sábado, junio 27, 2009

CONTRA EL CIELO

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A Marcela la traicionaron los nervios. De tanto revolver con la cucharilla temblorosa terminó por derramar la taza de café. La camarera se aprestó rápida a limpiar la mesa.
-¿Le traigo otro, señora?
Pero Marcela optó esta vez por una infusión de poleo.
Había estado observando a la chica que se apoyaba en el mostrador. A esa hora de la noche el mesón cobraba ambiente de fin de semana y, aunque era un bar de carretera, los jóvenes hacían escala de camino a la zona caliente de la ciudad cercana. Incluso si uno cruzaba a pie la gasolinera podía encontrar a un paso los enormes jardines que precedían el centro urbano. Marcela solía parar en aquel local desde no hacía mucho, solo a tomar algo con el pretexto de estar rodeada de gente y no condenarse a quedar encerrada en su casa también los sábados por la noche. Durante los últimos meses había sido tal el caudal de conflictos a los que tuvo que enfrentarse que aquella escapada solitaria servía para refrescar el recuerdo de cuando con menos años salía a divertirse con sus amigas. Ahora, sin embargo, se encontraba sola, a decir verdad lo estaba desde hacía bastante tiempo. Desde que comenzó con los trámites de separación su vida había dado un giro, aquello ni le divertía ni siquiera le ayudaba a distraerse, pero al menos se obligaba a no aislarse, consciente de agotar cualquier vía posible de arreglo. Siempre fue muy consciente de sus límites, incluso con su marido, antes de conocer a Dave y después, cuando acabó por desvelarse en toda su mediocre malicia. Su fortaleza de carácter, sobre todo su amor, sí, esa fue la causa, pero al menos así ella lo entendía, un amor se entrega fiel, desinteresado, sólo que le falló con Dave; si se propuso hacerle cambiar consiguió tan solo descubrir el lado más turbio de la persona por la que había apostado. Ahora estaba pagando las consecuencias, en breve su relación quedaría anulada por la ley y ella estrenaba ya los primeros pasos para rehacer lo que era su propio proyecto.
Le atrajo el exotismo de aquella muchacha que, rígida frente al mostrador, le daba la espalda. El corte de pelo era el que ella siempre había soñado, pero nunca le sentó bien cuando lo intentó años atrás, antes aún de casarse con Dave. Entonces se entusiasmaba con esas pequeñeces, con el estilo de los peinados y el modo mejor de sacar partido a sus encantos. Luego, al contrario, el amor, sí, eso fue, hizo pasar a segundo plano esas chiquillerías, para centrarse en su relación de pareja. Ahora daría cualquier cosa por disfrutar de una cabellera tan bellamente moldeada, ella lo tenía de color más castaño que la muchacha del mostrador, de negrura brillante, pero le resultaba envidiable. Entonces la muchacha se giró en dirección a la puerta de salida, se apoyó en un largo bastón blanco y tentó el suelo con varios toques repetitivos antes de salir del bar, afuera esperaba sentado un gran perro parduzco al que la muchacha se asió para atravesar la carretera en compañía... Tal vez debido al impacto de tal hallazgo o tal vez debido al aroma que desprendía la infusión de menta recién servida, Marcela se incorporó para salir tras los pasos de la chica invidente... La distinguió cruzando la distancia entre la gasolinera y el bosque, lenta, pero siempre erguida. El animal, bien adiestrado, descansó en dos ocasiones para esquivar los vehículos. También ella se adentró en los jardines, guardando una prudencial distancia hasta que la frondosidad de los árboles hizo que les perdiera la pista.
No sabía qué le impulsó a ello, quizás fue algo más que curiosidad. Tan solo podía escuchar dentro de sí las palabras de su hermana, la única allegada que le quedaba aunque ahora vivían fuera. Justo entonces empezaban los problemas con Dave, el menor de tres hermanos y quien cuidó de sus padres hasta el final, no por amor, no, logró con ello sacar la mayor parte de la herencia a su favor, restando las partes de sus hermanos, quienes exigían para sí la igualdad que en vida tanto habían predicado sus suegros, demasiado viejos ya para otra batalla. Aquello supuso la ruptura con la familia, ella luchó por hacerle ver a su marido las implicaciones de su error, pero sucumbió, no había sido capaz de entender que los sentimientos no se compran. También sucumbió cuando su hermana le pidió la ayuda de las influencias de Dave para colocar en el trabajo a su sobrina, ella mintió, sí, por amor, porque quería al hombre con quien se había casado y su hermana querida, su única familia, pretendía un imposible...
-No se puede contra el cielo... -exclamó su hermana resignada. Fue poco antes de que marcharan al interior, a muchos kilómetros de donde ellas se criaron.
Ahora estaba sola en un oscuro bosque jugando a perseguir fantasmas... Le pareció oír un crujido y se parapetó tras un grueso tronco para observar. Sí, allí estaba la muchacha, se había despojado de la gabardina y lucía un llamativo traje de cuero, muy ceñido y escotado; arrodillada, acariciaba el cuello de un hermoso lobo negro con cada brazo. Marcela se ocultó asustada, sin dejar de contemplar la escena... Pero la habían visto, la muchacha la estaba mirando fijamente y ella rezó, sí, dios sabe bien que rezó para que la chica no soltase a aquellos animales. Sus ojos eran impresionantes y también los de las bestias, entre ellos se intercambiaban fulgurantes brillos y hablaban, sí, también los lobos, aunque Marcela era incapaz de comprender nada de aquella endemoniada jerga. Por fin la muchacha pareció susurrarles algo al oído y, sin dejar de mirarla, lanzó a los lobos contra ella...
Marcela no había podido gritar aunque lo intentó, sólo un golpe frío le sacudió el rostro. Luego comenzó a distinguir las figuras, agachados junto a ella, la camarera y un señor la preguntaban al tiempo que aconsejaban a la muchedumbre agolpada que dejaran espacio para respirar. El local estaba de par en par, fue una casualidad que hubiera en ese momento allí un médico. Ella descansaba su cabeza en el suelo sobre uno de los cojines de los asientos, le habían destapado la blusa hasta la cintura, pero el sujetador ocultaba aún sus intimidades. A los pies otro cojín doblado se los mantenía en alto. La camarera trajo otra compresa húmeda que el médico aplicó en el rostro...
-¡Por favor, no se amontonen alrededor! Y abran las puertas...
-Estaba rara, tiró el café primero y luego se desmayó... -explicaba la camarera, nerviosa, al señor que la atendía.
-Señora, ¿puede oírme? ¿se encuentra bien?... Ya, ya reacciona...
A Marcela la traicionaron los años, se había hecho mayor, estaba sola, no hay dinero capaz de comprar los sentimientos, nada se puede contra el cielo...
-...Sí, sí, pero déjenme un poco más... -acertó a musitar.

¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !