jueves, octubre 08, 2009

LA TRAVESIA

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Se abalanzó sobre la yegua impulsado por un resorte automático, aunque era demasiado tarde y ya habían dado buena cuenta de ella. Los indios Urumhara eran expertos olfateadores de caminos, pero no aquellos piratas de bosques. No es El Montañés hombre que se arredre frente a enemigo alguno y tampoco nadie pudo vanagloriarse nunca de haberle encontrado desprevenido, siempre alerta, incluso durante el sueño. Lo habían hallado de casualidad. Les delató el resoplar de su respiración nerviosa mientras se emboscaban...
Prefirió huir hacia la espesura en vez de hacer frente a un número desconocido de asaltantes. Podían ser torpes, pero no estúpidos cuando empuñaban un arma. La noche estaba cerrada y alzando el fusil como el machete más certero, se abrió paso en la oscuridad, rápido, corriendo entre los árboles, hacia el río. Los disparos silbaban a su alrededor sin acertar y, de un salto, se zambulló en las aguas gélidas del Athur, caudaloso en ese tramo, pero peligroso y veloz cuando desemboca más abajo en los rápidos rocosos.
Era cuestión de tiempo, por eso escogió nadar contra corriente. Distinguió, entre bocanadas de agua, las sombras de sus monturas recorrer la orilla escrutando la corriente para dirigirse río abajo, explorando cada palmo.
Avanzar río arriba resultaba lento y penoso, apenas se ganaban algunos metros y había que tener agallas para mantenerse el tiempo suficiente y que sus perseguidores optasen por emprender la búsqueda en la lógica dirección del río hacia adelante. Con la cabeza sumergida en el agua los cascos de los caballos suenan igual que truenos, trepidantes. Corriente arriba, se asomó en la margen opuesta, después de comprobar la ausencia de amenaza. Exhausto y mojado, con el fusil colgado a la espalda, caminó monte arriba el resto de la noche, sin descanso, hasta que el frío nocturno le atenazó los músculos e impidió a sus piernas dar un paso más.
Cuando despertó el sol estaba en lo alto. Se desembarazó del forraje de helechos que, a modo de abrigo, le dieron cobijo y, en pie, pudo vislumbrar al fondo los montes Betsales, una hilera montañosa de diminutas cumbres redondeadas, que dibujaban la línea limpia de la frontera con el noroeste. Más allá, también limpio y cruel, el desierto. No había otra salida.
Afrontó su suerte con la decisión firme que siempre imprimía a sus actos, aún a sabiendas de que cada paso que daba desierto adentro significaba acercarse a un final seguro. Por eso se tendió, inerte, sediento y sin agua, castigado más allá del límite sobrehumano, dispuesto a que el fin salvador llegara pronto. Hasta sus ropas acartonadas por el calor le hacían daño y así, boca arriba, encaró la claridad inmensa que se adueñaba de todo, a la espera que lo hiciera también de su vida sin escapatoria...
Ya debía estar muerto, pensó, al contemplar sobre sí los rostros de aquellas mujeres que le observaban. Quizás se encontrara ya en el paraíso que tanto le prometieron, porque le parecieron tremendamente hermosas, de una belleza exuberante y salvaje. Sus rasgos eran suaves, angelicales, pero firmes cuando sus delicados brazos lo voltearon para darle de beber aquella pócima o tal vez fuera agua. Soñó con ellas, con sus hermosos cuerpos. Si no estuviera muerto habría jurado que las amó, sobre todo a aquella joven sonriente de lacio cabello negro, tan brillante como los hilos de plata que lava la luna en el espejo oscuro del río...
Esta vez le despertó una bocanada de aire fresco. La cegadora claridad de antes dejó paso a un cielo azul diáfano. Le sorprendió la energía con que se puso en pie y, atónito, contempló las laderas suaves que dan entrada a Ka-Al-Andhul, la primera ciudad habitada una vez traspasado el Desierto Gran Negro.
Los ladridos de los perros anunciaron su llegada al entrar en las polvorientas calles y las gentes comenzaban a arremolinarse en torno suyo con el rostro incrédulo, pues a la puerta de la ciudad se accede desde la llanura y nunca nadie antes logró atravesar el desierto desde el oeste y sobrevivir. Fue el venerable Thamir quien lo rescató de la muchedumbre que palpaba su fusil y lo zarandeaba para cerciorarse de que realmente estaba vivo. El anciano lo llevó a su tienda y lo invitó a descansar...
-Se puede vencer al frío y al calor, pero no a los guardianes de las arenas... - mascullaba mientras le ofrecía el amargo té con el que comercian los viajeros del desierto.
-A menos que...
Quizás fue la respuesta del anciano desvanecida en el aire o quizás el primer trago que templaba su estómago en muchas jornadas, lo cierto es que una sacudida hizo estremecerle hasta el entendimiento. Por unos instantes, resucitó vívida la imagen de las hermosas guerreras del desierto, esbeltas a lomos de sus camellos, sonrientes y ágiles, mientras se alejaban a galope y se perdían en la árida atmósfera de arena donde el sol extendía sus dominios. Al igual, con el segundo sorbo de té, se desvaneció el hechizo de su recuerdo y, a cambio, una sombra de duda empañó su mente ahora confusa... Quizás las diosas del desierto sólo existieran en un sueño, quizás fueran eso, un espejismo, un deseo...
Afuera, en la plaza, los camellos descansaban en círculo, impasibles, a la espera de la próxima caravana que reanudara su marcha itinerante hacia otros horizontes de luz...
¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

2 comentarios:

TriniReina dijo...

Sería un sueño o un espejismo, pero un sueño salvador.

PD: Me llegó el mail con el archivo del "Poemario para peques"
Gracias Luis, lo atesoraré con cariño.

Abrazos

EntreRenglones dijo...

...Me alegro, Trini...
SALUDÁNDOTE: