericorde apretó el gatillo. Los riscos devolvieron los ecos del disparo, sonora y estrepitosamente repetidos.
El cazador ya estaba de nuevo, rienda en mano, jalando de su montura cobriza monte abajo. Su camino ahora no era siquiera de regreso. Oculto el rostro tras la poblada barba, un brillo de plata en sus ojos oscuros delató el triunfo de la justicia primitiva.
El conductor del carromato se dobló sobre sí mismo, clavando el mentón en su pecho y, con un grito ahogado, cayó de bruces a la pista. Los mulos aún siguieron su marcha adelante un tramo más, empañando la escena en una nube de arena. El tiro le acertó de pleno en el centro del pecho marcando el final de su camino.
Luego, antes de que los otros buitres aparecieran al improvisado festín, un grupo de jinetes se fue acercando en veloz persecución hasta el carromato. El primero que llegó descendió raudo del caballo y examinó al muerto, buscando entre sus ropajes, hasta lograr dar con el objeto de la angustiosa exploración... Se dirigió al resto del grupo y les mostró la simbólica figura, la estatuilla del dios Shär, hurtada hacía apenas dos días del templo de Lohen Thoenn, en la víspera de la conmemoración del Año Sagrado Lunar.
Lejos de allí, un jinete cabalga aún a solas. A nadie en su sano juicio se le ocurriría arriesgarse a que la noche gélida y despiadada le encuentre dormido en el Cañón del Río Rojo.

¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

sábado, julio 11, 2009

PIEL DE OSO

View more presentations from leetamargo.

El alba gris balbuceaba una mañana diáfana cuando descendió a aquel recodo del río para beber. Estaba cargando su cantimplora cuando, de repente, se topó con aquella gran cabeza de oso que salió de entre los arbustos. Frente a frente, ambos parecieron sorprenderse y, asustados, retrocedieron a la carrera. Fue el oso el primero en reaccionar, girándose, pareció preguntarse qué demonios de bicho viviente era aquel humano... Había pocos por allí. Olfateó el aire y, ahora, buscó un paso accesible por el río hasta la otra orilla.
El Montañés no miró atrás, sabía de la importancia de aquel encuentro y corrió, corrió sin parar hasta el lugar donde había pasado la noche. Sin perder tiempo preparo su montura y huyó al galope, abandonando allí los demás enseres... Más tarde volvería a por ellos, ahora era necesario poner manos a la obra.
El oso le había descubierto, así que no podía permitirse costumbres cómodas ni peligrosas. Escogió a conciencia el sitio para abrir la enorme zanja. Aquel claro en el bosque simulaba un sendero de paso ineludible al interior, custodiado a ambos lados por apretadas hileras de abetos reunía las condiciones idóneas para preparar la trampa. Primero, cavó el largo de la zanja y profundizó apenas unas paletadas. Continuaría en sucesivas jornadas, pues hay fieras en esa espesura que son capaces de olfatear la frescura de la tierra revuelta.
Había de extremar las precauciones, así que durante las largas semanas que le llevaron los preparativos, nunca pernoctó dos veces seguidas en el mismo lugar. En las tardes suaves subía a los riscos y cuando soplaba el viento del norte se resguardaba en la gruta.
La zanja adquirió el hondo de más dos hombres y un largo aún mucho mayor. Luego, enterró las estacas puntiagudas y, por último, cubrió el hoyo con un entramado de ramas y hojas para camuflarlo con el camino. No había vuelto a toparse con el animal, pero podía presentirlo, sabía que le andaba a la zaga.
Aquel día dejó a la yegua alejada, libre de riendas y montura, en la orilla del lago y, decidido, se apostó en lo alto del gran abeto. Desde allí, las copas de los demás árboles le impedían vislumbrar todo el panorama, pero podía sentir la respiración de un abejorro... Y así fue, solo que aquella bestia era capaz de tragarse a todo un enjambre.
El Montañés descendió sigiloso para colocarse en el preciso lugar que le interesaba, al extremo opuesto de la zanja, hacia el interior del bosque. Cuando el oso apareciera por el único pasaje con la anchura suficiente para llevarlo hasta él, llamaría su atención para atraerlo. Luego, la trampa se encargaría del resto.
Es necesario estar hecho de otra madera para sostener el desafío de la silueta parda de un oso a escasos cientos de metros. El oso lo había olido y lo había visto y, acelerando la marcha, ya enfilaba por el sendero abierto entre los árboles. El Montañés contuvo la respiración, mientras retrocedía dos pasos, como si esperase el embiste. El oso corría desenfrenado, acercándose, cuando en extraña maniobra pareció aminorar el paso casi al borde de la trampa para, de improviso, cobrar impulso de un salto inesperado. El trampero esta vez cayó hacia atrás, después de retroceder apresurado varios metros y pudo sentir la caricia al aire de la zarpa del oso delante de sus narices. Ni que lo hubiera adivinado, el maldito animal había saltado justo al comienzo mismo del fatal socavón y, en esta ocasión sí que creyó que existía un dios, porque a pesar del salto no bastó para salvar la extensión de la zanja y la fiera terminó por caer de espaldas y quedar atravesado por las puntas de las afiladas estacas.
El Montañés lo había visto cerca. Cuando recobró el resuello, saltó dentro de la trampa y remató la pieza.
El cargamento de pieles que llevaba le serviría de inapreciable botín para el intercambio con las tribus del norte. Aún no habían llegado los salmones, pero se presentían y, en breve, los osos comenzarían a frecuentar las orillas. El trampero inició el descenso de la pendiente suave, dejando atrás la colina, con la vista puesta en el horizonte montañoso de cumbres nevadas.
¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

sábado, junio 27, 2009

CONTRA EL CIELO

View more documents from leetamargo.

A Marcela la traicionaron los nervios. De tanto revolver con la cucharilla temblorosa terminó por derramar la taza de café. La camarera se aprestó rápida a limpiar la mesa.
-¿Le traigo otro, señora?
Pero Marcela optó esta vez por una infusión de poleo.
Había estado observando a la chica que se apoyaba en el mostrador. A esa hora de la noche el mesón cobraba ambiente de fin de semana y, aunque era un bar de carretera, los jóvenes hacían escala de camino a la zona caliente de la ciudad cercana. Incluso si uno cruzaba a pie la gasolinera podía encontrar a un paso los enormes jardines que precedían el centro urbano. Marcela solía parar en aquel local desde no hacía mucho, solo a tomar algo con el pretexto de estar rodeada de gente y no condenarse a quedar encerrada en su casa también los sábados por la noche. Durante los últimos meses había sido tal el caudal de conflictos a los que tuvo que enfrentarse que aquella escapada solitaria servía para refrescar el recuerdo de cuando con menos años salía a divertirse con sus amigas. Ahora, sin embargo, se encontraba sola, a decir verdad lo estaba desde hacía bastante tiempo. Desde que comenzó con los trámites de separación su vida había dado un giro, aquello ni le divertía ni siquiera le ayudaba a distraerse, pero al menos se obligaba a no aislarse, consciente de agotar cualquier vía posible de arreglo. Siempre fue muy consciente de sus límites, incluso con su marido, antes de conocer a Dave y después, cuando acabó por desvelarse en toda su mediocre malicia. Su fortaleza de carácter, sobre todo su amor, sí, esa fue la causa, pero al menos así ella lo entendía, un amor se entrega fiel, desinteresado, sólo que le falló con Dave; si se propuso hacerle cambiar consiguió tan solo descubrir el lado más turbio de la persona por la que había apostado. Ahora estaba pagando las consecuencias, en breve su relación quedaría anulada por la ley y ella estrenaba ya los primeros pasos para rehacer lo que era su propio proyecto.
Le atrajo el exotismo de aquella muchacha que, rígida frente al mostrador, le daba la espalda. El corte de pelo era el que ella siempre había soñado, pero nunca le sentó bien cuando lo intentó años atrás, antes aún de casarse con Dave. Entonces se entusiasmaba con esas pequeñeces, con el estilo de los peinados y el modo mejor de sacar partido a sus encantos. Luego, al contrario, el amor, sí, eso fue, hizo pasar a segundo plano esas chiquillerías, para centrarse en su relación de pareja. Ahora daría cualquier cosa por disfrutar de una cabellera tan bellamente moldeada, ella lo tenía de color más castaño que la muchacha del mostrador, de negrura brillante, pero le resultaba envidiable. Entonces la muchacha se giró en dirección a la puerta de salida, se apoyó en un largo bastón blanco y tentó el suelo con varios toques repetitivos antes de salir del bar, afuera esperaba sentado un gran perro parduzco al que la muchacha se asió para atravesar la carretera en compañía... Tal vez debido al impacto de tal hallazgo o tal vez debido al aroma que desprendía la infusión de menta recién servida, Marcela se incorporó para salir tras los pasos de la chica invidente... La distinguió cruzando la distancia entre la gasolinera y el bosque, lenta, pero siempre erguida. El animal, bien adiestrado, descansó en dos ocasiones para esquivar los vehículos. También ella se adentró en los jardines, guardando una prudencial distancia hasta que la frondosidad de los árboles hizo que les perdiera la pista.
No sabía qué le impulsó a ello, quizás fue algo más que curiosidad. Tan solo podía escuchar dentro de sí las palabras de su hermana, la única allegada que le quedaba aunque ahora vivían fuera. Justo entonces empezaban los problemas con Dave, el menor de tres hermanos y quien cuidó de sus padres hasta el final, no por amor, no, logró con ello sacar la mayor parte de la herencia a su favor, restando las partes de sus hermanos, quienes exigían para sí la igualdad que en vida tanto habían predicado sus suegros, demasiado viejos ya para otra batalla. Aquello supuso la ruptura con la familia, ella luchó por hacerle ver a su marido las implicaciones de su error, pero sucumbió, no había sido capaz de entender que los sentimientos no se compran. También sucumbió cuando su hermana le pidió la ayuda de las influencias de Dave para colocar en el trabajo a su sobrina, ella mintió, sí, por amor, porque quería al hombre con quien se había casado y su hermana querida, su única familia, pretendía un imposible...
-No se puede contra el cielo... -exclamó su hermana resignada. Fue poco antes de que marcharan al interior, a muchos kilómetros de donde ellas se criaron.
Ahora estaba sola en un oscuro bosque jugando a perseguir fantasmas... Le pareció oír un crujido y se parapetó tras un grueso tronco para observar. Sí, allí estaba la muchacha, se había despojado de la gabardina y lucía un llamativo traje de cuero, muy ceñido y escotado; arrodillada, acariciaba el cuello de un hermoso lobo negro con cada brazo. Marcela se ocultó asustada, sin dejar de contemplar la escena... Pero la habían visto, la muchacha la estaba mirando fijamente y ella rezó, sí, dios sabe bien que rezó para que la chica no soltase a aquellos animales. Sus ojos eran impresionantes y también los de las bestias, entre ellos se intercambiaban fulgurantes brillos y hablaban, sí, también los lobos, aunque Marcela era incapaz de comprender nada de aquella endemoniada jerga. Por fin la muchacha pareció susurrarles algo al oído y, sin dejar de mirarla, lanzó a los lobos contra ella...
Marcela no había podido gritar aunque lo intentó, sólo un golpe frío le sacudió el rostro. Luego comenzó a distinguir las figuras, agachados junto a ella, la camarera y un señor la preguntaban al tiempo que aconsejaban a la muchedumbre agolpada que dejaran espacio para respirar. El local estaba de par en par, fue una casualidad que hubiera en ese momento allí un médico. Ella descansaba su cabeza en el suelo sobre uno de los cojines de los asientos, le habían destapado la blusa hasta la cintura, pero el sujetador ocultaba aún sus intimidades. A los pies otro cojín doblado se los mantenía en alto. La camarera trajo otra compresa húmeda que el médico aplicó en el rostro...
-¡Por favor, no se amontonen alrededor! Y abran las puertas...
-Estaba rara, tiró el café primero y luego se desmayó... -explicaba la camarera, nerviosa, al señor que la atendía.
-Señora, ¿puede oírme? ¿se encuentra bien?... Ya, ya reacciona...
A Marcela la traicionaron los años, se había hecho mayor, estaba sola, no hay dinero capaz de comprar los sentimientos, nada se puede contra el cielo...
-...Sí, sí, pero déjenme un poco más... -acertó a musitar.

¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

lunes, mayo 11, 2009

UNA DE DOS

View more presentations from leetamargo.

 Aquel año se había propuesto disfrutar de unas vacaciones diferentes. Hacía tiempo que venía acariciando la idea sin decidirse nunca del todo y ahora, una de dos, o se quedaba sin aventura o, de una vez por todas, ponía en marcha el proyecto. Partió con su furgoneta dirección a la costa del sur con la intención de recorrer todo el litoral, se trataba sin duda de un periplo curioso e improvisado, sin ataduras y con el firme propósito de no planear nada con antelación. La aventura iba ya por su segundo día y atravesaba la concurrida ciudad de Stroôm, paso obligado para alcanzar el hermoso tramo costero que conduce a Port Palmer, antigua población pesquera famosa también por su aguardiente. Precisamente mañana se celebraba la fiesta del exquisito licor y pretendía llegar allí antes que anocheciera.
Aliviado, terminó de salir del atasco en hora punta de aquella ciudad y tomó la carretera comarcal que se desviaba hacia el mar. En el siguiente cruce, le pareció reconocer el rostro de la muchacha que aguardaba junto a la señal de tráfico. Continuó algunos metros más adelante, antes de dar la vuelta para comprobar detenidamente si se trataba de verdad de la misma chica que él conocía. Efectivamente, al pasar de nuevo lento a su lado distinguió el lunar inconfundible de su pómulo izquierdo y detuvo su furgoneta, al tiempo que la muchacha se acercaba a la ventanilla.
-Sí, voy hacia Port Palmer. Si quieres venir, te llevo... -respondió a la chica al mismo tiempo que levantaba las gafas de sol descubriendo el rostro.
Al reconocerle, a la joven le brillaron los ojos y, alegrándose por la sorpresa, tomó asiento a su lado mientras no dejaba de lanzarle un repertorio continuo de preguntas. Se conocían de los años del Instituto, incluso llegaron a tener un escarceo sentimental sin éxito y, más tarde, con la incorporación a la universidad siguieron destinos distintos. Le contó lo de su reciente trabajo estrenado como profesor de Biología y del proyecto solitario de sus vacaciones. Carla no podía salir del asombro, de tanta casualidad, precisamente allí, en aquel cruce de carretera dirección a casa de su amiga en Port Palmer para celebrar mañana su cumpleaños. Ella siempre fue un tanto maniática para explicar o querer entender ciertas coincidencias o situaciones y, sin tapujos, se propuso que había que celebrar aquel inesperado encuentro con un especial acontecimiento. Al fin y al cabo ya se conocían, en un tiempo incluso intentaron llegar a más. La proposición no pudo menos que sorprenderle, aunque lo disimuló, aceptando de buen grado la sugerente invitación.
- ¡No has cambiado nada, Carla!...
El bosque que iban dejando a un lado del arcén le pareció el lugar idóneo para la ocasión y por qué dejarlo para más tarde... Una proposición tan atractiva se debe atender de inmediato. Abandonó el carril y, despacio, entró en la zona arbolada, adentrándose hasta el sitio mejor alejado para celebrar su euforia contenida y no ser molestados. Allí, entre la espesura del bosque rememoraron antiguas caricias olvidadas con ímpetus nuevos. El flirteo inicial dio paso pronto a mayores en la parte trasera de la furgoneta que se mecía con un ligero vaivén, provocado por el inquieto embiste de dos pasiones encontradas.
Ya caía la tarde cuando entraban en Port Palmer, después de una prolongada y satisfactoria sobremesa. La amiga de Carla esperaba a la entrada de la casa y saludaba sin poder ocultar su innegable acento, propio del dialecto de la comarca costera. Ingrid también era rubia, más incluso que su antigua novia y, al presentarle, insistió con amabilidad para que se quedara y asistiera a su fiesta del día siguiente. La verdad es que no le ayudó la excusa de que iba a continuar viaje, pues pensaba asistir a la fiesta del aguardiente, pero aquella imprevista invitación en el mismo lugar y en el mismo día le dejaba atrapado en una contradicción demasiado evidente, así que sin poder negarse aceptó quedarse solo por una jornada.
La fiesta del aguardiente comenzó aquella misma noche y durante la mañana siguiente continuaron los festejos, entre fuegos de artificio, concursos, bailes y degustaciones interminables del embriagante licor. A media tarde, Carla e Ingrid me aconsejaron bajar al salón principal de la gran casa y, a ser posible, con traje de gala. Se trataba de una fiesta muy especial, su cumpleaños coincidía con la fiesta mayor del pueblo y, en una especie de tradición establecida, se acostumbraba a celebrar aquella otra fiesta paralela, curiosa mezcla de disfraces y trajes regionales.
Llevaba esperando un rato en el salón principal y ya había llegado un número considerable de animados invitados, la mayoría engalanados de los más variopintos disfraces, divertidos, extravagantes, inauditos algunos de ellos. Las risas crecían en volumen elevando el tono festivo del salón que parecía quedarse pequeño ante la constante avalancha de gente que no cesaba en llegar. No llevaba en el equipaje de aquellas vacaciones ningún frac ni traje de gala, pero su americana de diario y aquella corbata multicolor daban el contrapunto ideal para cumplir el requisito previsto. Se alegró del acertado consejo de las chicas, pues así pudieron reconocerse entre aquel loco carnaval de estrafalarios adornos. Ellas estaban elegantes, preciosas, embutidas en sus vestidos de princesas orientales.
La música no le dejaba oir las palabras de Ingrid y se dejó llevar de la mano escaleras arriba. Al cerrar la puerta de la habitación, Ingrid se pegó a su cuerpo y, sobrecogido por la pregunta, se estremeció al sentir sus palabras resbalarle por el cuello erizándole cada centímetro de piel.
-Carla me aseguró que eres una joya única, ¿me dejas probarlo?...
Con dos rápidos movimientos de sus dedos se despojó del traje de fiesta y, desnuda entera, se abrazó a él, solícita. Sin despegarse, unidos, se acercaron a la cama y cayeron abrazados, enzarzados en la ardua tarea de explorarse con deleite, ajenos a ninguna otra fiesta que no fuera la suya.
La fiesta debió continuar hasta altas horas, aunque para él pasó desapercibida el resto de la madrugada, había tenido su fiesta particular y se felicitaba por ello. Cayó dormido con tanto trajín, con la mente puesta en la carretera del día siguiente, las emociones por el momento habían resultado intensas. Sin embargo, antes que amaneciera del todo notó el cuerpo de Carla que se acostaba a su lado, sin ropas, jugueteando con su cuerpo, entumecido aún de la noche pasada. La fiesta no parecía haber acabado para él, pues Ingrid se acostó al otro lado y entre las dos mujeres consiguieron enderezar de nuevo la alegría de su cuerpo, que despertó del todo. Fue una despedida apoteósica, una esperanzadora inyección de vitalidad. No siempre concurren circunstancias parecidas, pero al menos a él ya le había ocurrido.
Prosiguió el viaje por la costa en la mañana gris de brisa fresca, agradecida, frente al calor de días atrás. También atrás quedaron las chicas, sus entrañables momentos compartidos. Le asaltó la tentación de permanecer allí junto a ellas, pero una de dos, o proseguía solo adelante con su aventura o se arriesgaba a malgastar la experiencia. Sin duda, lamentaría tiempo después repetir una ocasión tan especialmente señalada, pero tardaría en borrar el grato recuerdo del sabor nuevo de aquella primera vez. La carretera sinuosa se retorcía persiguiendo las curvas a lo largo de la playa, pero él estaba en otra cosa, no atendía al paisaje.


¡FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS!
http://leetamargo.blogia.com/

viernes, abril 03, 2009

ISLA DEL DESEO

View more presentations from leetamargo.

Aquel no fue un año fácil, casi incluso que llegó a complicarse en exceso. Porque hay momentos en que la vida parece no ponerse de acuerdo y que envía las desgracias sin orden ni concierto o, al menos, eso le pareció a ella dentro del caos operante en que se encontró envuelta. Lo único bueno pertenecía incluso al pasado año recién finalizado, aquel viaje que ganó en un sorteo de radio y que tan a gusto recibió en un principio, también se vio afectado y sería imposible llevarlo a cabo con su novio de siempre a causa de la inevitable ruptura de sus relaciones sentimentales con que el año dio comienzo. Así que, a la vista de tanta contrariedad ofreció a su compañera de trabajo la plaza vacante del susodicho viaje, condición indispensable para hacerlo realidad. Matilde aceptó de buena gana, aunque sin mostrar en un principio exagerado entusiasmo. Yoli era una buena compañera e, incluso, a causa del viaje cabía la posibilidad de que su amistad fructificara del todo.
Los días de la anterior semana a sus vacaciones pasaron en un soplo entre planes e ilusiones que, sin acabar de establecerse, ya se estaban nuevamente renovando. Ninguna de las dos dejaba nada atrás que les impidiese vislumbrar el horizonte despejado de sus proyectos y, libres del trabajo que antes les atenazaba, por fin llegó el tan ansiado día en que aquel vuelo les llevó hasta la isla de sus proyectos. Ya durante el trayecto que duró casi diez horas, tuvieron ocasión de conversar tocando los más variados temas, desde comentarios personales acerca de algunos cotilleos de moda de la vida cotidiana hasta opiniones más subjetivas aún, relativas a caracteres o sentimientos, incluso mezclando ambos extremos en un batiburrillo de reflexiones que buscaban confrontar modos de ver o pensar y hallar puntos en común que les ayudase a conocerse mejor.
Yolanda le explicó lo de su noviazgo roto, el carácter desordenado del chico, además de su falta de sana ambición. Ella trabajaba desde los dieciocho años y eso marcaba una diferencia notable en otros aspectos donde la realidad del día a día no permitía deslices. Sin embargo, él en vez de proponerse metas que lograr para hacer efectivo el futuro propio en el que convivir junto a ella, se comportaba como un irresponsable muchacho que parece que siempre va a continuar igual. Yolanda le explicó cómo esa falta de seriedad era lo que más le disgustaba de él, pero Matilde escuchaba distante este tipo de réplicas y reproches en voz alta que su compañera le detallaba, como si no fuera con ella ese talante de abordar los acontecimientos. Para Yolanda fue, de nuevo, tropezar con el obstáculo insalvable que desde que conoció a su amiga se levantó entre ellas, prediciendo un futuro de difícil entendimiento para su amistad. Fue el único tema de conversación donde Mati, como su amiga insistió en que la llamara con confianza, no demostraba afinidad ni criterio alguno, al hablar de la forma de ser o actuar de los hombres. Lo achacó, tal vez, a lo temprano de su relación amistosa, quizás fuera preciso algo más de tiempo para que esa confianza saliera a flote, aunque es raro que entre mujeres eso no se deje notar en el detalle más sutil. Prefirió, no obstante, no darlo excesiva importancia y dejar que las vacaciones discurrieran espontáneamente.
Nada más llegar al hotel les esperaba la guía del grupo para señalar unas indicaciones generales sobre la estancia en la isla. Luego, subieron a terminar de colocar sus equipajes en la habitación para después salir a cenar al porche en su primera noche de vacación. Durante la cena la conversación se hizo más esporádica, pues el cansancio del viaje se hacía notar y, además, habían tocado por ese día muchos y variados temas. Yolanda se fijó en el grupo de muchachos que habían llegado posterior a ellas y que, en otra mesa, armaban gran algarabía y jolgorio; algunos de ellos no estaban mal y habían dirigido la mirada a su mesa, pero tuvo reparo en hablar al respecto con Mati. Ella había acariciado la idea de renovar su bagaje emocional con la relación divertida de algún chico y no descartaba la posibilidad de un romance que diera impulso nuevo a su recién estrenada vida afectiva o, al menos, a sus vacaciones. Lamentó no encontrar complicidad con Mati hasta ese punto, pero quizás mañana después de haber descansado, los planes y deseos ocultos afloraran sin cortapisas, pues no resultaba fácil desembarazarse de las obligaciones ni de los hábitos que impone la absorbente rutina.
A la mañana siguiente lució un sol endiablado, imperdonable desperdiciarlo sin tenderse en la playa sin otra preocupación que equilibrar el bronceado y dejarlo bien repartido por cada centímetro de piel de sus castigados cuerpos. Las playas en la isla eran lo suficientemente extensas para que, exceptuando los núcleos de entrada o salida, hubiera amplitud de espacios donde escoger tumbarse con tranquilidad. De cuando en cuando una nativa se acercaba con su cesto de refrescos y chucherías para ofrecer a los turistas. En una de esas ocasiones, a causa del calor, pidieron un refresco a una ellas, una mujer madura de color que, bajo su vestido blanco, aún resaltaba más el tono oscuro de su piel morena. Recogió afable las monedas y se desató el pañuelo blanco que llevaba a la cabeza para volver a atarlo, firme, de nuevo. Entonces, les preguntó si asistirían esa noche a la fiesta del Gallo Dulce y, ante la sorpresa de sus preguntas, la mujer les contó que habían llegado a la isla precisamente en la celebración de una de sus fiestas más conmemorativas... Se celebraba cada año coincidiendo con las dos noches más cercanas al plenilunio, siempre que las mareas lo permitían, y tenía lugar en la playa que llamaban del Medioeste, desde el acantilado que separa ambas playas. Era tradición en la isla, continuó explicando la señora de blanco, que en esa primera noche los jóvenes se desnuden y bañen así sus cuerpos en la playa; en la del este las muchachas y en la del medio los muchachos. Luego, a la segunda noche, tanto ellas como ellos irán a escoger su pareja sea en una u otra playa.
-A veces se encuentran parejas que duran para siempre... -detalló la nativa.
La señora acabó de relatar la ancestral costumbre de la isla y lamentó que últimamente muchos extranjeros se acercaran a la fiesta solo para fisgonear los cuerpos desnudos, sin ánimo de participar. Finalmente recogió su cesto y abrió mucho los ojos al recomendarles que nadie debería perderse una celebración como aquella, pues sus efectos beneficiosos no tardaban en notarse... “Todo se ve más claro. Suerte!”, dijo al despedirse.
De vuelta al hotel hicieron planes para participar en esa fiesta de la que no hablaban los pasquines publicitarios, al menos, la noche se ofrecía tentadora. En el vestíbulo se cruzaron con el grupo de chicos que cenó la noche anterior junto a ellas, en el porche del hotel, y con ganas de agradar uno de ellos saludó con efusividad...
-Se ha dirigido a ti, Mati... ¡Como si te conociera!
-Trabaja para el Sr. Dylon, de la promotora de nuestra empresa. Es uno de los distribuidores... -Mati lo dijo sin emoción, casi maquinalmente.
Vaya, parece que la noche, la fiesta o lo que sea, quizás las vacaciones, van haciendo entrar en materia hasta a las más reacias... Al menos, su amiga, pensó Yolanda, iba rompiendo los hielos que abotargaban su timidez, se había fijado en el chico, algo fría en el comentario, eso sí, pero al menos algo era algo. Sí, al menos aquella fiesta iba a traer los aires renovados que tanto deseaban.
Se dirigieron al acantilado que separaba las dos playas cuando la luna estaba redonda y clara presidiendo la playa. Abajo se podían distinguir los grupos de chicos y chicas que despojados de toda vestidura bañaban sus cuerpos en el mar. Se desnudaron, se miraron entre risas y, guardando las ropas en el hueco de una de las rocas, descendieron a la playa para sumarse a la fiesta de las mujeres. La temperatura no podía ser más idónea, incluso dentro del agua; la luna con su halo pleno de luz ayudaba en dar calidez a la noche o, también pudiera ser que fuera aquella bebida de los cestos que las muchachas repartían generosamente a todos los participantes. Lo cierto es que la noche transcurrió entre olas, cánticos y licor, hasta que los cuerpos cansados acabaron retirándose casi al mismo tiempo que lo hacía la luna.
Yolanda y Mati se propusieron descansar lo que restaba del día para, también esa otra noche, terminar de asistir al festejo completo. Yolanda estaba decidida a disfrutar de aquella noche prometedora y, sonreía en silencio al pensar en su amiga, ya que esa noche se vería obligada a decidirse y actuar. Cuando llegaron a lo alto del acantilado observaron cómo hombres y mujeres acudían de una a otra playa buscándose, estableciendo parejas previamente elegidas o improvisadas sobre la marcha. Se desvistieron con impaciencia, guardaron las ropas entre las rocas y, cuando se disponían a descender por el acantilado, Mati le agarró de un brazo deteniendo su marcha. Yolanda miró atrás, inquisitiva...
-¿Qué sucede? Vamos a la fiesta...
Su amiga la miró con fijeza y, ahora, le sujetó también el otro brazo. Luego, le acarició el cabello, dejando resbalar la caricia de su mano por su rostro con suavidad.
-No, no puedo... Me gustas tú...
Las palabras de Mati sonaron como un trueno en la inmensidad de la noche silenciosa, ahora lo explicaban todo, la negativa a mostrar sus sentimientos, su actitud reacia a todo lo referente a los hombres o a razonar la directriz de sus emociones. Sin embargo, el calibre de aquel descubrimiento no le redimía de sus posibles consecuencias. Yolanda se abrazó a ella...
-Te entiendo, también te quiero, pero no... -musitó, tratando de consolar a su amiga.
Así, abrazadas y desnudas, permanecieron una junto a otra en la pendiente del acantilado durante toda la noche, ajenas a la fiesta, firmando el sello de una amistad mucho más duradera de la que ninguna hubiera imaginado. No presenciaron el final de la fiesta, cuando le cortan la cabeza al gallo para echarla al mar entre los gritos eufóricos y desorbitados de todas las parejas y asistentes, pero ni eso les importó; ahora se bastaban ellas mismas.
El resto de los días de sus vacaciones transcurrió rápido, intenso. Ambas se confesaron, examinaron la naturaleza de sus pretensiones con confidencias íntimas, estrechando aún más sus lazos como amigas. De regreso a casa, ambas pudieron constatar el equilibrio milagroso que aquel viaje obró en sus vidas. Algo de cada una, único y exclusivo, se había propagado en la otra, a modo de compensación de lo que carecían. Mati aprendió a valorar el cariño de lo que más puede semejarse a una amistad verdadera, incluso la lección sirvió para encauzar su afectividad, pudo prescindir de la necesidad de contacto sexual con otra mujer y no sentirse indefensa por ello. Para Yolanda la experiencia sufrida vino a reforzar su idea realista de la amistad, le aportó ángulos nuevos e inexplorados de comprensión, quizás algo inusuales o atrevidos para ella, pero no por ello enriquecedores.
La vuelta al trabajo no suele por costumbre acogerse con especial optimismo, casi hasta ellas mismas se sorprendieron. Pero el viaje de sus vidas ya había realizado un giro decisivo. Mati ascendió en su puesto, pasó a las oficinas de la promotora, quizás influída por su recién iniciado noviazgo con el chico que trabajaba como distribuidor para el Sr. Dylon o, quizás, de acuerdo al carácter mágico del viaje aquel que terminó de unirles para siempre. Sin embargo, para Yolanda no dejó de ser un año difícil... El viaje representó un ligero desahogo dentro de su caótico acontecer, pero incluso pertenecía al año anterior. Quizás para las próximas vacaciones, quizás el año próximo se le cumpliera un deseo.

¡ SALUDOS, AMIGOS/AS !

viernes, febrero 27, 2009

NO HAY MUROS


Tenía la coartada perfecta; había quedado después del trabajo con Marcia, antes de la cena. Giulio llevaba largo tiempo dándole vueltas a aquella idea, y había decidido llevarla a cabo esa misma noche. Quería, de una vez por todas, cambiar algo para que en el rostro de su madre se instaurase la sonrisa. Siempre la había escuchado maldecir, descontenta, siempre a disgusto con sus dos hermanas, dos tías con las que jamás tuvo contacto alguno. Tan sólo las conocía por la historia contada por su madre, repetida hasta el desencanto; no le gustaba verla triste, no, a nadie puede agradarle eso. Ni siquiera cuando la oía planear su mal ni cuando el rencor la poseía, tampoco ese efímero triunfo le bastaba. Deseaba que la felicidad se adueñara del gesto de su madre, sobre todo ahora que él se sentía así, tan enamorado y feliz junto a Marcia, su novia.
Se conocieron desde adolescentes y ya iban para su cuarto año de noviazgo, sabía que era su amor. Cumpliría la mayoría de edad el año próximo y comenzaría a trabajar de empleado fijo en el taller mecánico; ansiaba tener entre sus manos el carnet de conducir, los coches eran su pasión, sí, después de Marcia, claro.
Un par de meses atrás, había muerto el abuelo, vivió con ellos sus últimos años y nunca llegó a comprender del todo las diatribas y enconadas discusiones que entablaba con su madre, aunque parecía vislumbrar algo de luz al respecto, ahora que su madre no cejaba en continuar sus lamentos, sus reproches en voz alta contra las hermanas ausentes. Si aquellas amenazas iban a conseguir traer la paz, tan añorada, él se iba a encargar de cumplirlas: los terrenos del abuelo ocupaban una vasta extensión de aquella comarca ganadera, representaban una golosa tentación para las constructoras, que rastreaban la zona en busca de parcelas favorables para su negocio. Al fin, su madre logró lo que con tanto ahínco había perseguido, hizo que el abuelo, demasiado mayor para oponerse, cambiara el testamento a su favor, hasta entonces repartido a partes iguales entres las tres hermanas. Ya sólo necesitaba el espoletazo definitivo que provocara el estallido; deberían ser ellas las que interpusieran la demanda, pues ni siquiera pensaba darles el placer de pagar las costas del juicio, donde todo estaba dispuesto en su favor...
Mientras se aseaba para salir, Giulio repasó mentalmente cada uno de los pasos de su oculto plan. Al caer la tarde se acercaría con el coche hasta el muro de piedra que separa las lindes, a esas horas apenas hay tránsito; le bastaría con un leve empujón para derribarlo. Se imaginaba el gesto despechado de sus desconocidas tías, pero, sobre todo, la faz satisfecha de su madre, relajada al verse las caras frente al estrado. Sí, ya era hora de que su madre también sonriera, era su turno. Nadie lo vería en plena oscuridad; después, debía bajar hasta el pueblo sin las luces puestas, no se trataba de un trecho demasiado largo, pero lo conocía de memoria, ya antes lo había recorrido con Marcia, cuando buscaban algo de intimidad. Antes de ir al encuentro de Marcia, que le aguardaba en la verja del palacio consistorial, quería dejar el vehículo en el aparcamiento del taller, de ese modo no existiría ningún detalle que lo involucrara.
Al llegar junto al muro, dejó caer la trasera con suavidad para evitar cualquier ruido. Empujó con fuerza marcha atrás, pero sin éxito; además cabía el riesgo de que el muro, casi tan alto como una persona, cediese del lado suyo y aplastara el vehículo. Las ruedas echaban humo y se encontraba empapado en sudor; aquella misión le estaba costando mucho más de lo que se había imaginado. Pisó a fondo el acelerador y, con un giro brusco hacia delante, se alejó justo antes de que el muro cayese destrozado en innumerables pedruscos desperdigados.
–...¡Por fin, ya está!
Ahora le quedaba bajar a ciegas, sin encender los focos. Giulio enfiló la pendiente que conducía a la población, se había hecho demasiado tarde. Aprovechó la inercia de la cuesta abajo para ganar tiempo y velocidad cuando tropezó con algo que no pudo distinguir en la oscuridad. El coche se tambaleó a un costado, después de haber arrastrado el tropiezo durante varios metros y, asustado, Giulio maniobró para pegarse de nuevo a la valla. La oscura silueta de los setos recortado en la noche le desorientaba y contribuía aún más a su nerviosismo. Por eso suspiró aliviado al distinguir la iluminación de la carretera local, encendió por fin las luces y se incorporó a ella con lentitud.
Aparcó según lo previsto, junto al taller mecánico; comprobó después la defensa trasera, apenas un rasguño de la presión contra el muro. Luego, introdujo las llaves del coche en el buzón del taller, allí las encontraría a la mañana siguiente el viejo Ramos, como tenían por costumbre. Miró el reloj preocupado mientras, a la carrera, se dirigía a la cita con Marcia. Bajó a saltos la escalinata de la plaza central, componiéndose el cabello y las ropas antes de llegar al lugar del encuentro, pero Marcia ya no estaba... Se lo había estado temiendo durante todo el maldito trayecto, aquel muro se había resistido tanto en caer...
–...Mañana se lo explicaré. –se consoló de regreso a casa.
Sin embargo aquella mañana le costó desperezarse, no era habitual en él dormirse ni faltar al trabajo. Se despidió de su madre sin desayunar. Tampoco era el único en llegar tarde, el taller seguía cerrado; al viejo Ramos también parecían habérsele pegado las sábanas. Por instinto siguió la ruta de sus pasos en la noche anterior, le pareció escuchar voces y se asomó a la escalinata. Entonces distinguió el revuelo que formaba aquel grupo de gente junto al ayuntamiento. El viejo Ramos se encontraba entre ellos, en cuanto le reconoció se dirigió hacia él en un falso tono sosegado:
–...Giulio, hijo, ¡una lástima, hijo! –mientras posaba una mano en el hombro del muchacho.
–¿Qué pasa? No entiendo...
–La encontraron hecha un nudo junto a la valla de la cuesta antigua, hijo... –Ramos se lamentaba sin despegar la vista del suelo–. Después de atropellarla huyeron, Giulio, la abandonaron allí, malherida, sin auxiliarla, hijo... El párroco asegura que está muerta, la pobre Marcia, muerta...
También la mirada de Giulio permanecía ausente, se acordaba con claridad de dónde echó las llaves, pero no recordaba con qué parte chocó del vehículo; aún no tenía el permiso, pero nadie le había visto, no podían implicarle. Ya no escuchaba las palabras huecas del viejo patrón, un largo escalofrío le impedía atender, mientras un muro invisible se erigía delante suyo... Algo parecido a la voz de una amenaza le condenaba, tardaría toda una vida en volver a sonreír.

¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

lunes, enero 12, 2009

DOBLE FONDO

View SlideShare presentation or Upload your own. (tags: poemagenes poesia)

Cuando llegó a la casa el temporal arremetía de nuevo. Aparcó al borde de la tortuosa pista que le había conducido a través de la espesa vegetación. La radio seguía dando noticias sobre el temporal que venía anunciando semanas atrás. Apagó la radio, el motor y se acercó a la casa, un chalet de planta baja y de buena apariencia en el que se había citado con Sally.
-Dentro de una semana exacta en mi refugio de la costa… -había señalado ella.
Rodeó la casa, pero no encontró rastro del coche de Sally; llegaría más tarde, sin duda. El viento y la lluvia le obligaron a cobijarse en el porche y, entonces, comprobó que la puerta se encontraba entreabierta; la empujó levemente y cedió. Con un pie dentro, golpeó la madera con los nudillos dos veces seguidas…
-¿Sally? ¿Sally, estás ahí?
No obtuvo respuesta, pero insistió:
-¿Hay alguien…?
Observó el interior pulcro y ordenado. Le llamó la atención la claridad que iluminaba
la estancia, a través del enorme ventanal que daba al jardín, a pesar del tono ceniciento que estaba adquiriendo el cielo. Siempre le había oído hablar de su casa en la costa y se animó a entrar; aprovecharía para echar un vistazo.
Un separador de mimbre entrelazado hacía las veces de vestíbulo, ahora recogido contra la pared, por lo que nada más entrar se halló de pleno en el salón principal. Se trataba de una sala amplia y espaciosa, de muebles modernos y funcionales, que daban una sensación de confortable intimidad. Contempló los cuadros. Excepto las dos láminas del vestíbulo de entrada, las demás eran pinturas auténticas: paisajes al óleo de marinas y escenas campestres, un bodegón y una composición informal de temas abstractos, en tonos vivos, que no desentonaba con el ambiente acogedor que respiraba la sala.
Una chimenea antigua de piedra presidía la pared del fondo, entre dos cabezas disecadas de corzos; y, del lateral, un pasillo enmoquetado conducía a las habitaciones. Exploró y revisó una a una, con los cinco sentidos pendientes de atrás, atento a cualquier ruido que delatase la llegada de Sally. Las dos primeras habitaciones eran dormitorios con las camas hechas, armarios de estilo rústico y pintadas de un suave tono pastel. Al final del pasillo había un aseo ancho y limpio, azulejado de pequeños mosaicos verdinegros. Y enfrente, el dormitorio principal: la cama, en el centro, lucía una colcha beige de raso, adornada de motivos florales; suntuosa y elegante, pero práctica y discreta a la vez, enseguida le trajo el olor a Sally. Un largo armario lacado en blanco empanelaba la habitación, pero se resistió a abrirlo. El baño de la habitación estaba completo y, en un rincón, contaba además con aparatos de gimnasia, dispuestos en perfecto orden. Regresó al pasillo y prosiguió su paseo por la cocina. No era muy grande, cuadrada, con un fogón central que combinaba utensilios antiguos sin prescindir de las comodidades más actuales. Observó con detalle las vitrinas que colgaban de las paredes y la colección de frascos ornamentales, vacíos la mayoría, que guardaban en su interior. Los electrodomésticos estaban bien disimulados, a juego con el mismo acabado de roble que las vigas del techo. No tenía hambre, pero ahora acusaba más el cansancio, a causa del viaje.
Volvió sobre sus pasos hacia el salón. A través del ventanal el viento enfurecido se ensañaba con las palmeras, hojas y ramas volaban, y las copas del bosque cercano se contorsionaban, acosadas sin tregua. Aquel maldito temporal estaba retrasando todo, sólo quedaba esperar...
Se sentó en el sofá de ante granate sin extrañarse de la mullida comodidad con que le obsequió; ahora los efectos del cansancio se hacían más notables. Al poco, se descubrió en un par de cabezadas que amenazaban con dejarle rendido al sueño y, al enderezarse, fue cuando reparó en la librería que tenía enfrente. Se levantó con intención de hojear algún libro y, al ponerse de cuclillas para leer los títulos de una estantería baja, notó el suelo distinto... Era una trampilla entarimada de madera de pino. En el extremo presentaba un muesca simulada, a modo de asidero y, cuando tiró de ella, comprobó que podía levantarla sin esfuerzo. La sujetó con el tope de seguridad, mientras observaba los peldaños de madera que descendían. El piso inferior le resultó similar a la planta en la que se encontraba y bajó, movido por la curiosidad. En efecto, las moquetas, las alfombras eran del mismo color; incluso el sofá, los cuadros, la chimenea... Era una habitación exactamente igual a la de arriba, dispuesta y ordenada de forma idéntica a la principal. Nervioso, recorrió el pasillo hacia las habitaciones: eran una copia perfecta. El aseo, la cocina, el dormitorio grande con su colcha de flores, todo exacto al piso de donde había venido. Pensativo, un fatal presentimiento se cruzó por su mente y, apresurado, corrió hacia la librería del salón... Se acuclilló y sí, también había allí un oculto entarimado de pino transparente. Miró hacia atrás asustado, mientras acariciaba el borde del asidero, indeciso, pero, poco a poco, la trampilla se izó sin obstáculo mostrando una hilera de escalones que no le resultaban desconocidos. Se atrevió a posar un pie y luego otro, pero bajó entumecido por el miedo, que agarrotaba sus pasos.
Se trataba de una estancia similar a la anterior y a la primera, eran iguales las tres. Le costaba caminar, respiraba con dificultad y sudaba copiosamente. Se dirigió directo a la librería, podía ya distinguir la trampilla de madera, allí, en el sitio correspondiente… Pero el ruido de un golpe seco le paralizó. Pensó que tal vez falló el tope de alguna de las trampillas superiores y, al caer, se habrían cerrado, pero cuando el murmullo de voces fue en aumento se dio cuenta de que no estaba solo...
Los ruidos parecían provenir de abajo, se agachó y pegó el oído al suelo: al otro lado de la trampilla distinguió las voces y, luego, los ladridos… Aquello no le gustaba nada, quería correr, pero apenas le respondían las piernas. Comenzó a subir los peldaños, tropezándose en cuanto la prisa le aceleraba. Un pánico atroz le impedía mirar atrás; consiguió llegar a la otra planta y, casi a gatas, a la siguiente. Los temblores se apoderaron de él al comprobar que la primera trampilla estaba cerrada; quiso gritar, pero un nudo le aprisionaba. Tan sólo atinó a golpear tímidamente en la madera, a pesar de haberlo intentado con fuerza… Las voces ahora se oían más cerca, casi juraría que venían de arriba.
De pronto, encima de él, la trampilla se abrió poco a poco, aunque no pudo distinguir nada del otro lado. Había oscurecido y el haz potente de una linterna le deslumbraba, al tiempo que unas voces le gritaban con insistencia:
-¡Suba, no se quede ahí, suba!
-¡Las manos, enseña las manos! –repetía otra voz chillona- ¡Las manos arriba, suba!
Cuando alcanzó el último peldaño distinguió al hombre de la linterna y a los que sujetaban las armas que le encañonaban. Cayeron sobre él y, encima del sofá, le redujeron con rapidez; le hacían daño al colocar las esposas. Entonces distinguió a los agentes que sujetaban a los perros, apostados a la entrada.
Un policía ascendió por la trampilla del piso inferior.
-Nadie más, señor.
La voz del que sostenía la linterna se dejó oir:
-Buen trabajo entonces. A la chica la detuvieron en el aeropuerto; llevaba el botín en un doblefondo. Hay que dar gracias al temporal, que retrasó los vuelos…
Los coches-patrulla iluminaban la entrada al chalet. Cuando los hombres salieron de la casa una ráfaga de viento mojado les azotó las caras y les hizo tropezar, hombro con hombro, contra el marco de la puerta. El policía y el detenido se cruzaron las miradas.
-¡Maldito temporal! –exclamaron ambos al unísono…


¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !