sábado, diciembre 26, 2009

LEYENDA DE TIERRA NEGRA

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Una vez arriba, desde la cima, El Montañés pudo contemplar entre halos de niebla la emblemática Shamphuroa, una de las siete ciudades sagradas, la dedicada al Trueno y consagrada a la enigmática diosa. Entre ambos mediaba una barrera insalvable que la naturaleza dispuso a modo de frontera protectora, les separaba el sobrecogedor cañón de Troujjon, tan profundo que nadie nunca escuchó la caída de una piedra troujja, de reputada dureza. El Montañés se había propuesto esquivar la garganta sin fondo, así que escogió bordearla, aunque ello significase atravesar el bosque de la Tierra Negra, tan espeso como dos noches a caballo, pero no existía otra alternativa. Cuentan que las temibles tribus que habitan el bosque se convierten en árboles cuando llega la oscuridad, pero El Montañés hizo oídos sordos a estas palabrerías y descendió, lomo abajo, a su encuentro. El día acababa de comenzar y no tenía tiempo que perder. Antes, a la entrada de la espesura, desmontó junto al riachuelo para que la yegua bebiera. Luego, se despojó de su vestimenta y, desnudo, embadurnó su cuerpo entero y el de la yegua con una mezcla de barro fresco y musgo. Arrancó dos manojos de muérdago que se colgó al cuello y, una vez guardó las ropas en la alforja, emprendió la marcha hacia el interior del bosque...
Desde un principio imprimió un ligero trote a su montura con la intención de extenderse el menor tiempo posible en tan sórdida travesía, prefería no tentar a la suerte y evitar comprobar lo que había de cierto en aquellas diabólicas supersticiones. Agradeció al menos no sufrir los fragores del tórrido sol que caía sobre la zona en esas fechas de bonanza, pero pronto la máscara de barro que les cubría comenzó a agrietarse y, una vez seca, desprendía un cierto olor desagradable, que resultaba incómodo de soportar. Después de haber cabalgado durante toda la mañana comenzó a disgustarle el continuo reino de sombras y humedales que pisaba. Sin desmontar, echó mano de las bayas frescas que guardaba en la alforja y, desafiando al descanso, aprovechó a reponer fuerzas sin dejar de avanzar. A ratos, se inclinaba sobre la montura para zafarse de las ramas bajas que como garras se enredaban y entorpecían la marcha; en otros, el sendero se abría a golpe de machete. A medida que se internaba la vegetación se iba espesando y, así, la tarde instauraba su oscuro dominio de sombras casi de improviso. Supo que le quedaba poco cuando el vuelo raso de un mochuelo amenazó con chocar contra su rostro y, sobre todo, cuando pudo observar el fondo blanco de unos ojos que le vigilaban desde la corteza de un tronco. Entonces arremetió a fondo contra la yegua y espoleó hasta el límite la intensidad de la carrera en una frenética huída hacia la salida del bosque que, ahora, se había transformado en una jauría de árboles salvajes que le perseguían enloquecidos. Una nube de dardos caía a su paso clavándose en la capa de barro endurecido a modo de escudo. El Montañés frotó la yesca sobre el muérdago y, a galope tendido, arrastró las matas incendiadas durante una distancia lo suficiente precisa para extender las llamas a su alrededor. Los árboles bramaban mientras el fuego crecía e iluminaba los rostros de terror de los que ahogaban sus espasmos de muerte entre una nube de polvo y humo. En el último tramo, ayudado por la visibilidad del claro, pudo comprobar que los golpes de machete partían obstáculos y ramas como cabezas y brazos sangrantes, tal era la avalancha de atacantes que se cernían hasta que de un salto veloz, por fin, la yegua cobriza abandonó la frontera frondosa de lo que antes había sido un silencioso bosque.
Atrás quedaba ya la Tierra Negra, pero El Montañés no giró la vista atrás para otear la columna de humo que se elevaba sinuosa. Aún siguió camino adelante, impasible al peligro que acababa de desaparecer tras sus espaldas. Hombre y caballo sin denuedo, continuaron así hasta poco antes de que un nuevo alba pidiera permiso a la hermosa ciudad de Samphuroa para rendir el tributo de su luz a los pies de su diosa sagrada. Para entonces El Montañés ya se había recuperado de la cabalgada, después de un baño y ligero descanso a las puertas de la entrada amurallada y, mezclado entre las gentes del mercado de la ciudad, escrutaba las almenas de las torres altas en busca de una señal propicia que le indicara el tejado bajo que cobijarse en las noches sucesivas.
¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

martes, diciembre 08, 2009

ENTRE SOMBRAS

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Era otra sombra más que, al amparo de la oscuridad, se abría paso entre los tejados de la ciudad dormida. Una media luna menguante rasgaba el cielo, pero nadie observó las sombras que se proyectaron en los edificios próximos ni oyó resbalar los pasos sobre las cúpulas doradas de Nathamyâe. En otro tiempo fue capital del imperio, aunque hoy sólo la presencia del palacio imperial recordaba la solemnidad de su pasado glorioso. Sus dependencias guardaban otro vestigio de no menos valor, la hija única del emperador dormía plácida en la sala alta de la torre, custodiada por la guardia que su padre destinó a tal misión.
La antigua capital ocupaba un enclave privilegiado y, desde su otero estratégico, dominaba el estrecho de Isla Dhizdo, paso obligado al puerto de El Piergel y otras ciudades costeras. Allí, es frecuente en esta época el viento del sur que trae el calor que las dunas del desierto almacenaron durante el día y, desde lo alto de la torre, puede avistarse la costa cercana, al tiempo que se deja notar la brisa suave que inunda la estancia donde descansa la princesa, rendida, tranquila y ajena a las sombras que cruzan la noche.
Una de esas sombras se descuelga por la cornisa y, sigilosa, se adentra por la ventana en la habitación. Un brillo metálico delata el arma que empuña y, por breves instantes, cobra forma humana confundida entre los visillos. En la noche cálida la brisa costera mece los visillos transparentes que se adhieren al cuerpo del hombre que empuña la daga y de la otra sombra que, momentos atrás, acechaba oculta. Tampoco se oyó ni un grito, sólo el deslizante filo entre los visillos y el hombre de la daga cayó desplomado torre abajo. El estrépito del arma no desveló el sueño en Palacio y, con el mismo sigilo que llegó, la primera sombra desapareció sobre las azoteas antes de que el alba despuntara vigilante.
Ya entraba la claridad del día entre los visillos salpicados de sangre cuando las voces, desde la calle, sacaron del sueño a la princesa. Se incorporó y, asustada por las manchas, apartó los visillos para asomarse y contemplar la fuente de tanto escándalo. Abajo, la guardia imperial se cernía sobre el cadáver inerte del fallido asesino. Al rato, otra sección de oficiales irrumpió en las dependencias de la princesa, aliviados al comprobar que no había peligro. Fue entonces cuando la joven reparó en el objeto posado sobre la mesa, junto a la cabecera de su dormitorio, lo sujetó entre sus manos y con curioso detenimiento observó al protagonista del que tanto había escuchado hablar a su padre... El cáliz sagrado de Rankha de nuevo regresaba a Palacio y con él las bendiciones de su significado secreto. Sin duda, vientos nuevos se unían a la suerte del imperio en inmejorable presagio. Por fin las mujeres volverían a reinar y ella podría ocupar el trono de su padre, el Emperador.
Entre las gentes de Nathamyâe se divulgó rápido el rumor del atentado y, también, la sucesión al trono de su nueva emperatriz. Para entonces, los guardias de Palacio controlaban las calles, extremando las medidas de seguridad, en previsión de posibles focos insurrectos... Pero El Montañés ya estaba de nuevo a bordo del bajel, la promesa quedaba cumplida, aunque su viaje no terminaba ahí. Mañana continuaría rumbo entre las islas, por fin sin obstáculos hacia el continente. El Montañés aprovechó la espera para descansar. Mientras, se dejaban caer las primeras sombras de la tarde.
¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !